Sasa Sosa- Los disfraces de Celia (desenlace)

Los disfraces de Celia 

Los disfraces de Celia (desenlace)

Parte seis

En las últimas semanas la vida se había convertido en un auténtico caos. Alberto tenía la sensación de que Celia sufría algún tipo de desequilibrio mental, tal vez una depresión a consecuencia de los años en paro la hacían comportarse de un modo tan extraño. Se había convertido en una persona inestable, completamente imprevisible; unos días parecía amable, otros era imposible hablar con ella y otros era insolente o arrogante. Incapaz de comprender a su esposa, y puesto que Celia no parecía dispuesta a contarle nada, decidió investigar por su cuenta qué era lo que ocurría.

Volvió a casa más temprano de lo habitual sabiendo que Celia estaría en ese momento en su clase de pilates, así que disponía de casi dos horas para buscar por la casa alguna explicación a tan extraño comportamiento. Se sentía como un ladrón en su propia casa, revolviendo cajones, levantando colchones, abriendo roperos y rebuscando en todos los rincones. Cuando estaba a punto de darse por vencido recordó el cajón “secreto” del el buró del salón y lo abrió. Encontró una bolsa de papel y al abrirla descubrió unos papelitos escritos. A medida que los leía, se le venían a la cabeza las imágenes vividas en las últimas semanas: vio a la Celia sumisa, a la Celia arrogante, a la distraída, a la grosera, a la Celia inteligente….Una tras otra vio desfilar a todas las mujeres con las que había vivido los tormentos y las alegrías de esos días, y entonces, como en un puzle, las piezas encajaron y lo comprendió todo. -Dios mío, así que era eso- se dijo sin poder creer aún que su mujer hubiera sido capaz de someterle a semejante tormento movida por no se sabe qué motivo.

La rapidez con que su cabeza se puso a funcionar sorprendió al propio Alberto que, llevado por una mezcla de horror, deseo de venganza y rencor, tardó apenas unos minutos en urdir un plan que serviría a Celia de castigo al tiempo que le proporcionaría a él enormes satisfacciones. Sacó de la bolsa todos los papelitos, cogió un folio en blanco  y empezó a escribir, imitando la letra de Celia, los calificativos que más le convenían: erótica, interesante, entregada, caliente, curiosamente todos tenían alguna connotación sexual…….¡vendetta!  Metió los nuevos papelitos en la bolsa, volvió a colocarla en el buró y abandonó la casa con una alegría y vitalidad que sólo recordaba en la adolescencia, cuando vivir sólo comprometía la satisfacción personal más inmediata.

Parte siete

Antes de regresar a casa, Alberto hizo algunas compras. En una tienda gourmet cercana compró una botella de vino, magret de pato y jamón ibérico. Luego paró en la farmacia y compró una caja grande de preservativos y lubricante con sabor a fresa. Un ramo de rosas rojas completaba el aparejo necesario para pasar el día. Esta vez era él el que tenía el control, el que sabía de antemano cuál sería el giro de los acontecimientos, de modo que antes incluso de entrar en su casa ya venía portando una incipiente erección.

Al abrir la puerta lo recibió un denso olor a incienso y el disco de Mercan Dede como melodía de fondo. Las cortinas estaban corridas y un camino de velas marcaba el recorrido hasta el dormitorio. Alberto se dejó conducir mientras iba quitándose la chaqueta y desabotonándose la camisa. Cuando llegó al dormitorio se encontró a una Venus recostada en la cama, a una voluptuosa criatura adornada apenas con un ligero y diminuto picardías negro. Hicieron el amor como dos desconocidos, re-conociendo sus cuerpos y sus rincones, averiguándose como la primera vez.

Durante ocho días, el sexo reinó en la casa. Cada vez que Alberto volvía del trabajo volvía en realidad a Pompeya; cada día le esperaba una esposa deseosa, dispuesta, entregada y caliente; cada día hacían y deshacían el amor sin descanso, aunque ya sin el ansia de los primeros días. En sólo ocho días Alberto consiguió satisfacer las fantasías sexuales de toda una vida y algunas más que se le fueron ocurriendo sobre la marcha; de ser un hombre tradicional, clásico y poco atrevido, se transformó, por el poder que le daba la situación, en alguien temerario, descarado y hasta insolente: en un local de intercambio de parejas lo hicieron con tres personas más, le llevó una puta a casa para verla en la cama con ella, la incitó a tener relaciones con un desconocido en el baño de un bar mientras él se masturbaba en el urinario contiguo, organizaron orgías multitudinarias, hicieron tríos y todo aquello que a Alberto le arrancaba una erección. Durante el día, con sus clientes, con su secretaria, con sus colegas, con los vecinos, Alberto continuaba siendo el marido ejemplar, el exitoso odontólogo y el perfecto vecino, pero cuando llegaba a su casa, que curiosamente había vuelto a convertirse en hogar, se transformaba en otro sí mismo, nacido del privilegio que le daba controlar y anticipar los hechos a su antojo. Un Alberto múltiple controlaba ahora a una Celia singular reducida a una hembra, sin más calificativos y sin ningún paliativo.

