Sasa Sosa- Los disfraces de Celia (4ª y 5ª parte)

Los disfraces de Celia (4ª y 5ª parte)

mujergorda

Parte cuatro

En cuanto Alberto cerró la puerta de la calle Celia se precipitó fuera de la cama, casi corrió hasta donde había escondido la bolsa de los papelitos, porque el enorme camisón de flores se le enredaba entre las piernas y a punto estuvo de perder el equilibrio, metió precipitadamente la mano en la bolsa, sacó uno y leyó con voz temblorosa mientras exhalaba un suspiro de alivio: sumisa.

Durante toda la mañana Celia siguió un ritmo frenético. Limpió toda la casa y preparó la comida preferida de Alberto. Bajó al puesto de flores de la esquina y llenó todas las habitaciones de ramos de margaritas, rosas y petunias, imprimiendo a toda la casa el aroma de la primavera. Colocó el aire acondicionado a 22 grados, la temperatura del despacho de Alberto, y se puso un elegante y sobrio vestido azul de corte largo. Cuando hubo terminado, se colocó en la puerta del salón, miró el reloj para comprobar que Alberto estaba a punto de llegar y respiró satisfecha –todo está perfecto- dijo mientras servía dos copas de Martini, se dirigía a la terraza y se sentaba en el sofá en el que Alberto, el día anterior, había empezado a zozobrar. No había pasado ni un Martini cuando oyó el ruido de la puerta.

Al abrir la puerta lo recibió el olor de un delicioso cerdo a la mostaza, uno de sus platos preferidos. Lejos de alegrarse, Alberto se sintió más desconcertado y temeroso de lo que lo estaba antes de entrar. Atravesó una cocina impoluta, llegó al salón donde estaba preparado un festín digno de un rey y caminó temeroso hacia la terraza, como si tantas buenas impresiones no fueran más que la antesala de un suceso terrible y funesto. Cuando llegó a la terraza se encontró a Celia sentada en el sofá, una Celia que le sonreía con amabilidad y complacencia mientras le tendía una copa de Martini, una Celia elegante que lo esperaba, que lo ansiaba y lo deseaba. A Alberto le costó aún un rato recuperarse de la zozobra inicial y disfrutar del nuevo estado de ánimo de su esposa, pero una vez bajada la guardia, ambos gozaron de una comida espléndida y de una conversación tranquila y rutinaria que a Alberto le produjo una enorme satisfacción, que pasó a una erección decidida y determinante de la que ambos gozaron hasta bien entrada la noche. Los dos durmieron profundamente esa noche.

Al día siguiente, a la vuelta de una jornada productiva, Alberto volvió a casa con la tranquilidad y el sosiego de quien regresa a un hogar. Durante la comida, tras una jovial conversación, dijo:

-Mañana se celebra una convención de odontólogos en la Sala Magna de la Universidad. Luego habrá un cóctel y he pensado que podríamos ir.

-¿Por qué no? Dijo Celia mientras le cogía de la mano –sé lo importante que es para ti mantener buenas relaciones con tus colegas. Hoy mismo me compraré un vestido elegante para la ocasión, no te preocupes, seré muy discreta, amor.

Alberto disfrutó como hacía mucho tiempo que no lo hacía de la compañía de Celia, como si los sucesos de los días anteriores hubieran servido para valorar más las rutinas que antes habían llegado a hastiarle, añorando tímidamente cambios y novedades que ahora temía profundamente.

Pero el día siguiente era un absoluto misterio, solo Celia sabía que todo estaba abocado a cambiar de un modo abrupto, pero ninguno de ellos sabía en qué sentido o dirección.

Parte cinco

Hoy Celia no se sentía con ganas de nada, la expectación y el entusiasmo iniciales habían comenzado a cederle el paso a una especie de agotamiento físico y mental difícil de vencer. Aún así, había tomado la firme determinación de continuar, de no abandonar como lo había hecho hasta entonces con todo lo que empezaba. -Todo esto merecerá la pena -dijo intentando convencerse a sí misma– me convertiré en una gran escritora de la que Alberto podrá sentirse orgulloso, hasta el punto de volver a pasear conmigo por la calle sin importarle el aspecto que tenga-. Se desplazó arrastrando las sandalias hasta la bolsa de los papelitos y, con desgana, sacó uno de ellos: petulante -leyó en voz alta. Inmediatamente pensó en el importante evento al que asistiría hoy con Alberto –todo saldrá bien– pensó mientras una sombra de preocupación le nublaba la alegría que había sentido el día anterior.

