Juan Francisco Santana – La historia inolvidable de un bocadillo de jamón cocido

La historia inolvidable de un bocadillo de jamón cocido

Decía, con mucho acierto, Flaubert, escritor francés del siglo XIX:

“La vida debe ser una incesante educación.”

Aprovechando esa magistral frase pensé que podría escribir sobre algún aspecto de mi profesión, sobre algo que tuviera relación con el lema de mejorar cada día, en la medida de las capacidades de cada uno, y que redundara en el bien común. Lo primero que me vino a la mente fue el recuerdo de un bocadillo de jamón cocido. Se preguntarán sobre la relación de la mejora personal y un bocadillo de jamón cocido pero tiene su explicación.

Les hablaba a los alumnos y alumnas de lo importante que era el valorar lo que teníamos y de mostrar, todos los días, agradecimiento a las personas que nos quieren. Les comentaba que aquellas personas que nos recordaban las normas, los que nos hacían llamadas de atención o los que nos reprendían por aquello que hicimos y no debimos eran, precisamente, las personas que nos querían. Podía ser mamá o papá, abuela o abuelo, un educador o educadora, un cuidador o cuidadora, o cualquier ser humano que se preocupara por darnos su amor para que fuéramos, cada día, creciendo como seres humanos. Vimos la necesidad de ser solidarios y agradecidos con quienes nos ayudan en nuestro quehacer diario y lo que representa el poder tener a alguien que se preocupe porque estemos bien alimentados, con quien nos abrace y nos dé un beso antes de dormirnos, con la persona que nos abriga cuando tenemos frío, con la que nos compra el cepillo de dientes o el gel corporal y tantas y tantas cosas más que, en general, no valoramos porque creemos que simplemente están ahí, no siendo conscientes que hay que comprarlas y también hay que dedicar un tiempo para que el otro esté debidamente atendido.

Como pago a tanto bien algunos tienen una contestación inadecuada como, por ejemplo: ¡no me quites tiempo! ¡no me molestes! o el muy utilizado ¡déjame en paz! Quien así contesta se olvida, de forma insensible y produciendo gran desazón en el ser que le da tanto, de que todo lo que hacen es por amor hacia nosotros, olvidándose, en muchas ocasiones, de ellos mismos.

La respuesta correcta sería un beso, un abrazo o un dar las gracias por la preocupación y el cariño recibido pero escuchamos, en muchísimas ocasiones, algo así como: ¡es su obligación! ¡Yo no se lo he pedido! o el ya clásico: ya saben que les quiero, para qué se los voy a decir. La respuesta es porque a todos nos gusta escuchar: ¡te quiero mucho! ¡Gracias! y otras expresiones similares que nada cuestan y tanto suponen.

Algunos alumnos y alumnas, como yo esperaba, participaron comentando que les da vergüenza dar las gracias o que las personas que les quieren ya saben que ellos también les quieren, pero recalqué que, entre otras muchas razones, es importante decirlo porque ese ser que tanto nos quiere necesita escuchar ese tipo de manifestaciones, que salen del alma o porque llegará el momento, pues el tiempo pasa de forma inexorable, en que, por alguna razón, no podamos hacerlo. Quiero aprovechar para decir que a mí me sucede lo contrario en cuanto al agradecimiento y siento la necesidad de dar las gracias, si es necesario, una y otra vez. Si no lo hiciera me sentiría vacío y en deuda con quien creo que debo tener esa deferencia. Desde que recuerdo siempre he tenido esta costumbre, posiblemente me fue inculcada en casa por aquellos seres que contribuyeron, con su inmensa generosidad y amor, a moldear al que ahora escribe.

Hablamos también, ese día, sobre la importancia del pan y del agua y sobre la ignorancia de que no nos percatamos de su auténtico e incalculable valor porque los tenemos en abundancia. Recordamos a los niños que tienen que caminar kilómetros en búsqueda del preciado líquido o de aquellos otros niños y niñas que, injustamente y por razones diversas, han perdido la vida, en los minutos transcurridos durante la clase en cuestión. Se me ocurrió que sería conveniente ilustrar la explicación con alguna vivencia y les conté algo que me había sucedido cuando tenía tan sólo siete u ocho años de edad pero que nunca se había borrado de mi mente.

