Josefa Molina – Sabor a tierra

Sabor a tierra

Sabor a tierra

Sintió un sabor extraño en su boca. Le dolía todo el cuerpo. Intentó moverse pero sus extremidades no respondían a la orden que le daba su mente. Tierra. Era tierra lo que tenía en la boca. Intentó escupir ese sabor pastoso y seco que aprisionaba su lengua. Pero no tenía saliva con la que revolver aquel amasijo de sequedad confuso y áspero. Entonces, percibió un nuevo sabor: sangre. ¿Sangraba? Se asustó. Intentó abrir los ojos. Sus párpados estaban pesados, empecinados en permanecer herméticamente cerrados. Por más que lo intentó no pudo moverlos ni un ápice; debajo de ellos unas córneas se movían rápidas de un lado a otro. Intentó serenarse. Agudizó el oído. Un silencio sepulcral le rodeaba. Pero, ¿dónde estaba? ¿por qué no podía moverse? ¿qué había pasado?

Intentó recordar cómo había llegado hasta allí. Pero no sabía ni siquiera dónde era ese allí. De pronto, como un fogonazo, la memoria comenzó a activarse. Recordaba algo. Las suaves manos de María, sus labios húmedos que se acercaban complacientes a su boca… Agua, estaba sediento. Una urgente necesidad de beber se apoderó de él. Quiso moverse. Intentó levantarse y entonces lo sintió: una enorme presión sobre sus extremidades, sobre su torso, sobre su rostro lo tenía inmovilizado. Hasta el momento, no había sido consciente del peso externo que obligaba a su cuerpo a permanecer inmóvil. Así qué era eso…eso, ¿el qué? Respiró. Tierra, olía a tierra seca, muy seca. Sí, eso era. El olor a la tierra seca, tan seca como aquella que recorrió un verano cuando acompañó a su padre a caminar por los barrancos. Le encantaba ir con su padre pero más le gustaba ir a la caza de lagartijas, correr tras ellas, excavar sus escondrijos hasta dar con una y cuando ya las tenía entre sus dedos, arrancarles una a una sus asquerosas patitas hasta dejarla inmovilizada, tal y como estaba él ahora… Sentía tal placer cuando hacía sufrir al pequeño reptil que quiso repetir la experiencia cada día de aquel verano. Pero su padre no entendió aquella nueva diversión. Los paseos por el barranco pasaron a ser historia.

Eso no impidió que él siguiera disfrutando del placer de desmembrar bichos. Poco a poco, fue adquiriendo una creciente maestría en su técnica para desmembrar seres vivos. De pequeños animalejos a animales de mayor envergadura. Perros, gatos y hasta caballos se convirtieron en sus nuevos juguetes. Avanzar era cuestión de tiempo, la lógica evolución en el proceso de aprendizaje, se decía a sí mismo. Aquellas máquinas cuasi perfectas con sus dos brazos, sus dos pies, sus dos ojos y sus siete metros de intestinos, constituían todo un desafío para él.

Entonces, se lo ocurrió una idea terrible: ¿y si no podía mover sus piernas ni sus brazos porque, simplemente, ya no estaban con él? El corazón comenzó a palpitarle a toda prisa. Quizá fuera ese el motivo de su inmovilización. Intentó desesperadamente mover los brazos, las manos, los pies, las piernas, y nada, ni un solo movimiento. Su cuerpo no obedecía ni una orden. Hizo una fuerza descomunal para abrir los ojos. El párpado del ojo derecho se entreabrió ligeramente. Una suave luz penetró a través de la pupila, atravesó el cristalino y se proyectó sobre la retina. Su mente quiso entender. Lentamente, comenzó a percibir los sonidos del lugar. El canto de una lechuza, algunas pisadas suaves sobre hojas secas que se acercaban, un lejano sonido de arroyo… Estaba en el campo. Sí, claro, había ido al campo hacía…¿cuántos días? Se recordó a sí mismo cogiendo la mochila, un par de latas de cerveza, unos prismáticos, algo de comer y su fiel acompañante, su escopeta de caza.

