Josefa Molina- Los Tacones rojos

Los Tacones rojos

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Los veía cada vez que caminaba por la avenida de camino a su casa de vuelta del trabajo. Desde un primer momento, le llamó poderosamente la atención. No entendía qué tenía de especial aquel par de zapatos de tacón de aguja para que le resultara tan tremendamente atractivos. Más cuando ella no era mujer de vestir precisamente zapatos de tacón. Más bien todo lo contrario, siempre usaba zapatos planos, si acaso alguno con un ligero tacón mediano, pero nada excepcional.

Sin embargo, ahí estaban esos tacones. Radiantes, mostrando en todo su esplendor un color rojo fuego tan intenso que ella no podía desistir de admirar.

Durante días pasó delante del escaparate para poder contemplarlos. Esa punta redondeada, ese material tan brillante con el que estaba confeccionado que le recordaba a los zapatos de charol que su madre se empecinaba en calzarle para ir a misa cada domingo a pesar de sus continuas protestas y sus airadas rabietas.

Pero éstos eran diferentes. Unos tacones largos, infinitos, extremadamente finos y altivos, que culminaban en su parte más fina en una escasa tapa de madera negra. Al principio, ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de adquirirlos. ¿Para qué? Si ella no usaba tacones, se decía a sí misma. Pero, a medida que pasaban los días, iba creciendo su admiración hacia aquellos zapatos, un sentimiento que fue creciendo hasta convertirse en una obsesión. Al finalizar su jornada laboral, salía corriendo con el solo fin de permanecer durante largos minutos como una idiota posada frente al escaparate, quieta, sin atreverse a entrar para contemplarlos un poco más cerca.

Se sentía embrujada por ellos. Como si entonaran cantos de sirenas desde el otro lado del escaparate, de forma inaudible para los demás y, sin embargo, con tanta capacidad de seducción para ella.

Una mañana se lo comentó casi de pasada a su marido, que comenzó a refunfuñar por lo bajo con un para qué quieres más zapatos, la zapatera está a reventar y ¿tú vas a comprarte otros?, y además, de tacón, ¡pero si no los va a usar! Y aunque estaba molesta por la forma tan ligera con la que él despachó su comentario, era consciente de que no le faltaba algo de razón. A pesar de ello, la ofuscación por aquellos tacones iba creciendo, tanto que una madrugada se despertó sobresaltada y sudando al soñar que ya no estaban en el escaparate. Pero allí estaban al día siguiente. Y al otro y al otro.

Una tarde decidió que ya estaba bien, que al menos podía verlos de cerca, tocarlos, acariciarlos, olerlos. Tímidamente entró en la tienda, ante la sonrisa pícara de la dependienta, quien ya había advertido el devenir contemplativo de la mujer hacia los tacones.

–Me preguntaba cuándo iba a entrar, le dijo cuando le pidió probarse los zapatos rojos de tacón de aguja.

–Ah, sí, bueno….es que no me decidía a probármelos, se disculpó con rubor.

La muchacha abrió un estuche negro aterciopelado y le tendió el zapato del pie derecho. Lo tomó suavemente en sus manos y se lo puso. Entonces, una sensación de placer recorrió su cuerpo. Fue como si los dedos de su pie derecho hubieran sido recubiertos por cientos de capas de suaves nubes de azúcar.

La dependienta le acercó el zapato izquierdo que tomó con la delicadeza de quien sujeta un objeto único en el mundo. Cuando se lo calzó, la sensación de placer se hizo tan intensa que casi dudó ponerse en pie no fuera a romperse la magia de sentir cómo miles de bolitas de algodón acariciaban dulcemente sus machacadas extremidades inferiores.

Cuando por fin dio sus primeros pasos, el mundo a su alrededor se desdibujó completamente. Todas las sensaciones de su cuerpo se hicieron una en sus pies. Se miró en un espejo de la tienda. Aquella mujer, ¿era ella? Pero si era más alta, más esbelta, más….¡más hermosa! Caminar sobre aquellos tacones rojos de aguja no sólo resultaba dulcemente cómodo, sino que la transformaba en una mujer más elegante, más atractiva, más sexy.

