FOTO-RELATO El fin de la soledad

El fin de la soledad

Sol Luis

Nuestro personaje tiene un nombre pero eso carece de importancia. Se siente feliz mientras, tumbado sobre la arena cálida y bañado por el calor templado del  sol en las primeras horas de la mañana, ve alejarse el cuerpo de la muchacha. Piensa que es lo más bello que ha visto jamás porque junto con ella ha sentido la belleza irrumpiendo con fuerza en cada una de sus células. Nunca la belleza la había podido sentir de una forma tan orgánica que terminase estallando, voluptuosa, hasta hacerle, durante unos segundos, perder el juicio. Nunca había probado ese estallido en compañía, era su primera vez y nada tenía que ver con los onanismos -una manera de asomarse a una ventana que no podía satisfacer su curiosidad al respecto- que, hasta ese día, habían constituido su única experiencia de esta índole. Está reviviendo relajado por el sonido del mar que se muestra calmado, y que le devuelve un eco de todas las caricias y los besos, de todos los estremecimientos que había sentido momentos antes, como trazos dibujados en el interior de su cuerpo y de su alma que devolvía con amor como realimentando, entre dos, continuamente un fuego, una llama que crecía hasta quemar el universo entero y menguaba de nuevo ante la placidez de una sola mirada que se clava, de ojos encontrándose maravillados de tanto que se podían dar juntos, de sentir una unión cómo nunca habían sentido y una paz que hasta ese día había resultado vedada y que ahora, por fin descubierta, les convertía en dos seres sobre la tierra en irrevocable comunión. Y así, de forma más o menos cíclica, se repetía esta danza, este subir y bajar de pasión y ternura enredadas entrelazándose, que les estaba mostrando un mundo hasta entonces ignoto y que dejó su fuerte huella, la del uno sobre el otro, impresa de un modo profundo y que resistiría el paso del tiempo. Después la hoguera prendería con una fuerza inconmensurable, intensa, rotunda e implacable y los dos juntos sentirían al unísono la combustión de cualquier fealdad que les atenazase el alma, habían descubierto juntos la fortaleza de la vida y sabían que era difícil que cualquier miseria pudiese atentar contra ella. Se sabían enamorados. En silencio siguieron disfrutando juntos de la experiencia que acababan de compartir. para ambos, jóvenes y primerizos, se trataba de asimilar una práctica demasiado grande y poderosa para poder hacer algo más que quedar en la relajación más placentera y profunda que habían experimentado nunca y seguir disfrutando de los ecos de la experiencia con una extraña sensación en la barriga, como si de ella partiese un grueso cordón, inmaterial pero tangible, que les uniese. Transcurridos los años, ambos sabrían que -aunque habían realizado ese acto infinidad de veces y con distintas parejas a lo largo de sus vidas-, nunca iban a experimentar lo que acababan de vivir.

La muchacha tuvo que marchar y él la contemplaba feliz, anonadado, sentía una especie de plenitud espiritual que  le hacia llorar imaginando su recuerdo. Se dio la vuelta entre las sábanas, acarició su propia piel cuarteada por el paso de los años, preguntándose si en el fondo el compendio de su vida había resultado feliz o no. De la muchacha hacía incontables años que no sabía nada. Sólo fue un romance veraniego de adolescencia. Una vez transcurridas las vacaciones, ambos volvieron a sus habituales ciudades de residencia y la vida nunca volvió a juntar sus caminos. Pero durante toda su vida le acompañó su recuerdo y nunca olvidó su rostro. Le seguía agradecido porque en la actualidad, anciano y solo, era la única persona capaz de poner fin a su soledad.

 

Facebook: Luis Revert

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3 comentarios

    • Gracias a ti, Luis, por compartir con nosotros tus relatos. Este blog es también el tuyo y el de todos los escritores que quieran sumarse a nuestro pequeño rincón literario.

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  1. Gracias a ti, Luis, por compartir con nosotros tus relatos. Este blog es también el tuyo y el de todos los escritores que quieran sumarse a nuestro pequeño rincón literario.

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