Sasa Sosa – Ruido de fondo (2ª parte)

Ruido de fondo (2ª parte)

Ruido de fondo 2

El cementerio estaba algo alejado del barrio, como todos los cementerios, en lo alto de una pequeña loma sacudida siempre por un viento que lo hacía frío en cualquier época del año. Cuando bajó del taxi, se cerró la chaqueta hasta el cuello y levantó la mirada hacia el ángel de piedra que daba la bienvenida a los visitantes, inspiró profundamente el aire frío y atravesó la puerta. No eran aún las ocho y media de la mañana, así que el cementerio estaba vacío de vivos pero lleno de muertos. Nunca se sintió tan sereno como cuando estuvo en medio de aquella multitud y eso le reconfortaba. Cuando el hombre silencioso salió del cementerio eran ya las doce del mediodía y la vida comenzaba a llenar los pasillos, los bancos, las tumbas y los olvidos.

Al día siguiente, a eso de las siete de la mañana, el hombre silencioso se levantó fresco, vigoroso, con la sensación de haber encontrado un lugar, un espacio vital que podía devolverle el sosiego de su vida en el campo, cuando sólo el ruido de los pájaros, la lluvia y el viento, gozaba de oficialidad. Esta vez compró un pequeño ramo de flores blancas y se adentró, con la seguridad del que busca algo en particular, en el silencioso cementerio. Mientras caminaba, aterido de frío, se detuvo ante la tumba de una mujer que había fallecido a los 40 años, justo la edad que tenía él, y ahí depositó las flores. Durante largo rato el hombre silencioso mantuvo una conversación con la difunta sobre cosas poco trascendentes de la vida, su trabajo, la familia, el tiempo, los desorbitados gastos funerarios o la causa de su muerte. Satisfecho, dejó una pequeña nota de agradecimiento para la familia pegada a la losa y se marchó de allí más fuerte, más alto, más seguro, más inmune y más feliz.

Día tras día, el hombre silencioso visitaba el cementerio y día tras día depositaba unas flores en una tumba, conversaba durante buena parte de la mañana con el difunto en particular y dejaba una nota pegada a la lápida para agradecer a la familia la posibilidad de disfrutar de tan agradable encuentro. Un día le tocó el turno a un niño muerto a la edad de tres años. Consciente de que su conversación no interesaría al chiquillo, el hombre silencioso se sentó en el banco que había frente a la tumba y cantó una canción que su madre le cantaba cuando era pequeño y vivir sólo requería estar vivo. Cuentan por ahí que en el cementerio se oyó una melodía tan triste que todos los muertos lloraron y por los pasillos corrió el río salado de la añoranza.

Satisfecho con esta rutina, la vida del hombre silencioso se llenó de nombres, de fechas de nacimiento, de defunciones, se llenó de gente. Pero como no era un notario sino un conversador, quiso ir más allá y empezó a investigar sobre la vida de los difuntos para que las conversaciones tuviesen más sentido y fuesen más suculentas, de manera que anotaba cuál había sido la profesión del difunto, la causa de su muerte, si había tenido parejas, hijos, toda la información que podía recabar; Ignacio, fallecido a los 37 años, era auxiliar de enfermería y tenía una niña de 5 años cuando murió de un cáncer de pulmón; Fernanda, que había muerto en un accidente de tráfico cuando tenía 47, abandonó sus estudios universitarios y formó una banda de rock con la que se mal-ganaba la vida. Isabel, Concejala de urbanismo, había muerto de un infarto en un pleno del Ayuntamiento, con lo que aún seguía pensando en cuestiones relativas a la organización del territorio y su cháchara era un tanto repetitiva. Entre una conversación y otra, el hombre silencioso llegó a conocer a buena parte de los vecinos de esa particular comunidad, que, por lo demás, no dejaba nunca de crecer. La vida tenía ahora un objetivo claro y era tal la sensación de dicha que un día llegó a esconderse del guarda para pasar la noche en el cementerio, pero descubrió que a esas horas se llenaba de ruido, porque las lápidas crujían como si los fallecidos se fueran a dormir todos con un portazo. Le sorprendió lo alborotadores que podían ser los que duermen el descanso eterno, así que decidió recuperar la rutina de su horario de mañana.

