Roberto Iglesias – Levantarse e irse

Levantarse e irse

FOTO PARA LEVANTARSE E IRSE

La primera vez fue así:

Percibía que llevaba demasiados meses ingresada allí, no lo soportaba más. Esta misma mañana iba a reunir fuerzas, girarse de lado y en posición fetal aprovechar sus pocas fuerzas para clavar sus huesudas manos en el colchón y reincorporarse en el borde de la cama hasta levantarse, tras aquellos largos meses postrada como una herramienta desvencijada y rota. Lo logró, se puso de pie, se percibió ligera y tambaleante pero aun así, paso a paso, se dirigió firme hasta la puerta de la habitación. La piel de sus pies sonaba igual que un suelo de madera cuando se barre con una escoba áspera. Ni tan siquiera le importaba ir en bata y descalza. Lo había logrado, había dejado atrás ese despojo de anciana languidecente que tanto asco le provocaba por su ralentizada y absurda agonía. Que se joda y se muera ya de una puta vez, pensó con esa rabia tenaz que ella siempre atesoraba tan en secreto. Por última vez, giró la cabeza para observar la cama que había abandonado victoriosamente y se contempló a sí misma irreconocible, esquelética, esculpida por la sádica mano de su enfermedad terminal, atada de pies y manos a la cama. Sus ojos vidriosos volvían a observar la habitación desde el mismo ángulo de siempre, clavados en el umbral vacío de la puerta.

La segunda vez fue así:

Cuando sus esfínteres dejaron de obedecer a su función más básica, varias enfermeras le insertaron sondas por algunos orificios de su cuerpo. La inserción de la sonda nasogástrica y su gesto de rechazo con la cabeza logró transportarla de inmediato a su infancia más remota, cuando ella rechazaba de igual modo la cuchara llena de puré de verdura que su madre se empeñaba en introducir en su boquita apretada. La inserción de la sonda uretral la cogió más desprevenida y su especial escozor la trasladó al momento exacto de su vida en que descubrió que el sexo masculino no sería ya jamás su predilecto, otro secreto a ocultar gracias a una más que justificada soltería y esas amigas siempre complacientes en las vespertinas sesiones de corte y confección caseras.

La última vez fue así:

El ritmo del respirador emitía un sonido mecánico y automático que se asemejaba al estertor de un falso ronquido. Su mirada permanecía atenta a la puerta de la habitación que tantas veces fantaseó que atravesaría para jamás regresar. La consciencia se desvanecía tras una neblinosa sensación de no poseer cuerpo. Cada vez que los párpados se cerraban le asaltaba el pánico de no volver a abrirlos, por eso se negaba a dormir. Aun así parpadeo tras parpadeo, la noche se aproximó envuelta en un silencio pacífico de dejadez y abandono. Prolongó por un instante sus ojos cerrados para reunir fuerzas suficientes como para mantener por más tiempo la mirada, como siempre inmóvil, en el umbral de la puerta donde la luz de seguridad proyectaba su tenue halo blanquecino. La fuerza vital la iba abandonando como destilada por un sumidero oculto en un gotear infinito. Parpadeó y al abrir los ojos de nuevo, él estaba allí, joven y apuesto, en su juventud, tal como siempre lo recordaba desde que había muerto hacía casi un lustro. No hubo sorpresa alguna, simplemente estaba allí apoyado con aquella seriedad propia con la que distinguía su sonrisa. La mano de ella, en un esfuerzo titánico, levitó varios centímetros sobre la sábana de la cama en un gesto de alcanzar lo distante. Era él, ¿cómo olvidar a un hermano? Tendió su mano como invitándola a coger la suya. A la mañana siguiente, las auxiliares de enfermería embolsaban a la anciana recogiendo primero la mano derecha que colgaba fuera de la cama.

Facebook: Roberto Iglesias 

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