
El espejo siempre miente. Tan solo posee la habilidad de reflejar fotones sin ir más allá de ese realismo corpuscular. Así el ojo que contempla, interpreta y al hacerlo sonsaca de la imagen otra imagen, de la media verdad otra media verdad jamás la verdad pura pues ésta carece de entidad gnoseológica: no es un objeto. Por eso toda auto biografía es tan solo un bonito espejo con una imagen labrada ad libitum. Aún así estas memorias ofrecen una semblanza cuando menos interesante, dado que Brando logra narrar con brío y fluidez todo el conjunto de avatares que considera necesario exponer para así forjar una imagen que contradiga tantas otras biografías donde sale tan, tan mal parado (v.g: Luis Gasca: ‘Marlon Brando, el hombre salvaje’). Aun con todo Brando logra un grado de metacognición sorprendente: asume su contexto familiar decrépito y ruin (la familia como el primer enemigo intrínseco en la forja del carácter) y se auto declara héroe y villano de todas sus tendencias pendencieras. Si bien opaca totalmente los sucesos más escabrosos y dolorosos de su vida como su bulimia y obesidad consecuente, el asesinato del novio de la hija de Cheyenne o cómo Jack Nickolson le lleva comida a casa estando arruinado….

Por suerte si algo logra este libro es ante todo no aburrir pues fluye enganchando anécdota tras anécdota y reconcilia con la vida de un actor que fue consciente, como nadie, de ser un icono mitológico en la cultura occidental.
Toda persona siempre es una máscara: ¡¡the horror has a face!!
Ese joven de camiseta blanca, uno de los grandes actores. Y un espejo, tal vez, roto. Interesante reseña. Me la apunto. Gracias
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