Los fines de semana el hombre silencioso se quedaba en casa porque son días en los que los vivos se acuerdan de los muertos y el silencio se rompe con sollozos, carreras de chiquillos, conversaciones vivo-vivo y gritos de histeria. Esos días, el hombre silencioso compraba todos los periódicos y recorría las esquelas como queriendo establecer un primer contacto con el extinto antes de atreverse a visitarlo personalmente. En esa tarea andaba cuando, en uno de esos periódicos, descubrió una noticia que lo dejó perplejo; por lo visto algún desalmado se había dedicado a llenar las tumbas del cementerio de notas dirigidas a las familias de los difuntos, con el consiguiente desagrado de los familiares, que consideran una falta de respeto inadmisible que se juegue con la memoria de sus muertos. La policía investigará el caso, para lo que iniciará una vigilancia intensiva del susodicho camposanto. Leyó y releyó el artículo sin mediar palabra consigo mismo, sorprendido de que fuera él el causante de semejante delito, él, que nunca había dejado de dar su aportación al cepillo de la Iglesia por miedo a represalias, divinas y humanas, que el sacerdote del pueblo podía ser muy persuasivo con el alcance de sus penitencias. Sintiendo que estaba a punto de perder aquello que daba sentido a su vida, algo así como un hogar, el único sitio donde se sentía verdaderamente seguro y arropado, el hombre silencioso se abandonó a un llanto inconsolable, profundo y silencioso que le duraría el resto de su vida.

Conocida la noticia, a aquel cementerio ya no podía volver, así que decidió que lo más lógico sería visitar uno distinto, donde ni los vivos ni los muertos supieran de su existencia. Y así comenzó una gira por los camposantos de las ciudades vecinas, cogiendo taxis, guaguas, viajando durante horas para poder conversar con los que hasta ahora habían demostrado no tener deseo alguno de delatarle ni combatirle. De modo que los cementerios de cientos de kilómetros a la redonda se llenaron de notitas que adornaban las lápidas, como pequeñas mariposas blancas que se mecían con el viento y daban un inusual toque de fiesta al lugar.

A medida que el hombre silencioso conquistaba más territorio, se extendía también su fama y las fotos de cementerios llenos de notas blancas inundaban las redes sociales y los informativos. Todo el mundo se preguntaba si sería un loco o solo un solitario muy imaginativo. El caso es que, uno de esos días, cuando estaba a punto de pegar la tercera nota en el cementerio, escuchó que desde distintos pasillos se acercaban varias personas. Rápida y silenciosamente, como una sombra o una rata, los esquivó y salió de allí sabiendo que no podría volver, al menos en ese estado. Así las cosas, la larga lista de cementerios de su particular gira, que iba a mantenerlo ocupado durante mucho tiempo, quedó terminada en mucho menos del que al hombre silencioso le habría gustado.

A partir de entonces, los cementerios comenzaron a llenarse de curiosos que querían pillar al vándalo de las notas o de románticos que encontraban en ese hecho una suerte de conexión con el alma humana digna de admiración. Unos y otros se acercaban cada día armados con móviles de última generación con la intención de poder inmortalizar un momento único digno de colgarse en la red. Hubo incluso quien encontró notas pegadas a lápidas de cementerios que nuestro hombre no había visitado aún. Los cementerios, de vacíos y silenciosos, quedaron convertidos en centros neurálgicos de no se sabe què cosa, se hacían quedadas masivas en las que sólo se requería que cada uno llevara su propio alcohol y hasta los camellos se habían instalado de manera estable en ellos, estaban llenos de vida. Como suele ocurrir, esto molestó a los vivos más que a los muertos, de modo que la policía se sumó a cuadro tan inverosímil y se dedicó a desalojar con tanto celo, que una mañana echaron de mala manera a un grupo de familiares que salía de un duelo al confundirlos con los rezagados de la fiesta. La situación general era de interés por parte del público y desesperación administrativa. Los cementerios estaban más sucios que nunca, llovían las quejas en los ayuntamientos, todo el mundo, incluida la prensa, hablaba sobre el misterio de las notas del cementerio y, dada la continua afluencia de público, junto a los puestos de flores comenzaron a proliferar otros de comida rápida y artesanías.

Como es lógico, el hombre silencioso no era ajeno a todo esto, porque cada vez le resultaba más difícil encontrar cementerios y una vez encontrados, poder volver a ellos con seguridad. A los dos días, a veces antes, alguien ya había visto alguna nota y comenzaban las persecuciones móvil en mano. Al final ya no pudo siquiera plantar la primera nota, porque todos los cementerios habían sido sitiados por un ejército de incansables voluntarios que no parecían tener nada mejor que hacer en la vida.