Pero, al noveno día, cuando Celia metió la mano en la bolsa de los papelitos y sacó uno que volvía a convertirla en Madame Pompadour, una sombra de duda le cruzó por la mente. Algo raro está ocurriendo -pensó. No llegaba a recordar los calificativos que había metido en la bolsa de los papelitos, pero le resultaba extraño que, de repente, todos estuvieran enfocados a una cosa: el sexo.

Empezó a hacer memoria en busca de algún momento en el que hubiera bajado la guardia y Alberto se hubiera dado cuenta de la trama en la que había convertido su vida, hasta que recordó que hacía exactamente ocho días, a la vuelta de su clase de pilates, había notado en la casa un orden distinto. La casa seguía recogida, pero el orden era diferente, como si quien hubiera puesto las cosas en su lugar no hubiera sido ella, como era lo habitual, como si otro alguien hubiera colocado las cosas en un sitio que, aún siendo el sitio de siempre, era otro. No sabía cómo explicarlo, pero sintió que la casa había sido re-colocada con la intención de que ella no pudiera percibirlo. En ese momento no le dio importancia, pero ahora esa sensación tan inexplicable empezaba a tener sentido: alguien había estado en la casa buscando algo y había vuelto a colocar las cosas de modo que ella no se diera cuenta de nada. Y ese alguien no podía ser otro que Alberto. Como en un puzle, todas las piezas empezaron a encajar: Alberto había descubierto su juego y había decidido jugar él también. -No puede ser -dijo Celia en voz alta- él no sería capaz de algo así. Volvió inmediatamente al buró, sacó la bolsa y tiró al suelo los papelitos que aún quedaban dentro. Arrodillada, empezó a leer: voluptuosa, erótica, lasciva y obscena; eran los calificativos que restaban por sacar, las vidas que quedaban por vivir. Celia se quedó perpleja, incapaz de reaccionar ante el descubrimiento de que Alberto la había estado engañando todos estos días. Sintió que se había estado aprovechando vilmente de su cuerpo, que la había violado repetidamente cada día. Una enorme frustración y resentimiento se apoderó de ella -al menos mi objetivo era virtuoso- se decía -yo sólo quería convertirme en escritora y que él se sintiera orgulloso de mí. Pero esto es distinto, es infame, obsceno… Mi propio marido ha utilizado el engaño para aprovecharse de mi de una manera despreciable y mezquina, me ha tratado como a una puta-. Un dolor nuevo ocupó su pecho, un dolor que desplazaba todo lo que había sentido hasta ahora por Alberto, un dolor seco, amargo y ronco.

Incapaz de sobreponerse, Celia se sentó a escribir. Y escribió porque la vida le había puesto la trama en las narices y esta vez había sido capaz de verla. Durante toda la mañana no paró de escribir, no paró de llorar, no paró de pensar y de sufrir, y así se fue vaciando, al tiempo que se llenaba de un deseo de venganza a la altura del engaño. Por primera vez, Celia había encontrado una idea, había surgido la magia de la literatura, que quema pero también cura; ahora tenía lo que tanto había buscado: un argumento. Escribió un cuento en el que una mujer quería ser escritora e inventaba un juego de roles que la obligaba a transformarse cada día. Descubierta por su marido, éste decide también engañarla, obligándola a ofrecerle su cuerpo cada día y a hacer cosas que, de otro modo, ella jamás habría consentido. Al descubrir el engaño, la mujer, incapaz de superar el odio y el rencor, envenena a su marido.

Cuando terminó, era casi la hora del almuerzo, así que se levantó y se puso a preparar la comida: cerdo a la mostaza, el plato preferido de Alberto. Lo preparó con esmero, cuidando, como siempre, cada detalle; dosificando, como nunca, cada uno de los ingredientes. Cocinó sintiéndose terriblemente sola, con nostalgia, añorando aquella vida anodina y desgastada que ahora le parecía tan lejana y ajena, pero el desasosiego y el dolor habían desaparecido de su pecho.

Tres meses después del fallecimiento de Alberto a causa de un inesperado infarto, Celia consiguió que una importante editorial publicara su cuento, lo que le proporcionó enormes éxitos y su reconocimiento como prestigiosa y cotizada escritora. Aparte de algunas reclamaciones a la compañía de la luz, desde entonces no ha vuelto a escribir nada.

-FIN-

Facebook: Sasa Sosa

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9 comentarios

  1. Bueno, bueno, qué inesperado final. Un relato que tiene su correlato en la propia historia. Muy bueno y bien escrito, intrigante, bien ambientado, prosa equilibrada, vamos, un gustazo leerte. Enhorabuena. Un abrazote y prométenos que seguirá habiendo Vendetta…literaria.

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