Sasa Sosa – Si la mitad de todo es uno

Si la mitad de todo es uno

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Se sentó en la abarrotada sala de espera del médico y abrió el libro con la intención de minimizar los estragos mentales de una larga espera. Apenas unas líneas después, levantó la mirada para hacer una primera valoración del entorno, sabiendo que ningún ambiente es tan suculento para extraer las ideas de un posible cuento. Cuando se posicionaba en calidad de observadora en sitios concurridos tenía la sensación de estar en un espacio distinto al de los demás desde donde podía observarlos, como una entomóloga que estudia una colonia de hormigas.

Su tímido hola no surtió efecto; ni la oyeron ni la vieron, porque todos, señoras y señores, concentraban su interés en los móviles, de manera que el silencio era casi absoluto, solo roto por algunas conversaciones que parecían soliloquios por la ausencia aparente del receptor. Al ver que alguno de ellos miraba de reojo su libro, se sintió aún más llena de orgullo, así que se colocó de tal manera que pudiera leerse claramente el autor, José Millás, uno de los preferidos en ese momento concreto de su vida. El éxito fue escaso y eso la irritó tanto que decidió observar con un detenimiento inquisitivo a los allí presentes, con la solemne intención de descalabrar su mediocre realidad en un futuro libro.

Los libros eran eso para ella, una manera de transgredir, de proporcionar dolor, de dominar a los demás cuando se sentía atacada por ellos…algo así como una catarsis debidamente inclinada a satisfacer sus deseos, aquellos que por lo visto, en la vida no le estaba dado gozar. No es que Amelia tuviera la creencia pueril y perturbada de que los horrores infringidos a sus personajes se materializaban en la vida, pero el proceso de inventarlos, visualizarlos y materializarlos por escrito, producían un efecto calmante en su deseo de venganza. Mientras los escribía y describía, los vivía y los sufría de forma vívida, como en un sueño, donde todo es real hasta que te despiertas. Cada libro era una sentencia de muerte, un disparo en la nuca a todo aquel que le produjera algún daño, la proyección de un odio incapaz de realizar la mas mínima reflexión que la ayudara a salir al aire fresco en el que los otros parecían vivir felices. Por eso Amelia nunca salía de casa sin su libreta, esa que le permitía luego resarcirse de los vapuleos infringidos por la vida, al menos hasta hoy.

La sala de espera estaba separada de otras salas de espera por biombos transparentes a lo largo de un pasillo que recorría toda la fachada del edificio, y en cada cubil los asientos eran de esos que están unidos unos a otros en filas de a cinco, de modo que el movimiento de uno de los ocupantes se manifestaba en el cuerpo del resto de inquilinos de la fila, como si de vasos comunicantes se tratara. Amelia se había sentado junto a una pareja de adolescentes entregados a las tareas propias de su edad como si jamás fueran a salir de aquella sala, comiéndose el presente con la misma avidez que los labios. Sin mirarlos, Amelia podía sentir su violenta vitalidad por el movimiento rítmico de los pies balanceándose adelante y atrás, siguiendo los dos el mismo compás, como viviendo bajo la misma simetría orgánica. Lógicamente, los vasos comunicantes impedían a Amelia seguir con la lectura, así que se vio obligada a cambiar de asiento y situarse en el fondo de la sala, pegada a la pared, lo que le proporcionó una mejor posición que la que había ocupado inicialmente, cuando sólo quería esperar.

Justo en frente estaban sentadas dos amigas de unos 32 años, las dos con moños totalmente verticales y tan delgadas que juntas podrían ocupar un solo asiento. Gesticulaban mientras mantenían una conversación simultánea no compartida, pero lo hacían con una similitud que hacía que vistas desde atrás parecieran gemelas idénticas. Un poco más a su izquierda, una pareja de ancianas compartía el mismo corte de pelo cano y el color gris de sus vestidos; eran como una fotografía en blanco y negro. Todos parecían tener cosas en común, todos parecían compartir mucho más que lo evidente. Los únicos que no participaban de ninguna semejanza eran los trabajadores del hospital, que, pese a compartir uniforme, no parecían tener ningún vínculo especial entre ellos. Este detalle la irritó mucho porque pensó que eso la situaba en el grupo de los diferentes, grupo al fin y al cabo, sumándola así a un cómputo concreto, como una semejante, como si ella compartiera con ellos un vínculo que jamás había llegado a sentir con nadie.