bocadillo

Yo he tenido la suerte de tener dos padres y dos madres porque mis tíos maternos hicieron de tales. Desgraciadamente mis queridos tíos ya no me acompañan físicamente. Fue, precisamente, mi tía Lola, a la que quería y sigo queriendo muchísimo y muchísimo y muchísimo, la que me hizo un regalo, uno de tantos, que nunca olvidaré. Una mañana temprano, recuerdo que era un día lleno de luz, la acompañé a hacerse un análisis rutinario, pues era diabética. Me llevó de la mano, con un amor que se transmitía intensamente y que yo sentía en lo más hondo de mi ser. Nos bajamos de la guagua (aquí se le llama guagua al autobús) y nos dirigimos hacia el Parque de Santa Catalina, concretamente hacia un laboratorio de análisis que por allí se encontraba. La esperé, sentado, en la salita de la entrada y al rato salió con su mano pegada al pecho. Le habían hecho un análisis de sangre. Me besó y me cogió, de nuevo, por la mano y nos dirigimos a una tienda, muy reluciente, que se encontraba justo al lado. El señor que la atendía la tenía muy limpia y la claridad de la mañana entraba por una gran ventana acristalada. Me dijo: ¿qué quieres desayunar? No recuerdo lo que le contesté. Lo que recuerdo es que escuché algo sobre un bocadillo de jamón cocido que, de repente, llegó a mis manos. Les relaté a mis alumnos que aquel sabor nunca se me había olvidado, me dejó marcado, y he intentado cerrar los ojos comiendo diferentes bocadillos de jamón cocido pero ninguno ha tenido aquel sabor. ¿Por qué ese recuerdo? –se preguntarán. La respuesta sería que yo no estaba acostumbrado a comer bocadillos de jamón cocido y sí de mantequilla. Recuerdo hasta sus marcas: La Espiga o la Niña y también sus envoltorios, como si fuera hoy. En aquel entonces no distinguía entre mantequilla y margarina y las dos me parecían riquísimas.

Volviendo al presente, como estábamos en una clase en la que se abordaban fundamentalmente temas de valores fundamentales, se les invitó a escribir una pequeña historia personal, como yo había hecho, que sólo se leería en la clase si cada cual lo consideraba conveniente, por ser algo muy personal. Hubo historias que se socializaron y que nos emocionaron, y otros decidieron no hacerlo. Esta clase semanal sobre Educar para la Paz y otros valores la he impartido desde que comencé en este mundo de la educación, supongo que mejorándolas con la experiencia de los años y, en todo momento, aprovechando la hora de tutoría, ha sido un espacio cargado de experiencias maravillosas y enriquecedoras. Algunas emocionadas lágrimas quisieron ser partícipes y no pudimos decirles que no, una vez más, y se sumaron, gustosas, a aquella emocionante y provechosa jornada en donde las competencias básicas se multiplicaron y fueron muy juntas de la mano mucho más allá del aula, como podremos ver.

Unos días después, Juan Carlos, uno de aquellos alumnos, me dijo que al día siguiente me traería una sorpresa. Efectivamente me trajo una hermosa e inesperada sorpresa, muy bien envuelta en papel de aluminio. Se trataba de un bocadillo de jamón cocido. Juan Carlos le había contado a su mamá, también docente, aquella historia del bocadillo de jamón cocido y acordaron traerle el presente a este emocionado articulista. Nos dimos un gran abrazo. Curiosamente aquel día tenía guardia de recreo en el patio y quité, con sumo cuidado, aquel envoltorio y degusté, sin poder evitar recordar al emocionado y agradecido niño de los rizos de antaño con el amoroso bocadillo de jamón cocido en sus pequeñas manos. En esta ocasión, y por tan sólo un momento, pude degustar, nuevamente, aquel inolvidable sabor. Luego volví al presente, a terminar con aquel bocadillo que Juan Carlos me había traído, con tanto cariño. Al volver a leer este artículo no he podido reprimir el emocionarme y las lágrimas han aflorado, una vez más, a mis rejuvenecidos ojos.

Facebook: Juan Francisco Santana

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3 comentarios

  1. Mi queridísima amiga Megt. Te estoy inmensamente agradecido, por tus siempre atentas palabras y por ofrecerme ese tesoro, tan hermoso, que es tu amistad. Muchos besos y abrazos.

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