Que su último trabajo se fuera al traste y que surgiera la idea de ir al campo en busca de distracción fueron acciones correlativas. El cliente, como muchos otros antes, desistió de su encargo en el último momento. Lo entendió. Era un gran conocedor de la débil naturaleza humana. Sabía que el deseo de venganza sólo es auténtico si nace desde lo más profundo de las entrañas. Por eso, no podía evitar sentir repugnancia hacia los que contrataban a un profesional porque no tienen lo que hay que tener para hacer lo que hay que hacer para después dar marcha atrás. Mal consejero es el tiempo, enfría la mente y templa el deseo de venganza. Él no necesitaba sentir ese deseo para matar. Él disfrutaba matando, le dedicaba la misma entrega y la misma pasión que el artista que extrae una hermosa figura de un bloque de mármol. Eso le convertía en el hombre perfecto para este tipo de trabajo, el más profesional, el más meticuloso, el perfecto asesino sin escrúpulos, aún mas si el encargo consistía en desmembrar poco a poco, con dolor, con pausas, con recreación, a algún advenedizo. No existía nada más sublime que percibir el miedo, la certeza del fin en el rostro de los que iban a ser liquidados por orden y cuenta de un tercero. ¡Hasta el olor de sus excrementos le provocaba una erección!

Pero ahora eso no importaba. No sentía ni sus brazos ni sus pies y una parte de la cara le dolía enormemente. Por el ojo entreabierto, percibió a duras penas unas cuantas piedras y montículos de hojas y entonces, lo vio.

lobos comiendo

Allí estaba, frente a su rostro, una enorme boca le atacaba mordiendo sin piedad el cuero cabelludo. Quiso gritar, moverse, huir. Pero no pudo. Estaba inmovilizado, rígido. Dos hileras de dientes afilados le volvieron a morder en la cabeza. Sintió la tibieza de la sangre recorriendo su piel. Vio como cuatro patas peludas se acercaban más a él y escuchó una algarabía. Una pelea de lobos. El líder de la manada estaba indicando al resto quién tenía el privilegio de morder y alimentarse antes que ninguno. Sintió miedo. Estaba solo, inmóvil y ¡no podía gritar para pedir ayuda!

De un mordisco, uno de los lobos empujó su malherido rostro como si fuera un muñeco de trapo. Su único ojo abierto contempló aterrorizado la escena: sus brazos no estaban. Habían sido sustituidos por un amasijo ensangrentado de carne mordisqueada de la que sobresalían dos huesos a medio roer ¡Estaba siendo devorado! Le habían arrancado los brazos y parte de los pies a mordiscos. No quedaban más que unas masas informes de huesos y carne hecha jirones, mezcla de fluidos sanguinolentos y tendones. ¡Iba a morir bajo las fauces de unos cuantos lobos que le devoraban y desmembraban sin piedad!

De pronto, el punzante dolor que había sentido hasta el momento, cesó. Ahora lo comprendía todo. Por fin, todo cobró sentido. Era la lección. Esa que tanto buscó, esa que nunca halló entre los hombres, esa que ahora los animales se encargaban de darle. Ahora era él el desmembrado. Le devolvían la moneda. Se resolvía el acertijo: la venganza a sus años de infancia desmembrando animales, la venganza a ese enorme placer que sentía al matar a seres humanos mientras les quitaba uno a uno sus miembros, mientras observaba sus caras de terror cuando empuñaba la hoja de cirujano y comenzaba a cercenar con precisión quirúrgica la carne. Ahora había llegado su momento, le daban un escarmiento, se vengaban de él en forma de lobos que le devoraban, en forma de salvajes mamíferos que se peleaban a dentelladas por sus despojos. Sintió cómo un afilado diente se clavaba en lo que quedaba abierto de su ojo. Ya no vio más. Ya no sintió más, tan solo un asqueroso sabor a tierra seca y sangre en su boca, una boca cuyos labios habían sido devorados hacía horas.

Facebook: Josefa Molina

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4 comentarios

    • Muchas gracias, Juan, por tu comentario. Sí, ese era parte del objetivo del texto, provocar una reflexión sobre el abuso que ejercemos sobre los animales y la naturaleza, en general, y cómo ésta se toma, en un momento dado, la revancha. Gracias por animarte a dejar un comentario. Saludos!!

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