Josefa Molina – Tazas de té

Tazas de té

tazas de té

Ay, qué pena, qué pena más grande”, exclamó en voz alta. El joven levantó la cabeza y observó detenidamente a quien vociferaba al otro lado del mostrador. Un hombre enjuto, con un rostro cubierto de cicatrices y una barba apenas poblada que cubría descuidadamente su mentón. En la mano portaba un bastón sucio y desgastado, con el que se ayudaba para arrastrar su maltrecho cuerpo por el pasillo de la tienda. En las venas se divisaban los estragos que causan años de mala vida repleta de excesos.

El hombre se situó frente a una mesa de castaño sobre la que descansaba una antigua radio suiza de madera color caoba. Entonces, dejó de murmurar su letanía de “ays” para permanecer sumergido en un absoluto silencio. Parecía como si, en ese instante, toda su atención se centrara en captar las reminiscencias de las miles de voces y sonidos que antaño salieran llenando el espacio a través del antiguo aparato de radio.

De pronto, como si una descarga eléctrica recorriera su cuerpo, el hombre salió de su ensimismamiento, alejándose del transistor para colocarse frente a una vitrina de cristal, ocupada de arriba a abajo por diferentes piezas de porcelana, tazas de té, lecheras y teteras, todas ellas restos de incompletos conjuntos de té. De pie, frente a ella, comenzó nuevamente su retahíla de lamentos. “Ay, qué pena, qué pena más grande”, repetía una y otra vez de manera casi mecánica mientras removía las tazas de un lado a otro de la vitrina, inmerso en la búsqueda imaginaria de un trofeo escondido bajo alguna de ellas mientras establecía su personal emparejamiento de piezas desparejadas.

El dependiente lo observaba desde la distancia, no fuera que, entre tanto movimiento de tazas y de teteras, terminara alguna de ellas hecha mil pedazos sobre el suelo. Quedó fascinado al observar cómo aquel hombre de aspecto sucio y descuidado trataba las tazas con tanta suavidad que apenas se escuchaba más que algún leve tintineo al ser transportadas de un sitio para otro.

Con el paso de los días, descubrió que detrás de aquella persona desequilibrada, se intuían los pozos del conocimiento que sólo proporciona la tenencia de una educación y de una formación de años. Pronto, aprendió a apreciar los recitales de poemas de Baudelaire y Rimbaud leídos en voz alta en su lengua madre; las lecturas apasionadas de sentencias filosóficas de Kierkegaard y de Platón y hasta se entregaba admirado a la contemplación del hombre en su ofuscada recolocación de las tazas de té en la vitrina.

Una mañana, el hombre del bastón llegó más temprano de lo habitual. El joven le observó con curiosidad cuando comenzó a musitar su “ay, qué pena, qué pena más grande”, mientras se sumía en su labor de redistribución de las pequeñas vasijas de un sitio a otro. De pronto el hombre se giró y le miró directamente a los ojos. Un llanto silencioso, profundo como sólo pueden sentir aquellos que cargan con las penas más negras, le embargaba el rostro. Era como si un pesar intenso, uno de esos que te arrancan las ganas de vivir y te sumergen en las más oscuras entrañas de la tristeza, se hubiera apoderado de pronto de su alma.

Fue la última vez que el hombre del bastón entró en la tienda de segunda mano. Durante días, el dependiente esperó que asomara su rostro de un momento a otro por la puerta. Incluso se descubrió echando de menos su letanía de “ays” y de penas. Sin embargo, los días fueron pasando sin saber más de él, y poco a poco aquel hombre y su ritual fueron cayendo en el olvido.

Aquel día llegaba tarde a abrir la tienda. Iba tan acelerado que tropezó casi hasta caer sobre el cuerpo que yacía sobre el suelo justo delante de la puerta de metal que daba acceso al local. En un primer momento no lo reconoció. Pero cuando descubrió el gastado bastón de madera junto al cuerpo tumbado sobre el suelo, le tomó rápido la mano buscando el pulso. Tan solo pudo confirmar lo que ya a simple vista era evidente.

Entonces descubrió la foto que el hombre sujetaba aún en la mano. Una instantánea descolorida por el tiempo y desgastada por el constante roce de los dedos. En ella, una mujer sonreía distendida mientras servía té a un niño que miraba fijamente a la cámara.

Detrás de ambos, una antigua radio de madera. A su lado, un pequeño bastón permanecía apoyado, solitario y olvidado, contra la pared.

Facebook: Josefa Molina

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2 comentarios

  1. ME GUSTÓ MUCHO EL RELATO. MIRA QUE SI QUE TIENES UNA GRAN IMAGINACIÓN PARA LOS RELATOS. SIEMPRE SORPRENDES Y MANTIENES AL LECTOR EN VILO, EL CUAL DEVORA LEYENDO CON UNA TRAMA BIEN EXPUESTA Y BIEN RELATADA. EN MI OPINIÓN, SABES EXPONER E INVITAS A LA LECTURA. FELICIDADES. RECUERDOS DESDE LONDRES, ANDREA MOLINA

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