FOTO-RELATO Pequeño diario de una mujer sola sin gato

Pequeño diario de una mujer sola sin gato

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Hoy lo retomo para seguir el goteo de mis nostalgias derretidas. En la gramática de mi vida, soy un punto y seguido.

Nostalgia derretida, parece un título de Mircea Cartarescu y aunque no lo es, el músculo narrativo quiso ponerse en forma cuando terminé una de sus obras y quedé con la sensación de estar atrapada en un magma, un sedimento, una espesura babosa y resbaladiza que me obligó a darme un baño a fondo, a frotar el cabello y la piel hasta enrojecer; quise flotar y dejar en el fondo ese peso muerto, dar por terminado ese compendio de materia purulenta, ese viaje al fondo de la pesadilla linfasalivabilisespermaexcremento. Sí, Cartarescu me despertó.

Enero 17

Por prescripción médica debo tomar sol en las primeras horas de la mañana, y como hace todavía buen tiempo, a pesar del viento que nos envían por la costa oeste, los frentes fríos del norte, disfruto el rato, respiro profundo, me dejo acariciar por la brisa que aparece de pronto y me dispongo con buen ánimo a hacer estiramientos previos a las asanas que luego hago en casa. Pero ésta mañana el jardinero del condominio me obligó a tomar otra ruta huyendo del remolino húmedo que elevan los discos afilados de la máquina podadora. De manera que tomé la caminería de la avenida David llenando mis pulmones de aire fresco. No había avanzado ni media milla y encuentro a mi paso una gran máquina excavadora hundiendo sus grandes pinzas que recuerdan quelíceros, en el terreno fangoso; detuve la caminata hasta que plantaron una enorme palmera, o más bien un enorme tronco leñoso coronado por seis minúsculas ramas. Obligada a regresar, me estremeció el pensamiento de que no me alcanzaría la vida para verlas crecer.

Ese pensamiento me llevó a rememorar la visita de mi madre días atrás, y constatar lo bien que están sus facultades con 88 años. Esta vez estuvo dispuesta a responder mis preguntas recurrentes sobre su infancia, su boda, y el cambio sideral que significó dejar su pequeña casa de bahareque en medio de cardonales y corrales de caprinos, para instalarse en la zona petrolera, un campo residencial provisto de los servicios más modernos del pais. Allí comenzó su vida real no exenta de nebulosas y palabras nunca pronunciadas; fortaleció su ingenio para adecuarse a la mentira buena y capear la mala vida. Ella lo hizo con inteligencia nata, limpia, una lógica virgen, espontánea que desliza expresiones directas, en fin, una inteligencia vital para la adaptación y los cambios, el don del intelecto bien usado. Ella es un mirlo blanco, una ninfa en el calvero.

Enero 20

Dormí mal, desperté con sensación de pesadez, hasta que el primer café hizo efecto y desalojó al comicastro incómodo, irritante y ubuesco. Me pasa mucho eso, sentir otra persona en mi interior que está más viva que yo, al menos más activa, ametrallando el pensamiento a tiempo completo. A veces me hago la ilusión de que se trata de una impostora, pero se manifiesta con tal intensidad que al final del día termino creyendo que el sosias soy yo.

A media mañana decidí abrir el mail que envió Nora; le había solicitado reiniciar el curso que dejé atascado por mi viaje a Buenos Aires y pensé que no me aceptaría de nuevo. En esta ocasión propone profundizar en el perfil de personajes y construcción de metáforas; me quedé pensando cuál sería la respuesta más acertada porque sé que no le gustará saber que en mi cabeza sólo hay personas, gente paralizada en escaleras herrumbrosas por las que se elevaron a la nebulosa; son mis desapegos, los que quiero mirar de frente y entenderlos mejor de cuando los tuve a mi lado. En cuanto a las metáforas, me salen mejor en los títulos porque en el discurso solo tengo palabras viejas.

Mientras repasaba estas líneas, el salón quedó envuelto en un luz negra y repentina; apenas eran las 6 de la tarde. Qué hora más estéril cuando llega tan temprano la oscuridad, no quiero ver televisión, mis ojos ya no siguen las lineas con la misma intensidad de mi cabeza rumiante y terca, no quiero llamar a nadie por teléfono, así que me serví una copa de vino, rebané una buena pieza de jalá al que añadí humus y me senté frente al ventanal que devuelve mi imagen aterida y no sin cierto desconcierto; será una larga noche; wind chill minando mis fuerzas y enfriando los pies.

