FOTO-RELATO Vivencias

Vivencias 

farola

No recuerdo cuanto tiempo llevo plantada en esta esquina. Debe ser mucho porque en mis recuerdos habitan días de lluvia y otros de sol abrasador que se repiten en ciclos constantes una y otra vez.

En las largas horas de estadía desocupada me gusta observar mi entorno y lo que en él acontece, es lo que yo llamo: mis vivencias. Mi esquina es una atalaya privilegiada donde se bifurcan una calle poco transitada y una gran avenida por la que suben y bajan sin parar ríos de coches apresurados, al otro lado de la cual se extiende un parque verde y frondoso. En ocasiones me he preguntado porque todo el mundo parece tener tanta prisa por llegar a… sabe Dios dónde y no les envidio en absoluto.

Cerca de donde yo estoy hay una cafetería con mesas en la acera. Recuerdo que al principio, cuando la abrieron, esas mesas no estaban. El local parecía un bar más bien cutre, pero un día escuché comentar a dos señores que se habían parado junto a mí a esperar que cambiara el semáforo de la avenida, después de salir de allí con los alientos oliendo a cerveza, que había otro dueño; a los pocos días pude contemplar durante una larga y tediosa mañana como los obreros montaban la carpa de plásticos verdes, que ahora se bambolea cuando hace viento haciéndolos sonar en repiqueteo continuo, desagradable y monótono, y colocar debajo cuatro mesas de plástico, blancas y redondas, con sus correspondientes sillas que, enseguida, comenzaron a llenarse de parroquianos que se permitían un alto en el camino para un café o una cerveza.

La verdad es que yo lo agradecí, porque así puedo entretenerme contemplando el ir y venir de personas y fantasear con sus desconocidas vidas. De todas formas lo que alimenta mi imaginación, en ocasiones, son las ráfagas de charlas que me trae el viento que casi siempre circula libremente por esta avenida. Con el paso del tiempo he podido observar el jolgorio de grupos de amigos o compañeros que celebran allí algún acontecimiento deseado, a veces son cumpleaños, de eso estoy segura porque veo salir al camarero con una tarta llena de velas que ellos apagan de inmediato entre risas y canciones.

Esos momentos contrastan mucho con otras veces en que alguna de las mesas acoge parejas de enamorados que se acarician las manos discretamente sobre la mesa blanca, o se besan sin ningún recato olvidando por completo al público que los rodea inmersos en su mundo de amor que todo lo puede. Más de una vez, cuando se retiran de la cafetería, se detienen junto a mí en el semáforo y he podido escuchar un te quiero que ilumina sus ojos. ¡Ya ves tú…! los grupos de celebrantes no me causan envidia, pero las parejas sí, se les ve tan felices y pletóricos de sentimientos a los que yo nunca tendré acceso…

A lo largo del día las mesas suelen ocuparse, con frecuencia, por personas solitarias que ojean el periódico o, los menos, leen un libro. Principalmente suelen ser hombres. Últimamente he observado que muchos pasan la mayor parte del tiempo que tardan en degustar su consumición mirando la pantalla iluminada de su teléfono móvil. Me pregunto qué les mantiene tan absortos y también por qué nunca los veo acompañados. Estos clientes suelen ser casi siempre habituales, y sus caras serias y ensombrecidas, a fuerza de  verlas día tras día, forman parte de mi paisaje diario. Imagino sus historias  individuales: separados o viudos impenitentes en busca de esa media naranja que ya no poseen, o casados hartos de sus esposas y del aburrimiento que les produce su jubilación. Mirarlos e imaginar sus historias personales es una buena forma de distraer las horas hasta que arrecia mi trabajo.

Para mi todos los días son iguales, haga frío o calor siempre estoy ahí, cumpliendo con mi cometido social. Uno de los indicadores que me revelan que cambian las estaciones es el ajetreo que se traen de pronto los jardineros que cuidan los parterres que hay en el paseo central de la avenida. Los limpian y sustituyen las flores, ya marchitas que los adornan, por otras nuevas y esplendorosas salidas, seguramente, de algún vivero estatal. Suelen ser petunias o pensamientos multicolores en primavera, que con la llegada del verano se van marchitando hasta perecer por completo. ¡Me da tanta tristeza verlos languidecer con sus flores mustias dobladas por el tallo, sedientas y queriendo besar la tierra! Luego plantan crisantemos o algo parecido en otoño que hacen revivir de nuevo los jardines y que son sustituidos, en diciembre, por el estallido rojo (o a veces blanco) de las flores de pascua. Me gustan mucho las flores y la naturaleza en general. Llenan de vida y  aromas diferentes todo el entorno haciendo que, a veces, hasta me olvide de mi aburrido existir.

