Roberto Iglesias – Los testigos

Los testigos

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Lucía el sol. No debía. Según el calendario y la latitud tocaba llover. Pero lucía el sol con un seco calor matutino. La familia permanecía reunida en el parking en una espera tan inédita que nadie allí pensaba en el fuego ni en la chimenea, mucho menos en la madera. Sale un ujier y hace un gesto consabido. Los corrillos se deshacen y las miradas se entrecruzan como en un sorteo mortal. ¿Tanto hay en juego? La viuda se escabulle fingiendo su duelo, los allegados otean a los hijos; los hijos departen entre ellos diluyendo todo su rencor, ataviando lo forzoso del encuentro con esa fingida madurez de los falsos acuerdos que se pactan sin gritos. El mayor se parapeta tras su cobardía inmensa, y toma la palabra para determinar al vuelo quien irá. “Dice que vayamos nosotros”..,?¿?¿… Mamá no puede y el mayor no quiere. Cuesta dar crédito a tanta cobardía camuflada bajo esa cordial y tersa cortesía. La familia como siempre unida… ¡Pues vamos nosotros! De sopetón aprecias cómo el valor te lo prestan, en verdad, los falsos héroes cuando llega el momento de dar la cara, porque ellos la suelen tener girada. Te explican lo obligado de la demanda: dos testigos directos antes de introducirlo al horno. Algún día tenía que ser hoy. Hoy es ese día que, postergado día tras día, ha llegado a ser hoy. Pero nunca tal como es imaginado, casi hasta mejor. Te giras sin devolver miradas inmerecidas. Te conducen a una sala amplia impoluta, fría de lo limpia que está. En el fondo, en la pared derecha, una plancha de aluminio delata el artefacto, de éste sale una especie de cama sin ruedas que sostiene un féretro abierto. Dicen que es él. No es cierto, y simplemente lo niegas para hacer soportable el momento. Quien te acompaña se acerca al cadáver y acariciándole la mano reposada sobre su otra mano, pronuncia una despedida que suena a dialecto. Tú le recuerdas aún vivo: con su voz, su modo exclusivo y propio de ser y te repites: es solo una cáscara, “él” no es eso. Tapan el féretro. La pasarela inicia su retraída, el silencio se hace tan espeso que no se escucha nada. La pared se abre: un hueco lleno de fuego engulle la caja y la puerta del horno se cierra. No hay lágrimas, se han llorado ya todas hace tiempo, muy adentro. Alguien tenía que ser los testigos.

Facebook: Roberto Iglesias

 

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