Enero 30

Un vórtice polar tiene el centro norte del país sumido en un intenso frío; acá en el sur, nos llegan ráfagas benignas pero aún así, me abrigo para hacer ejercicios mañaneros bajo un sol tibio e intermitente. Al regreso quise retomar el hilo de este diario donde lo había dejado hace ya 10 días, pero resultó en vano. Todo éste tiempo ocupé mis pensamientos y atención en seguir las últimas noticias sobre el proceso de recuperación de mi país en manos de una de las dictaduras más abyectas y cobardes que haya conocido la historia de la región. En las horas muertas mantuve a raya mis lecturas haciendo un gran esfuerzo por aislar imágenes y voces de los acontecimientos. Logré terminar la segunda lectura de Viaje al Final de la Noche por la adictiva y exquisita prosa de Céline; pero me fue imposible terminar la bella y conmovedora Butes, de Pascal Quignard, pues cada párrafo me lleva a parajes musicales que a fuerza de ser tan viejos, retan a la imaginación, tan dada a la dispersión. Imaginar es uno de los atributos más complejos y profundo calado que tenemos los humanos, esa facultad retroactiva de volver al pasado, que no viene a ser otra cosa que pensamiento imaginado, y por lo tanto sesgado; un camelo que difícilmente podemos estabilizar. Se funde entre nubes despejando brumas que saltan de una a otra hasta que al fin capturamos algún fragmento y nos aferramos a él antes que desaparezca. Irrumpe día a día, sobre todo en medio del silencio, y aún siendo reciente, conmina a mirarlo con los ojos del recuerdo, a percibirlo con el corazón de la nostalgia, a apaciguarlo con la escritura. Y así sin venir a cuento, se me vino la imagen de otro mirlo blanco. Quizás por lo madrugadora que ha sido siempre, la recordé antes del alba. Había soñado con ella.

Enero 31

El recuerdo de Cristina me vino cuando la soñé sentada con las piernas cubiertas por una espesa cobija a cuadros, leyendo un pequeño libro ajado y amarillento. Lo extraordinario es que difícilmente alguien pueda recordarla así, desvalida y solitaria, pues es todo lo opuesto. Es una de esas personas eternizadas en una edad intermedia, sin cambios ni en su andar por la vida ni en su aspecto. En casi 50 años de amistad cercana y solidaria, mantiene no sólo su modo de vestir, horarios, rutinas, también su olor, su rostro, su gestos tímidos pero decididos, afables pero inamovibles, open-mindedness, pero controlada y firme en sus ideas y valores. Me dio una gran lección que he venido mejorando con los años porque para mi no es fácil: tener paciencia. En una ocasión, de las tantas que cocinamos juntas para las grandes reuniones familiares, me dijo que tenía el remedio para mi impaciencia: me asignó la tarea de darle forma a una ingente cantidad de mini albóndigas, a pasar por harina, huevo y pan rallado una veintena de milanesas y para el no va más, a unirme al grupo que hacia ñoquis. Ella por su lado salió a la chita callando a vigilar el agua de la pasta pero no fui capaz de negarme; hoy después de tantos años y desde la distancia, me obligo a empanizar milanesas cuando la ansiedad me carcome. Ya hasta me divierte y hace volar el pensamiento.

Febrero 5

Mi apostasía va in crescendo. Es uno de esos días en lo que tengo la sensación de que el mundo y sus dioses nos han abandonado antes que nosotros a el; ya no nos pertenece, somos observadores, visitantes, ojeadores. El mundo de hoy tiene entre 30 y 40, con suerte llega a los 50, son las edades a quienes va dirigida la producción y las interacciones sociales reales o virtuales, el gran supermercado, la música, el cine, las nuevas plataformas han borrado el equipamiento de tu vida, ni el decorado de casa nos pertenece. Tener 66 años no asusta tanto como tener 66 años hablando y de pronto nos han cambiado las palabras, y los más triste aún, quedarnos sin interlocutores.