Nunca agradeceré bastante a quien decidió en su momento que esta sería la esquina que acogería mi trabajo diario, me siento privilegiada por estar rodeada de jardines y sobre todo frente a ese parque que parece un pulmón verde en medio del trafico incesante de la ciudad donde vivo. Siento pena por otras compañeras que realizan la misma labor que yo pero en esquinas donde sólo el asfalto y los vehículos, que rara vez se detienen, las llenan de hollín sin misericordia.

Pero volviendo al parque frente a mí, es lo más bonito de mi entorno. Por sus paseos transita gente sin prisa, niños felices, deportistas, perros saltarines… Cuando pienso en él lo asimilo a esos oasis del desierto de los que oí hablar una vez a dos personas en la terraza un día de viento que me permitió escuchar toda la charla. Un lugar mágico que detiene el tiempo y aísla en un remanso de paz, casi lujuriosa, un espacio concreto en medio de la vorágine de cemento y prisas de la gran ciudad. Un lugar donde limpiar los pulmones, acumular energía vital, recuperar el aliento y agradecer al Universo por estar vivos.

Ayer me entretuve mirando detenidamente a todos los que entraban y salían por el paseo que, desde mi puesto de observación, puedo ver. Quizá porque al hacer algo de frío la terraza del bar estuvo desierta casi toda la tarde. Sin embargo ese frío no impidió a los habituales al parque disfrutar de su rato de ocio diario. Más de una vez he hecho comparaciones entre los semblantes de los habituales a un lugar y al otro. ¡Hay tanta diferencia entre ellos! Incluso existe entre los sin prisa de uno y otro lugar. Los rostros de los clientes del bar suelen ser de piel cetrina y expresiones mustias y penosas. Mientras que los del parque poseen una piel más bronceada y a veces sonrosada que denota salud y bienestar. A éstos se les abre la sonrisa con más facilidad. ¿Por qué entonces los humanos no son consientes de ello y siguen eligiendo el lugar equivocado para pasar sus horas de asueto? Yo lo tengo claro, si mi trabajo en esta esquina no me mantuviese atada sería de las que pasean por el parque, se recuestan sobre el césped después de haber corrido por sus limpios senderos flanqueados de árboles acogedores, o me sentaría en el banco de madera, junto a la fuente cuyo sonido percibo cuando el aire viene desde esa dirección, a leer un libro, quizá de poemas, (que una vez escuché a alguien decir que es el lenguaje del alma) poemas que me hablasen de amor, de ese amor que parece hacer felices a tantos y que yo nunca conoceré.

Hoy he vuelto a ver en su paseo mañanero a la señora de los cinco perros. Como siempre, bajaba por la acera de la avenida donde yo estoy en dirección al parque, la seguía su séquito perruno, cinco canes de pelajes diferentes, razas diferentes, tamaños diferentes que lo único que tienen en común es aquel ser humano que se ocupa de ellos en libertad. Ella no usa correas que los ate a su mano, como he visto hacer a diario a tantos paseantes de mascotas, ella camina indiferente y con parsimonia por la calle, ellos… simplemente la siguen. Se detiene al llegar al semáforo, junto a mí… y ellos se paran. Si alguno hace el gesto de alzar la pata acercándose a donde yo estoy suena entre el ruido del tráfico un: ¡Shhhhhh!, reprobador y el perro vuelve a su lugar sin dudarlo un instante. Cruzan la avenida disciplinadamente, yo diría que de forma casi majestuosa, y ponen rumbo a la entrada del parque. Para llegar a él deben volver a parar en el semáforo de enfrente y se repite el ritual. Luego penetran en su oasis particular y los perros se dispersan alegremente mientras ella toma asiento en el banco de madera esperando que vuelvan a su lado cuando terminen sus necesidades. Nunca vi un ejercicio de amaestramiento y amor más impecable por parte de unos y otra.

A mediodía hacía bastante calor. Lo sé porque la gente que cruza apresurada junto a mí, sin reparar en mi presencia, sudaba y ya no iba envuelta en abrigos y chaquetas. Además dos personas que brindaban en la terraza con cerveza fresca se alegraban de que este abril ya se fuera pareciendo a un abril primaveral. Y es que este año el invierno se ha prolongado en exceso. Hasta yo estoy harta de sentir correr por mi piel la lluvia un día tras otro…

Aunque no puedo quejarme. Me gusta lo que soy, como soy y lo bien que hago mi trabajo. Y me gusta el lugar donde lo ejerzo. Esta esquina entre la gran avenida y la calle solitaria donde mi presencia es todavía más significativa. Me siento importante para ella porque sé que con mi presencia contribuyo a que los transeúntes se sientan seguros en sus pasos apresurados o paseantes. Porque puedo iluminar su camino de vuelta a casa. Porque mi luz les hace un poquito más fácil la vida… ¿Qué más puede pedir una farola?

Facebook: Luisa Chico

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