Así fue como el hombre silencioso se vio sitiado en el bullicioso exterior y, desahuciado de su vocación, no le quedó más remedio que volver al encierro de su apartamento. Esa inesperada vuelta a los orígenes acabó definitivamente con su motivación vital porque ahora, además de silencio, buscaba la sensación de compañía que le había proporcionado su aventura con los fallecidos. Marchito, apagado y triste, dejó que la vida se le consumiera sin oponer ninguna resistencia. Desde ese día no volvió a trabajar y, como ni su trabajo ni su naturaleza le habían permitido hacer ningún amigo, perdió la cuenta de los días, de las noches, de la vida, en la que ya no encontraba ningún refugio para descansar. Dejó de salir de casa y se alimentaba apenas de unas migajas, porque con una migaja tenía para ese cuerpo esmirriado que parecía a punto de abandonarse a la voluntad de la gravedad. Su vida transcurría tumbado en el sofá, con los ojos sellados, los oídos clausurados, el alma tapiada y la funesta certeza de haber perdido para siempre la oportunidad de ser feliz. Ajeno a cualquier voluntad, se mantenía vivo sólo porque su organismo así lo había decidido a pesar de la ausencia de toda intención pero, curiosamente, al mismo tiempo que su interés por la vida se debilitaba, se desarrollaba también en él tal grado de agudeza auditiva que era capaz de escuchar con nitidez cuándo el vecino del edificio contiguo había olvidado tirar de la cadena.

Uno de esos días, cualquiera puede valer porque eran todos iguales, sentado en su sillón en medio de una habitación pelada y oscura, el hombre silencioso miró a su alrededor y se vio también a sí mismo desde fuera; se vio, pero no se reconoció. –Ese no puedo ser yo– se dijo a sí mismo, pero se lo dijo bien alto, tanto que hasta le salió por la boca sin querer. Esa noche se fue a dormir temprano y tan abatido que hasta sus pasos en la mullida moqueta empezaban a retumbar en sus oídos como el sonido ronco de un movimiento de tierra. Tumbado en la cama cerró los ojos en un intento de aislarse de todo, de él sobre todo, pero seguía oyendo ese terrible ruido, la calle, la gente, los coches, la música, las pitas, la vida. Ruido, ruido, mucho ruido. En un intento de escapar de él decidió concentrarse en su propia respiración, pero a fuerza de tanta concentración consiguió que cada sístole fuera una tortura y cada diástole un tormento. Lógicamente, a medida que el hombre silencioso se iba haciendo consciente del problema se ponía más nervioso, lo que aumentaba su ritmo cardíaco y los decibelios de lo que empezaba a concebir como su particular marcha fúnebre. Aturdido, la idea del silencio absoluto anidó en su cabeza y ahí empezó a crecer, a ramificarse rápidamente, hasta que supo que ya nunca se libraría de ella. Cerró la ventana del baño, la única que quedaba abierta, pero no huyendo del ruido sino del oxígeno. Abrió la llave del gas, cogió un libro que había releído ya tres veces y se tumbó en la cama a no leer mientras esperaba con calma la llegada de ese silencio tan tranquilizador que, ahora ya lo sabe, no existe de este lado.

El hombre silencioso se quedó allí, en su silencio absoluto, abandonado al disfrute de su conquista, descansando. Hasta que, alarmados por el olor a gas, los vecinos alertaron a la policía que, junto con la ambulancia y los bomberos, llegaron arrasando el silencio con sus sirenas, sus gritos, sus llamadas insistentes a la puerta, sus derribos, sus máscaras de oxígeno, sus camillas y sus camilleros, pero nada logró perturbar el descanso del hombre silencioso, nada inmutó su sonrisa tranquila. En medio del ruido ensordecedor de tanto trajín, el hombre silencioso descansa. Descanse en paz…y en silencio. Tal vez alguien hable con él en el cementerio.

Facebook: Sasa Sosa 

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Un comentario

  1. Inframundos……..unos dicen..que alguien recicla cuerpos humanos. .hasta..que este humano….no ..se disuelva..en luz. …incluso hay ciertos en que su alimento es tan solo luz. …

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