Tal y como le había prometido a Alberto, se puso unos leggins, una camiseta verde, bailarinas doradas y se fue de compras en busca de un vestido elegante y discreto. Decidió ir al Corte Inglés porque allí encontraría algo lo suficientemente clásico como para hacerla pasar por una mujer convencional, la que a Alberto quería que fuera. Además, dadas las circunstancias, esos trabajadores serían los únicos capaces de salvar tan complicada situación, -allí el cliente siempre tiene razón, aún cuando sea totalmente evidente que no la tiene- pensó.

Nunca le gustó el Corte Inglés, ni siquiera cuando era el único centro comercial que existía. Todo en él le parecía petulante, plástico y demasiado burgués: el abrumador olor de los perfumes, el siempre extremo aire acondicionado, la actitud tan altiva como complaciente de las empleadas…siempre tuvo la sensación de estar entrando en una película americana de las malas. Al poner el pie en la puerta de entrada la recibió una pared de aire frío que le produjo un violento ataque de estornudos que a punto estuvo de mandarla al suelo. Se le pasó justo cuando una empleada estaba a punto de llegar en su auxilio -por muy poco- pensó. Subió por las escaleras mecánicas hasta la planta de señoras y mecánicamente se dirigió al primer perchero que encontró. Antes de salir de casa, el sí misma que le había tocado en suerte ese día había tenido la precaución de tomarse un Martini y dos gin-tonics para librarse del recato que era natural en su manera de ser. Armada de esta guisa se sintió tan dentro de esa otra realidad que olvidó por completo a la otra sí misma que observaba siempre del otro lado. Una dependienta de unos cincuenta años, con una escasa melena cardada en difícil equilibrio, se acercó a ella y amablemente le dijo:

-Buenos días, señora, ¿Puedo ayudarla en algo?

Celia la miró de arriba abajo con un desdén evidente y aún se demoró unos momentos en responder:

-De momento, no me importune usted con el hostigamiento habitual en esta empresa. Quiero ver si tienen algo que merezca la pena entre tanta marca absurda.

La pobre dependienta recogió el guante y lo guardó, se tragó el asco que le producía tanto el aspecto como la actitud de la clienta y se retiró silenciosamente dando unos pasos hacia atrás al tiempo que que decía:

-Si puedo ayudarla en algo estaré aquí mismo, señora.

Celia continuó moviendo las perchas como quien pasa las hojas de un libro tedioso, pero no encontró nada que pudiera convertirla en la mujer que Alberto necesitaba, en cambio se compró una chaqueta de un añil rabioso que tenía pensado conjuntar con sus mallas plateadas.

Siguió navegando en el mar de perchas hasta que se detuvo en una boutique especializada en vestidos de noche y ahí echó el ancla. Por suerte, encontró un vestido verde por debajo de la rodilla con un escote en uve que le pareció apropiado para la ocasión, pero ninguna dependienta se le había materializado aún, como suelen hacerlo, por sorpresa y como salidas de entre las perchas. Celia miró a su alrededor empezando a impacientarse, hasta que cruzó la mirada con una joven dependienta que acaba de salir de los probadores.

-Buenos días señora, ¿En qué puedo ayudarla?

-Hace ya unos minutos que necesitaba ayuda, querida -respondió Celia en un tono arrogante y altanero.

-Discúlpeme, señora, pero estaba en los probadores. ¿Busca una talla en particular?

-Bueno, puesto que tengo un cuerpo en particular, es justo que la talla se ajuste a él, ¿no te parece?

La dependienta sonrió sin ganas y cogió el vestido que Celia le tendía con el brazo en alto, de manera que tuvo que ponerse de puntillas para poder cogerlo.

-¿Sabe usted que talla lleva, señora?

-Escucha, jovencita, si la supiera no te necesitaría, así que demuestra que vales para este trabajo y tráeme uno que se me ajuste bien.

