Josefa Molina – El vestido

El vestido

tela

Se veía estupenda con aquel vestido de colores chillones. Tela africana con extraños y sinuosos dibujos que jugaban a captar la atención de cualquier ojo humano. Azules estridentes, amarillos brillantes, anaranjados pasionales, verdes de sabana africana. Toda una mezcla de colores que hacían de aquella tela la más especial de la tienda. Calculó los metros y corrió a hacerse el vestido sentada en la máquina de coser heredada de su madre. Una singer especial, con pie de hierro forjado, una reliquia que convertía cualquier trozo de tela en el más espléndido de todos los vestidos.

Trabajó día y noche durante tres jornadas, y por fin, se lo vistió. Frente al espejo se vio diferente. Sintió cómo la fuerza de las bestias africanas comenzaban a galopar por sus venas. El vigor de la elefanta trepaba por sus muslos. La ferocidad del leona mordía su sexo. La agilidad de la gacela le impulsa a correr hacia la calle. Se calzó unos zapatos de tela roja de cuña alta, un bolso a juego al hombro y se apresuró a invadir las calles de la ciudad con sus brillantes colores a cuestas.

Su vecina del quinto fue la primera en alabar la tela. ¿Lo has hecho tú? Guau, ¡eres una artista! Ella sonrió orgullosa y amable le invitó a, si le apetecía, diseñarle un modelo exclusivo para ella.

Al bajar las escaleras, el portero no pudo evitar hacer un comentario. Está usted estupenda, doña Laura, qué bella está hoy, sí, guapísima, señor, señor…. afirmaba mientras observaba con descaro y sin ningún tipo de tapujos el pronunciado escote de la mujer. Lejos de molestarse, la actitud machista del portero le gustó. Sentirse deseada a sus 63 años le resultaba de los más halagador.

Ya en la calle, no sabía muy bien a dónde dirigirse. La verdad es que no tenía nada especial que hacer aquella mañana. Así que optó por darse un pequeño lujo y visitar el centro. Hacía meses que no se paseaba por allí. Nunca tenía nada que hacer allí, tampoco ese día, más que pasear y mover las caderas lentamente entre las calles atestadas de turistas.

Bajando las escaleras hacia la boca del metro, dos chicos, de apenas 16 años, se quedaron mirándola. Observó de soslayo cómo uno le daba un codazo al otro y le observaban con atención. Rápida miró su vestido por si algo estuviera mal. Un hilo sin hilvanar, una cremallera sin subir del todo, pero no, estaba todo perfecto. Así que les sostuvo la mirada con tranquilidad y les sonrió. En las mejillas de ambos se encendieron rojos intensos y bajaron la vista. Se sintió poderosa. Eso es, chicos, ¡un respeto a las canas! Pero entonces uno de ellos le lanzó un beso lleno de picardía. Ahora la avergonzada era ella, aunque nunca lo iba a reconocer. Se giró y siguió su andar hacia el sucio túnel que le dirigía a la estación. El Carmen. Línea 5. Dirección Ópera.

Fue extraño cómo se hizo el silencio en el vagón cuando las puertas se abrieron y se introdujo con su nuevo vestido de colores. Ni un asiento vacío. Sus ojos se cruzaron con el de un hombre de unos cuarenta años que la miraba sin pestañear. Con una sonrisa, le indicó que le cedía su asiento. Educada, quiso desistir, pero de forma incomprensible unos hilos invisibles que sobresalían de su vestido la empujaba hacia el asiento. Sin pensarlo, lo ocupó y cruzó sexy las piernas. Unos muslos generosos y morenos se dejaron entrever por la tela del vestido que apenas cubría la parte superior de sus piernas. Todas las miradas masculinas del vagón se sintieron atraídas por aquella llamada de la piel. Las femeninas no entendían qué pasaba pero también observaban con atención a aquella mujer que juzgaron extremadamente hermosa.

Cuando las puertas se abrieron en Ópera, los turistas que esperaban en el andén pudieron ver en medio del estupor cómo todos se apartaban a un lado para dejar salir a la mujer del vestido de colores. Un niño incluso intentó tocarla, pero en el último momento, se contuvo, azorado. Doña Laura comenzó a caminar hacia la salida del metro sintiéndose el centro de las miradas, el centro del mundo, una luz que resplandecía entre aquella inmundicia de seres humanos que le rodeaban.

