TE RECOMENDAMOS… Hojas de hierba, de Walt Whitman

Hojas de hierba, de Walt Whitman

Una reseña de Juan Francisco Santana

hojas

El 30 de mayo de 2016, acabé de leer, de nuevo, Hojas de hierba de Walt Whitman, la versión traducida por Jorge Luis Borges para la editorial Lumen, Palabra Menor, del año 1969, y, una vez más, me ha emocionado su lectura. La diferencia en cuanto al mensaje de su lectura que hace años le llegó a aquel adolescente del que le llega a éste que escribe es, si cabe, un mayor compromiso hacia el ser humano y una mayor amplitud de miras, una vez se han ido mitigando la timidez y, en cierto modo, la soledad, debidas, fundamentalmente, al aislamiento geográfico que me acompañó aquellos años en los que los amigos y amigas se encontraban algo alejados de aquel entorno en el que los perros y los lagartos, además del amor de la familia, jugaron un papel fundamental en mi vida.

Cuando comienzo una nueva lectura, siempre sin terminar otras, en primer lugar, yo me pregunto sobre la razón del título y con respecto a ello el mismo Walt Whitman me responde: “Sospecho que es la bandera de mi carácter tejida con esperanzada tela verde”. En otro apartado de su obra se puede leer: “Soy de todas las razas y de todas las castas, de todos los linajes y de todas las religiones, granjero, artesano, artista, caballero, marinero, cuáquero, presidiario, rufián, pendenciero, abogado, médico y sacerdote…respiro el aire pero siempre queda muchísimo”. Parece como un profeta, un ser que se adelanta a dar respuesta a este mundo en el que hoy vivimos, haciendo una llamada al entendimiento, a la paz y al valor de la diversidad. La lectura de Whitman debería ser obligatoria en cualquier programa educativo, haciendo así que su filosofía de vida se divulgara y fuera ejemplo de tolerancia y respeto hacia los demás para así poder evitar los fanatismos, los extremismos, los radicalismos, la xenofobia y un sinfín de problemas que hoy están dándose por todo el planeta: “En todos los hombres me veo, ninguno es más ni menos que yo”.

Podría decir, sin ninguna duda, que Whitman es, para mí, el poeta por excelencia, el que hace de su vida poesía. Hojas de Hierba es un canto a la libertad, a la naturaleza, al respeto a todas y todos, y así podemos leer con respecto al género: “Soy el poeta de la mujer no menos que el poeta del hombre y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre”; con respecto a las culturas nos dice: “Crezco por igual entre los negros y los blancos, canadiense, piel roja, senador, inmigrante, a todos me entrego y a todos los recibo”. Nos habla del respeto que siente por todas y todos, por los ancianos o por las prostitutas, por poner algún ejemplo.

Su obra es un transparente canto al amor, en el más amplio sentido de la palabra, a la naturaleza, al ser humano: a los hombres, a las mujeres, a los muchachos, como muchas veces repite. Podemos leer: “¿Amaste alguna vez el cuerpo de una mujer? ¿Amaste alguna vez el cuerpo de un hombre? ¿No ves que son los mismos para todos en todas las naciones y en todas las épocas de la Tierra? Si algo hay sagrado, el cuerpo humano lo es…”

Impresiona porque en todas las cosas, además de que en todos los seres humanos, encuentra el amor: “Quien camina una milla sin amor, se dirige a su propio funeral envuelto en su propia mortaja.”

Su condición humana, y por tanto la imperfección, está presente siempre: “No sólo soy el poeta de la bondad, no me niego a ser también el poeta del mal…mi actitud no es la de censor ni la del que todo lo niega”.

Nos da un toque en el alma y nos inculca, a lo largo de toda su obra, la importancia de aprovechar el aquí y el ahora y también nos muestra su culto al yo, yo diría el culto a la libertad para elegir y para amar pero, en todo momento, nos muestra su humanidad: “Camarada, esto no es un libro, el que lo toca, toca a un hombre, (¿Es de noche? ¿Estamos solos los dos?).” Continuamente nos invita a participar de su amor, de su entrega al otro, goza con tan sólo pensarlo y así podemos leer: “Oh, cómo me adormecen tus dedos…es delicioso; basta.” En otra ocasión le dice a los historiadores futuros: “Publicad mi nombre y colgad mi retrato como el del amante más tierno…”. Cuando le hace un poema a una encina que crecía nos deja dicho: “Pero es un curioso símbolo para mí, me hace pensar en el amor viril…prodigando felices hojas toda su vida, sin un amigo ni un amante, yo no podría hacer lo mismo”.

Walt Whitman es un poeta de una gran fuerza, de una absoluta confianza en sí mismo, respetuoso, abierto y claro, cercano e intemporal, en muchas ocasiones no sabemos en qué período de la historia ubicarlo, está vivo en todo momento, es de todos y de todas, es del mundo, es eterno como él muy bien se define: “Querido amigo, quienquiera que seas acepta este beso, especialmente te lo doy. No me olvides…Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva, te amo, abandono lo material, soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.” Así termina su libro, un canto al amor sublime. Yo le quiero decir que acepto su beso y que le siento a mi lado, igual que le sentirán a su lado todo aquel o aquella que lo lea, entre otras razones, por su manera de entender la vida, adelantándose a su tiempo, mostrándose como un ecologista, como un ser humano solidario y comprensivo con los otros, a pesar de los duros momentos en los que le tocó vivir; un ser humano de una gran amplitud de miras y no sujeto a cánones religiosos ni políticos, defensor a ultranza de su propio credo de vida y de ahí el rechazo que inicialmente tuvo su obra para luego convertirse en el poeta norteamericano por excelencia.

Facebook: Juan Francisco Santana

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