TE RECOMENDAMOS…El verano. Bodas, de Albert Camus

El verano. Bodas, de Albert Camus

El verano

 

Una reseña de Juan Francisco Santana

 

En mi mesa de noche hay unos cuantos libros, todos ellos con marcadores, uno de ellos dice “para mi queridísimo tutor, que más que tutor es un amigo”, señalando diferentes páginas 23, 78, 91, 169 o 384 por poner unos ejemplos; también hay otros, muy avanzados, en el centro de trabajo pues allí, cada día, se le dedica una hora, esta semana es la cuarta hora, desde las 11:15 a las 12:10, al proyecto de lectura; no podía ser menos y en el coche hay alguno que espera su turno, también con su marcador respectivo. Anoche acabé de leer uno de aquellos libros, el titulado “El verano. Bodas” de Albert Camus. En la presentación del libro se puede leer algo escrito por el autor en uno de los cuentos que contiene: “Crecí en el mar y la pobreza me fue fastuosa; luego perdí el mar y entonces todos los lujos me parecieron grises, la miseria intolerable.”

Se nos dice que en esas palabras se podría resumir el espíritu que impregna a todos los escritos que encontramos en la obra, la más poética de Camus, en la que se ve a un hombre que añora las privaciones de la Argelia en la que nació: sus paisajes, sus gentes, su luminosidad, sus olores y colores. En vez de realzar esas privaciones en sentido negativo les saca, al máximo, todas sus posibilidades, con un lenguaje, en ocasiones, caprichoso y, en otras, algo barroquizante, y dándonos a entender que lleva aquellas tierras, polvorientas y secas, en lo más honde de su alma. En los cuentos que se  nos dice que vamos a encontrar en “El verano. Bodas”, yo diría relatos, descripciones, análisis profundos en los que Camus hace una especie de viaje en el que indaga en todo aquello que su memoria conserva de aquellos alejados años de su niñez y primera juventud.

La obra está dividida en cuatro partes: “El verano”, “En el mar”, “Bodas” y “El Minotauro o Alto de Orán”. Cada una de esas partes, a su vez se subdivide en otras, excepto “En el mar”. Nos encontramos joyas, en abundancia, como por ejemplo: “Los mitos no tienen vida por sí mismos. Aguardan a que nosotros los encarnemos. Basta con que un solo hombre en el mundo responda a su llamada para que nos ofrezca su savia intacta”.  En otra de esas partes podemos leer: “Rechazar el fanatismo, reconocer la propia ignorancia, los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza, en fin, he ahí el campo donde podremos reunirnos con los griegos.”

En el capítulo titulado “El enigma” el lúcido Camus escribía: “Ningún hombre puede decir lo que él es. Pero ocurre que sí puede decir lo que no es…Si he de creer a uno de mis amigos un hombre tiene siempre dos caracteres, el suyo y el que su mujer le presta.” Reemplacemos mujer por sociedad, por amigos, por partidos, por gobiernos, por mayorías…pero no nos olvidemos de tener nuestra propia voz y así poder alejarnos de los aborregamientos e imposiciones. ¡No dejemos que se nos castre nuestra voz! ¡Prestémosla a los que no la tienen!

Más adelante podemos recrearnos en lo que dice sobre los escritores: “La idea de que todo escritor escribe por fuerza sobre sí mismo y se pinta en sus libros, es una de esas ideas pueriles que nos legó el romanticismo. En cambio, en modo alguno queda excluida la posibilidad de que un artista se interese primero por las otras gentes o por su época o por  mitos que le son familiares…Las obras de un hombre representan a menudo la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, pero casi nunca su propia historia, sobre todo cuando pretende ser autobiográfica. Ningún hombre se atrevió nunca a pintarse tal como es.”

Su forma de entender la vida se resume cuando nos dice: “Crecí con todos los hombres de mi edad, entre los tambores de la primera guerra y nuestra historia desde entonces no ha dejado de ser crimen, injusticia o violencia…Por mi parte nunca dejé de luchar contra ese deshonor y no odio sino a los crueles.”

Para mí, les he de decir, que por tan sólo poder disfrutar del placer de esta frase valió la pena leer este hermoso libro: “Para revivir es menester recibir una gracia, olvidarse de sí mismo o tener una  patria.” Pero no se queda atrás esta otra: “Los buenos espíritus prefieren la poesía, pues ésta es cosa del alma.”

Para terminar con el comentario a este libro de Albert Camus es mejor hacerlo con otra de sus joyas: “Ya no hay desiertos. Ya no hay islas. Su necesidad, sin embargo, se hace sentir. Para comprender al mundo es preciso a veces apartarse de él, para servir mejor a los hombres, tenerlos un momento a distancia.”

Qué suerte tenemos los canarios de vivir en una de esas islas, que sin existir, por el fenómeno de las nuevas tecnologías y de la comunicación, podemos disfrutar de uno de esos desiertos que nos posibilita nuestro entorno y así, a nuestra manera, dedicarnos a crear, a escribir de todo aquello que creamos que nos aporta contribuir a una sociedad más justa y solidaria. Debemos alegrarnos por tener tiempo de leer a los grandes maestros (Albert Camus es uno de ellos) y porque nos han dejado obras que nos invitan a reflexionar sobre diversas cuestiones que nos son tan necesarias.

Facebook: Juan Francisco Santana

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