Con paso firme y decidido, la mujer se encaminó hacia la primera terraza al aire libre que encontró de camino hacia el Teatro Real. Las mesas estaban todas ocupadas por grupos de personas que mantenían animadas charlas en la luminosa mañana de mayo. Una pareja de jóvenes clavaron sus ojos en ella mientras se acercaba y buscaba dónde sentarse, y con un gesto, le ofrecieron su mesa. Se sentó animaba. Estaba siendo un día realmente genial. Todo el universo parecía haberse confabulado para hacerla feliz.

Pidió un cortado largo, claro con leche templada, y un cruasán. Cuando quiso pagarlo ya lo había hecho una mujer de mediana edad de cabellera dorada que la observaba desde la barra. Se lo agradeció con una sonrisa cómplice sin ni siquiera cuestionarse el porqué. Simplemente, supo que así tenía que ser. Así de simple.

Sintió cómo las miradas de los transeúntes se clavaban sin disimulo en ella mientras caminaba despacio hacia la plaza de Oriente. Por primera vez en muchos años, creyó sentirse como una princesa, un ser especial, alguien único, extraño y solitario en medio de aquel grupo de personas que con descaro seguían sus pasos y la observaban desde la distancia pero sin atreverse a dirigirle la palabra. De pronto, una sensación de profunda soledad nubló su espíritu. Era una princesa encerrada en una torre de cristal, una madame en una cama fría, una profeta sin discípulos, en un Madrid inmenso.

Fue un instante, un segundo, y el mundo pareció desaparecer. Un sentimiento de soledad y tristeza comenzó a galopar por su espina dorsal con la fuerza y la velocidad de un guepardo rabioso. Alarmada, descubrió un revoltijo de colores que teñían el suelo bajo sus pies. Observó cómo bajando por sus pantorrillas se dibujaban líneas de colores que resbalaban despacio e iban cayendo, poco a poco, sobre la arena del parque. Los brazos se llenaban de líneas de pintura que mojaban sus manos. Sus muslos se convirtieron en ríos pantanosos cubiertos de colores entremezclados. Azules, anaranjados, amarillos, verdes se mezclaban conformando una masa líquida informe sin tono definido, creando un feo marrón que descendía poco a poco hasta llegar a sus tobillos manchando sus espléndidos zapatos rojos.

Entonces, descubrió que los colores estaban descendiendo desde la parte superior de su vestido a la par que la tela se iba tornando en un blanco inmaculado. El salvaje color africano de la tela iba perdiendo vida frente al níveo color del glaciar que invadía con la rapidez de la mala hierba la hermosa tela donde antes solo habían colores encendidos. 

Tras un grito, comenzó a correr desde el Palacio Real hacia el jardín de Sabatini. Detrás de ella, estelas de colores caían sobre el suelo cual luces navideñas. Sus lamentos dejaron de llamar la atención de las personas que pasaban a su lado, admirados por las huellas azules que dejaban sus pies sobre la acera, alucinados por los acentuados rojos que teñían los arbustos que sus manos tocaban en la huida, deslumbrados por los escandalosos amarillos que pintaron los bancos de la plaza en los que se había sentado, pasmados por el agua violeta de la fuente que comenzó a brotar con el impulso de un cohete y por el verde intenso que coloreó el azul cielo madrileño. A su alrededor el mundo tomaba vida, rebosaba color, como si de un cuadro de Van Gogh se tratara.

Todos miraban el cielo y ya nadie la miraba a ella. Vestida de blanco, blanca la piel, blancos los labios, se sentó apesadumbrada en un banco del jardín de Sabatini.

Entre setos y árboles rojos, su piel, sus ojos, sus brazos, su cuerpo, se fueron tornando de un gris marmóreo. Si la ves, no dejes de mirar sus ojos de estatua. Hay quien dice que, a veces, en las tardes de mayo, un soplo de aire arrastra todos los colores del arco iris y se posa en ellos. Entonces, el cielo gris se torna en un radiante amarillo como el de la sabana africana.

Facebook: Josefa Molina

Blog: josefamolinaautora.com

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