TE RECOMENDAMOS…Vulva, la revelación del sexo invisible

Vulva, la revelación del sexo invisible, de Mithu M. Sanyal

Una reseña de Ángela Molina

vulva

 

“Yo había aprendido, por eso no me escandalicé ni mucho menos, que las mujeres tienen una capacidad para abandonar el recato que ningún hombre podrá igualar jamás. Tan donjuanes y a la vez tan intimidados frente a la energía terrible y enigmática de lo femenino.” Joaquín Marta Sosa.

Que la eternidad, y la muerte, se encuentran al unísono al traspasar el umbral del sexo de una mujer es algo sobre lo que cualquier hombre puede dar fe.  Que es preciso domesticar a toda costa esa riesgosa sensualidad opulenta que surge de las hembras, muchos aún lo callan. Ante el riesgo inminente de la supervivencia del orden patriarcal establecido se impone colocar bridas y gríngolas. Pero a veces, con el tiempo, estas no resultan suficientes.

Primer orden de la realidad, según Michael Foucault, el lenguaje delimita la frontera de lo existente. No se habla de lo que no existe. El sexo femenino, la vulva, entra en esa esfera de la otredad. Ni aún para las mujeres, o mucho menos para ellas, esa conjunción de vagina, clítoris, labios mayores y menores, existe, puesto que no puede ser nombrada. De aquí parte el libro de Mithu M. Sanyal, Vulva, la revelación del sexo invisible, (Editorial Anagrama. Colección Argumentos), un ensayo que fue la tesis doctoral de esta autora alemana de origen hindú, que con esta publicación da a luz a su primer libro.

Así, a partir del Imperio Romano son sustituidas las culturas antiguas -en las que se rendía culto a la mujer y su sexo como garantía de comunicación con los dioses y de carnalidad divina- y se impone la visión falocéntrica de la cristiandad por terror a diosas como Isthar, en cuyo culto el sexo es el camino sagrado hacia la purificación. De hecho, a los hombres que venían de la guerra, se les hacía yacer con las prostitutas sagradas, para purificarse. Estas, eran solo muchachas que ejercían esta labor por un tiempo determinado, antes de dedicarse a las labores del hogar y la familia. “Originalmente la diosa daba a entender mediante la apertura de sus piernas que estaba dispuesta a regenerar a aquel que entrase en ella”, afirma Hans Peter Duerr, citado Mithu M. Sanyal.

Y así como Jehovà sustituyó a Isthar, en relación con la cultura musulmana “el más masculino de los santuarios, la Kaaba de La Meca, es enmarcado por una cinta de plata con la forma de una vulva y representaba originalmente el genital de la diosa lunar Al`Uzza (…) un aspecto de la triple diosa Al`lat, la cual –y no Alá, como ya ha sido admitido- era venerada en la Kaaba en tiempos pre islámicos.”

Castradas y mudas

Afirma Natachee Scott Momaday, Premio Pulitzer, que “somos nuestras representaciones (….) nuestra misma existencia consiste en las imágenes que nos hacemos de nosotros mismos (…) Lo peor que puede sucedernos es que no haya representaciones de nosotros.”

Lo cierto es que hoy, señala Sanyal, ni aún las niñas saben nombrar su sexo. Los varones se refieren a la vagina, ignorantes que es apenas una parte del todo. La asimilación del clítoris con un pequeño pene, que muchas mujeres aceptan orgullosamente, no hace más que abonar en la ignorancia. La homologación entre vagina y vulva equivaldría a equiparar testículos y pene,  con anuencia de las hembras. “La vulva queda adherida a aquello sobre lo que no se habla, a un aura de secreto y ocultación”, afirma Sanyal. Y en especial porque nombrar los genitales de la hembra humana ha sido coto de hombres (el ámbito científico estaba dominado exclusivamente por ellos hasta hace poco tiempo) que han llegado a la conclusión de que si bien los hombres tienen algo entre sus piernas, las mujeres no tienen nada.

La idea fue promulgada con éxito por Sigmund Freud, para quien las niñas entre los tres y los cinco años descubren que no tienen pene y llegan a la conclusión de que alguien se los ha cortado, la tristemente célebre “envidia del pene”.  Por esta vía argumental se llega a la medicalización psiquiátrica de la condición femenina, pues la relación de las mujeres con su órgano sexual sería la definición de la histeria.

Así las niñas se ven relegadas a nombrar su sexo con eufemismos y a no conocerlo del todo. Lo cual no resulta para nada inocente. Desde Baubo hasta Ishtar en las antiguas mitologías, la vulva no solo cura, sino que incluso puede detener la desgracia antes de que esta ocurra. Hasta bien entrada la Edad Media, estatuas de mujeres desnudas con las piernas abiertas eran colocadas en sitios consagrados como monasterios o iglesias y custodiaban las puertas de la ciudad. Si la vulva podía impedir el mal, también podía obtener lo más deseado.

En la medida en que el discurso que se impone es el masculino, una sola práctica y representación sexual existe. “Con la no existencia imaginaria del genital femenino se abordan en realidad otras carencias”. A la mujer se le niega el derecho de producción autónoma de sentido, al tiempo que se niega su identidad sexual.

“Dado que el cuerpo perturbador le había sido asignado a la mujer, el hombre podía ocupar el ámbito de la cabeza como metonimia de la mente. Supuestamente, él era «racional» porque ella era «irracional», y la «cultura» necesitaba de la «naturaleza» para someterla.” Como respuesta, artistas y escritoras desarrollaron estrategias para el rescate del espacio simbólico de la propia identidad a partir de su develación.

Tránsito milenario entre la adoración de la vulva y su negación, Sanyal nos adentra en la significación cultural del genital femenino desde la prehistoria hasta la actualidad, pródiga en reflexiones. “La muerte del alma comienza en el momento en que aquello que no debe ser dicho también deja de ser pensado y sentido”, afirma al referirse a la discrepancia entre lo que se les permite decir a las niñas en la pubertad y lo que éstas piensan y sienten.

Para salir de la dialéctica de la dominación, precisamos, quizás, como sociedad, de rescatar la dimensión sagrada consustancial a cada ser humano. Un punto de partida bien podría ser la antigua enseñanza, que cita en su libro Sanyal, y en la cual “a modo de recordatorio de que mujeres y hombres debían convertirse en dios y diosa para el otro en la práctica del amor sexual, existía el antiguo ritual matrimonial hindú consistente en untar la vulva de la novia con miel para que su esposo pudiera arrodillarse ante ella y adorar su delicioso yoni, de allí la idea de honeymoon o luna de miel”.

Al menos, sería divertido.

Facebook: Angela Molina

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