El descubrimiento inesperado de esta semejanza la llevó a imaginar un mundo en que todos fueran a pares, de manera que los que estaban solos y conservaban la unicidad de sus caras, fueran segregados por diferentes y considerados peligrosos. Allí mismo empezó a revolver su bolso en busca de la libreta para anotar algunas ideas, pero por mucho que revolvió y revolvió no encontró nada. Cuando todo el contenido del bolso estaba ya en el asiento contiguo y los demás empezaban a mirarla, hasta el punto de que los móviles dejaron de ser el centro de atención, presa del horror volvió a meterlo todo y en el reverso de una indecente factura de la luz empezó a escribir a un ritmo frenético, como impelida por una fuerza ajena a su voluntad. El sonido de su nombre pronunciado por el altavoz la sacó de sus cavilaciones y la obligó a levantarse.

Cuando salió de la consulta y, mientras esperaba que le prepararan la próxima cita, vio de reojo cómo la pareja de adolescentes la miraban y se reían, como burlándose de una infeliz que se creía una escritora en medio de un ataque de inspiración. Entonces se dio cuenta de que la maldita factura de la luz se le había caído al levantarse y estaba en manos de los adolescentes, que empezaban ahora a pasarla a los demás produciendo sonrisillas y alguna que otra carcajada a mandíbula abierta. Amelia empezó a odiarlos allí mismo de un modo visceral y, llevada por la venganza, se dijo a sí misma que ese mismo día los mataría cruelmente en un cuento. Rápidamente visualizó en qué manos estaba la ahora doblemente maldita factura de la luz, se la arrancó de las manos y se marchó de allí dejando atrás el sonido de las risas y de muchos móviles en modo fotografía.

Desde que murió su madre, hacía ya unos años, la perseguían los espacios de aquella vieja casa, situada en lo que un día fue una zona elegante y ahora era un rincón deprimido y solitario. Plagada de recuerdos oscuros aunque imprecisos, la biblioteca era su refugio, el único sitio en el que sentía segura, a salvo, hasta el punto de haber trasladado hasta allí una cocinilla de gas y todo lo necesario para no tener que ir hasta la fría cocina del piso de abajo. Un pequeño aseo justo al lado le hacía mucho más fácil la existencia. El resto de la casa no existía para ella, hacía años que no entraba en los dormitorios o en el pequeño salón, donde el polvo y el abandono se habían instalado ya cómodamente.

Durante todo el trayecto en coche no había podido dejar de pensar en los acontecimientos ocurridos en la sala de espera, en la pérdida de la singularidad, lo único único en cada uno, en realidad el mayor tesoro a preservar -se decía cada vez más inquieta. Por eso, lo primero que hizo al llegar a casa fue mirarse en el gran espejo de la biblioteca, tenía que asegurarse de que era ella de verdad y únicamente ella. Allí parada, en aquella habitación iluminada por enormes ventanales y empapelada de libros, apoyó las manos en el marco de madera y se miró como nunca lo había hecho; se miró con un detenimiento nuevo, buscando similitudes que nunca había buscado y que, de no buscar, eran imposibles de hallar. Pero ahí estaban, y le parecieron tan evidentes que no podía entender cómo le habían pasado inadvertidas hasta entonces: esos ojos avellanados, esos pómulos marcados, ese rostro anguloso afinado por una barbilla diminuta, ese cuerpo enjuto y largo, absolutamente desproporcionado. Un horror nuevo se apoderó de ella cuando su rostro desapareció, dejó de ser el suyo para convertirse en otro, en el rostro de su madre, de una madre con la que había compartido una vida ausente y alejada, solo hechos de una existencia compartida, pero nada de amor, de confidencias, nada de caricias, de recuerdos de una infancia feliz, solo vida, pura existencia concreta; una madre indolente, fría y lejana, capaz de estar una semana sin dirigirle la palabra cuando se enfadaba.

Se sentó a escribir, pero lo dio miedo imaginar el final y decidió que lo mejor era no empezar. Tanto daba, también ella era la mitad de uno, también pertenecía al grupo, también entraba en el porcentaje. No estaba sola y con eso le bastaba…y se volvió sombra, sombra de ella y de otros, se volvió inercia. Lo peor de todo es que no llegó a matar a aquellos malditos adolescentes.

Blog de Sasa Sosa

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