Rubén Mettini – La muerte del Ave Fénix

La muerte del Ave Fénix

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Heródoto fue el primero en hablar del ave. Dijo que tenía las plumas más hermosas que el más hermoso pavo real. Luego pasó a boca de astrólogos y poetas. Los naturalistas intentaron explicar la forma de sus alas y el sentido de su vuelo desde Etiopía hacia Egipto. Lo describieron sin conocerlo. Los mitógrafos se encargaron de elaborar su muerte: los dioses habían concedido a esa ave la inmortalidad y renacía de sus cenizas.

El verdadero fénix se nutría día a día con esas pocas gotas de incienso y volaba sabiendo que la libertad le era permitida.

Algunos astrólogos a través de fórmulas matemáticas calcularon que el ave vivía unos 500 años. Otros, según signos hallados en el cielo, decían que existía durante 1.461 años. La verdad no la hallaron ellos. En realidad, el ave ya había vivido 12.954 años y tenía ganas de morir. Para renacer.

Cuando se cumplió este plazo, buscó plantas aromáticas, recogió gotas de incienso y semillas de cardamomo, y preparó con esmero su nuevo nido. Los mitógrafos decían que el pájaro se acostaba en el nido y lo impregnaba con su semen. El ave en la realidad sobrevoló el nido, esperó que el calor del sol y el aleteo encendiera una hoja bañada en incienso y, luego, se encerró en su plumón. Avivada la llama, sus alas azul claro, púrpura y oro se volvieron rojo fuego. Y de entre las llamas renació un nuevo fénix.

Y el nuevo fénix emprendió su vuelo hacia Egipto.

Pero cuando llegó a su destino, fatigado de su viaje, los soldados romanos lo capturaron. En una jaula maravillosa lo llevaron a Roma. El Emperador Claudio le regaló un cortejo de faisanes y Aves del Paraíso. No era el más hermoso, pero entre todos ellos, era el único que poseía el privilegio de la eternidad.

Y como objeto raro fue expuesto a los ojos de los romanos en una de sus colinas. La chusma acudió a verlo. Lo contemplaron y dijeron que esa ave era un águila tan grande y pesada que daba vergüenza exhibirla.

Y el Fénix, cansado de sentirse como un personaje de comedia de Aristófanes, incapaz de resistir 12.494 años más de vida, voló entre los árboles de esa colina y buscó ramas y hojas para preparar su nido. Reunió ramas secas y hojas perfumadas. No pudo hallar ni el incienso, ni el cardamomo, pero igual estaba dispuesto a morir.

Y cuando agitó las alas sobre las ramas secas, se dio cuenta de que trataba de defenderse de la humillación y demostrar a esa gentuza romana de que era capaz de morir y renacer. Y al creer, siendo inmortal, que adoptaba la vara de medir vana de los mortales, su vergüenza fue tanta que encendió el nido, exhaló el último suspiro, ardió en su pira, y allí sólo quedaron alas retorcidas, carne chamuscada y cenizas.

Pasadas las generaciones, en el mito, el ave perduró con el atributo del renacimiento, esa rara forma de inmortalidad. Aunque la hipótesis de un literato griego, casi desconocido, fue que el ave prefirió consumirse en las llamas y regalar así su vida y su muerte a la ficción.

Facebook: Rubén Mettini

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