– Con un traje ceñido negro y un bolsito mono a juego será la reina de la noche, le susurró la dependienta. Pero ella ya no escuchaba, extasiada como estaba en la imagen de sublime belleza que le devolvía el espejo- ¿Los coloco de nuevo en su estuche?, continuó la chica que no entendía por qué aquella mujer le parecía ahora mucho más hermosa que antes.

–No, monada. Me los llevo puestos, le dijo extendiéndole la tarjeta de crédito sin importarle el desorbitado precio de aquel par de zapatos.

Al pisar la calle, comenzó a caminaba sin prisas, recreándose en el efecto que causaba en los demás. Le divertía percibir la envidiosa admiración de las mujeres que la observaban como abejas atraídas por las flores pero, sobre todo, le fascinaba y excitaba el poder sexual que sentía destilar por todos y cada uno de los poros de su piel, y que hacía de los hombres lascivos mirones deseosos de poseer sus caderas.

Le encantaba esa sensación de poder. No en vano, unos zapatos así sólo los pueden calzar las mujeres más deslumbrantes del planeta. Y ella era una de ellas.

También su marido respondió al llamamiento silencioso de las feromonas en ebullición y lejos de censurar la compra de los tacones, se le acercó encandilado, buscándola como un insecto que se acerca al fuego atraído por su calor, inconsciente de que, en un solo instante, puede morir abrasado.

Desde ese día, cada vez que quiere sentirse poderosa, radiante, única, se calza los tacones de aguja rojos y, arrogante, se deja admirar y desear, sabedora de que, desde ese mismo instante, el mundo entero caerá rendido a sus pies.

Facebook: Josefa Molina

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6 comentarios

  1. Unos zapatos no pueden cambiar a una persona, a no ser que la persona se sienta por un día especial por llevar esos zapatos,lo importante es tener el alma bella, aunque te pongas el zapato más viejo que tengas,te sentirás segura en tu caminar….

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    • Por supuesto, María José. Lo importante es estar segur@ de un@ mismo, entonces, cualquier cosa exterior, sobra. Pero, para nuestra protagonista, el hecho de calzarse esos tacones hace que se sienta tan especial que hace que todo cambie a su alrededor.

      Muchas gracias por tu participación¡

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  2. Me encantó tu relato Josefa. Estoy de acuerdo contigo, a mi me pasa, yo soy de baja estatura y siempre usé zapatos de tacón alto y sentía que todo lo que vestía me quedaba mejor. Y ahora que no puedo porque me molestan siento que nada me queda y eso es así. En estos días, mi hija Alejandra me dice que pruebe a ponerme unos zapatos de tacón corrido y que a lo mejor no me iban a molestar, me los puse y la sensación de esbeltez fue inmensa, me sentí atractiva y por supuesto con la seguridad que siempre he tenido. Creo que a todas nos pasa, no basta estar segura, tener valores, siempre prevalece tu ser femenino y hay cosas que te marcan, no a todas pero, por supuesto, a cada persona con su Ser. Pero te aseguro, Josefa, que si yo pudiera ponerme esos zapatos rojos, me los pondría y ni te cuento cómo me sentiría. Definitivamente hay cosas que te hacen irradiar una energía que hace que atraigas o repelas a los que te rodean. En fin, en el caso de la protagonista son los zapatos rojos. Me encanta tu relato .

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    • Muchas gracias, Carmen, por tu comentario y tu sinceridad¡¡ Desde luego que sí: hay complementos -vestidos, unos zapatos, unas gafas, un sombrero …- con las que nos sentimos más cómodos y que, incluso, elevan nuestra autoestima, y eso no es malo para nada. ¿O es que todos no nos hemos cambiado de ropa varias veces para salir simplemente a la calle porque no nos veíamos bien? Evidentemente, somos mucho más que un complemento, cada persona es bastante más de lo viste o calza, aunque eso nos ayude a definirnos. Y, por supuesto, no es una cuestión de sexos: los hombres también quieren sentirse atractivos, y hacen bien. Soy de la opinión de que hay que sentirse bien con una misma porque, cuando lo estás, lo irradias a los demás. Un beso grande, y gracias por animarte a dejar tu comentario y más gracias aún, por leerme.

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