Josefa Molina – La tendera

NOTA: Abrir el enlace de la canción One more kiss, dear. Vangelis para acompañar la lectura del texto. ¡Gracias!

 

La tendera 

ILUSTRACIÓN 001 -

Ilustración: ‘Los senos de Asunción’, de Francisco Lezcano Lezcano 

Uno de mis entretenimientos infantiles favoritos era ir a su tienda y comprar un par de caramelos de menta de los que guardaba en transparentes recipientes de cristal. Nunca me gustó el sabor excesivamente mentolado de los caramelos pero adoraba mirar cómo los cogía con una servilleta de papel y me los entregaba con una medida caricia en la mano.

Esperaba cada día el momento de sentir ese fugaz roce de la piel siempre acompañado por su sonrisa pintada de rojo. Observar cómo aquella mujer espléndida regalaba sus palabras melosas a todo aquel que se prestara a recibirlas se convirtió en uno de los pasatiempos preferidos de mi infancia. Sentado en la única butaca de madera que existía junto al mostrador, saboreaba despacio los caramelos de menta mientras mis ojos se perdían detrás de las piernas medio desnudas de la tendera y su generoso escote. Aquel mirar disfrazado de menta dejó una tarde de junio de ser inocente para transformarse en una liturgia erótica de la que la tendera no sólo no era ajena, sino que la alentaba acercando su cuerpo al mío cada vez que me entregaba los dulces.

Se solía recoger el pelo en un moño alto al estilo francés aunque con un ligero aire desenfadado, dejando que varios de sus mechones de cabello negro azabache se escaparan rozando la desnudez de sus hombros y su cuello. Me fascinaba ver cómo aquellos pocos pelos sueltos se meneaban libres cada vez que caminaba de un lado a otro de la tienda con paso resuelto, como si aquel espacio ínfimo lleno de botes de mermeladas, de sacos de papas y de latas de comida en conserva perfectamente alineadas, fuera el mayor de los reinos por proteger.

Regentaba una pequeña tienda de aceite y vinagre en mi pueblo, uno de esos lugares pequeños y olvidados del norte de la isla, de los que tan sólo pueden existir en el norte de cada mapamundi. Durante años, la tendera narraba a todo aquel que quisiera escuchar que el pequeño comercio había sido la herencia de su tío Alberto que en paz descanse. Esta declaración la hacía con una mezcla de orgullo y hastío en los ojos que sólo alcanzabas a desentrañar si seguías escuchando con un poco de más atención sus lamentos repletos de qué mala fortuna la suya de tener el vientre estéril y lleno de espinas como los cactus.

tienda vieja

¿Quién se va a hacer cargo del negocio, el mismo que ha dado de comer a toda mi familia durante generaciones? se lamentaba alzando las manos al cielo. Sobrepasaba ya los cuarenta y aquella piel, ahora arrugada y mustia, había sido cientos de veces acariciada por las manos ansiosas de sus amantes, los mismos que se fueron, olvidándola, uno tras otro, detrás del mostrador. Ninguno de ellos logró que sus pequeños ojos azules se hicieran eternidad en su vientre, amargo como el vinagre que vendía en los cubiles de su pequeño bazar.

Tampoco Gregorio fue capaz de dejar su simiente en ella. El almacén de la tienda fue escenario de decenas de sus fugaces encuentros recubiertos de promesas de amor casi eterno. El día que el joven arquitecto marchó a la gran capital para abrir un despacho dejó atrás a una mujer llorando en aquel mismo almacén. Un beso más, mi amor, una mirada más, solo eso, mi amor, es un adiós, sonaba en la radio la última vez que la pasión los arrinconó contra los sacos de azúcar. Con Gregorio desapareció la sonrisa de la tendera y el altivo moño. Su gesto se plagó de sombras, y desde ese adiós, la tendera fue perdiendo su brillo como fue abandonando sus posibilidades de ser madre.

Cada vez que alguna deslenguada avivaba el tema, la tristeza se asomaba a su rostro y la mirada se le perdía en el vacío como si buscara en él una imposible solución que acabara para siempre con su infecundo dolor interno. Muchos días de agua habían corrido por el barranco sin que la tendera encontrara solución alguna más allá de poner el cartel de “Se vende” colgado en el exterior de la tienda. La sombra de la muerte se iba acercando y con ella crecía el temor de que una tarde cualquiera la hallaran sentada en la silla de mimbre seca y ruidosa sobre la que esperaba a que un nuevo cliente cruzara el umbral del pequeño negocio.

Sentada en esa silla la descubrieron esta mañana. Tenía la cabeza apoyada sobre la encimera y la mirada perdida en el vacío. El moño ya no era altivo y sus manos estaban llenas de arrugas que emulaban los periódicos viejos con los que envolvían los productos de la tienda para combatir la humedad. Tal vez finalmente halló la solución, o tal vez, decidió que ya estaba bien de esperar y salió tras ella.

Aún el cartel de “Se vende” pende olvidado al viento en la puerta de la pequeña tienda.

 

Facebook: Josefa Molina

Ilustración: Francisco Lezcano Lezcano

Imagen de la tienda: internet

 

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11 comentarios

  1. Un relato muy bien concebido y llevaba a cabo. ¡Cuántas tenderas hemos visto como estas! Gente que se va haciendo una sola cosa con el negocio que regentean. Mi enhorabuena, Josefa Molina. Ah, el dibujo de Francisco Lezcano es precioso.

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      • Y lo que comentas de la ilustración de Lezcano, sí, cierto, me encanta los dibujos de Francisco Lezcano, por este motivo, los utilizo, con su permiso, para ilustrar los textos. Besos!

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  2. Me ha gustado el relato, creo que está bien construido, tiene el ritmo adecuado y el personaje se hace visible. Para mí lo de menos es que sea triste o alegre, largo o corto, sino que tenga buen pulso y este lo tiene.Muy bien escrito también. ¡Felicidades! (Soy Ángeles Impíos, no sé si te acuerdas).

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    • Infinitas gracias, Ángeles, por tu comentario. Me motiva mucho que valores que está bien escrito. Es para mí un honor que me lean, sobre todo, como lo haces tú, jaja. Y por supuesto que me acuerdo de ti, Ángeles, un besazo enorme!!

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  3. Precioso !!! Atrapas la curiosidad del lector hasta el final , haces que me sumerja en la historia como si la viviera .Gracias por compartir para poder disfrutar tus relatos!!!

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    • Gracias y gracias, Marisa, tu comentario me estimula mucho y me empuja a seguir escribiendo. Gracias por leer mis relatos!. Un beso grande, Pepa

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