Febrero 6

He leído en el periódico esta mañana el suicidio de una pareja de ancianos; dejaron una nota manifestando que decidieron quitarse del medio para no darle problemas a su hijos, digamos, para no estorbar. Aunque el titular no deja de ser perturbador, creo que hicieron lo correcto; a veces el mejor ejemplo, es el que se toma a la inversa. La responsabilidad tiene su punto de quiebre, y es exactamente cuando se tiene la certeza de que somos conscientes del lugar donde queremos estar. No fue una decisión deplorable ni egoísta, fue un acto de libertad y amor.

Febrero 7

Para alejar pensamientos que debilitan mi alma, decidí abrir el correo enviado por Nora. Pide de nuevo ficción, mucha ficción; la paradoja es que justamente es lo que estamos viviendo, una ficción del género de terror, pero cuando la narrativa llega al papel, o como en este caso a la pantalla, pierde intensidad, pierde morbo, en fin, pierde músculo atractivo. Habría que reinventar el lenguaje de la más absoluta sordidez y vesania.

Febrero 8

No sé porqué. Puedo releer ‘Viaje al fin de la noche’, a pesar de haberlo escrito Louis-Ferdinand Céline; puedo escuchar un bolero cantado por José Luís Rodríguez, a pesar de que no quiera hablar con sus hijas; puedo mirar el rostro de la ex reina de belleza Alicia Machado, a pesar de que afirme que en Venezuela todo está muy lindo; puedo ver un gol de Maradona a pesar de su corta y errática humanidad. Puedo soportar ver los pies sucios del ex presidente Mujica, así como los besos que le estampa Bachelet a Chávez, puedo leer una declaración abyecta de Pablo Echenique, pero lo que sí sé es quiero devolver todo lo leído de Gabriel García Márquez, no sé si tomarme un detox o un purgante.

Febrero 9

En varias ocasiones he escuchado la máxima de que para ser buen escritor, al autor tienen que pasarle cosas; y de ser cosas nefastas, crudas, terriblemente trágicas mejor; en fin cosas muy malas. Pues buena mi perspicaz Nora, creo que voy camino a convertirme en buena escritora. Me pasó algo que partió en dos toletes deformes mi vida.

Existe cierta postura que considera que las pérdidas irreparables son las de la muerte y aún más las muertes tempranas. Pues sí, una vez metido en el foso ya acabó todo. Pero si lo pienso mejor, la muerte en no pocas ocasiones es un mal menor, el muerto ya no respira, no habla, no se defiende, no explica y ya, con no verle, escucharle, reñirle, nos va abriendo la vuelta a la vida cotidiana. Con el tiempo, ir al cementerio a dejar flores se convierte en una forma de contacto benevolente, candorosa; sentarse en sus mausoleos invita a monólogos sinceros, libres, sin acusaciones ni reclamos. Nuestros difuntos son acompañantes silenciosos y omnipresentes y en lo más profundo de nuestro interior los sentimos guardianes y justicieros. En cambio hay pérdidas irreparables que están vivas, y aun cuando no estén cerca te respiran al oído, te cambian el mundo, las rutinas, los deseos, las ganas de seguir tu vida; es decir, te paraliza el cangüelo porque se trata de muertos vivos. Eso es hoy mi día a día. (pensar si enviar a Nora)

Me domina una necesidad imperiosa de escuchar el Adagio de Albinoni; qué bien se siente tener un motivo para morir, saborear la muerte dulce, la despedida, morir con una sonrisa. Así quiero morir

Febrero 28

Otra noche de sueño pesado, de trasiego de imágenes distorsionadas, hilarantes. Hoy tengo el impulso de registrar un glosario del resentimiento, pero no sería verdaderamente mío, por eso me decanto por el del desapego que tanta claridad y equilibrio me ha proporcionado. Siempre fui extremadamente sensible a las palabras, desde niña, me marcaron, me anestesiaron, me arrinconaron y lo más deleznable, me hicieron dudar de mi. Quizás no duelan tanto en el sentido etimológico, lo que sí duele y mucho es de dónde vienen, quién las pronuncia, con qué intención, con cuánto resentimiento. Esas palabras echan raíces entreveradas, enmarañadas, tal cual el árbol de la memoria que le sostienen.

Niria Suárez

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