La dependienta salió despedida hacia no se sabe donde y, en menos de dos minutos, ya estaba junto a Celia con dos vestidos en la mano. Celia tomó uno de ellos, lo cogió con las dos manos para comprobar su amplitud y mirando despectivamente a la dependienta, dijo:

-Mira, niña, no he venido aquí para que me insulte una mocosa recién salida del Instituto, ¿Acaso crees que soy una vaca? Puede que me sobren algunos kilos, pero aún conservo

una elegante figura que supera en belleza a los fideos enfermizos que los medios de comunicación pretenden imponer como modelo femenino. Haz el favor de volver por donde has venido y tráeme un vestido de mi talla, cualquiera con un mínimo de inteligencia vería que éste es demasiado ancho.

La dependienta se quedó paralizada sin saber qué hacer, dudando entre salir corriendo a la calle para no volver, llamar al jefe de planta o hacer lo que le pedía aquella clienta tan impertinente y presuntuosa. Finalmente decidió conservar el puesto de trabajo y fue hacia el almacén en busca de un vestido más pequeño. En un minuto se había materializado junto a Celia. Esta vez le tendió el vestido con un gesto temeroso y asustadizo, bajando la mirada para no encontrarse con los ojos despectivos de aquella extravagante mujer. Celia tiró del vestido con tanta violencia que atrajo hacia sí a una dependienta totalmente desprevenida que perdió el equilibrio cayendo sobre ella, quien a su vez se agarró al perchero sin poder evitar desestabilizarse y caer al suelo de madera en medio de un brutal estruendo, llevándose consigo todos los percheros que la rodeaban. La dependienta, vapuleada por una Celia histérica y con los ojos a punto de salirse de las órbitas intentó, sin éxito, levantarla del suelo. Inmediatamente llegaron otras dependientas, el jefe de planta y un puñado de clientas. Todos a una consiguieron devolver a Celia a la posición bípeda. Todos a una la miraban con una mezcla de espanto y conmiseración, todos menos la dependienta, que, en estado de shock, era trasladada por dos compañeras hasta una silla en la que la abanicaban y una recién llegada le llevaba una infusión a los labios.

Una vez en pie, Celia se colocó la ropa, aspiró profundamente y se dirigió, de modo petulante, al jefe de planta:

-Escuche, jovencito. No estoy dispuesta a soportar ni una vejación más por parte de empleados tan incompetentes y poco resolutivos. No obstante, no tomaré ninguna medida contra esa pobre chiquilla a la que ustedes, llevados sin duda por una enorme falta de profesionalidad, han dado un puesto para el que no está preparada en absoluto. Renunciaré a presentar una hoja de reclamaciones porque soy una mujer comprensiva, pero me llevaré este vestido, si lo tienen en la talla 54, totalmente gratis en compensación por los agravios sufridos.

El jefe de planta se secó el sudor que le corría por la frente mientras emitía una mueca que pretendía ser una sonrisa, pidió disculpas a Celia con afectación y ordenó a una de sus empleadas que entregara a la clienta inmediatamente el vestido y cualquier otra prenda que deseara. Satisfecha, Celia abandonó la boutique con el vestido verde y dos pañuelos de seda salvaje, seguida con la mirada por todas las dependientas de la planta de señoras y un jefe de planta que sonreía lívido y tembloroso.

Por la tarde, en la Sala Magna de La Universidad, elegantemente vestidos los dos, todo fue bien hasta que Celia entabló conversación con varios compañeros de Alberto, a los que cuestionó desde el estilismo de las auxiliares, por anodino y aburrido, hasta la decoración de las salas de espera -faltas por completo de todo sentido del gusto-. Tal vez sean ustedes excelentes profesionales -les dijo- pero son incapaces de mantener la coherencia necesaria entre capacitación y mercado. Por supuesto, ella disponía de los conocimientos necesarios y estaría dispuesta a brindárselos siempre y cuando ellos demostrasen estar a la altura de sus indicaciones.

Alberto no sabía donde meter la cabeza, no conseguía intercalar palabra alguna en medio del discurso absurdo y petulante de Celia que le permitiera dirigir la conversación por otros derroteros. Celia, sencillamente, se había adueñado de la situación y no estaba dispuesta a dejarlo intervenir.

Poco a poco, alrededor de ellos comenzó a hacerse el vacío, un incómodo espacio que permitió a Celia acabar con todos los canapés de ese lado de la enorme mesa, hasta que, cansada y aburrida, dijo:

-Vámonos a casa, estos estúpidos petulantes no están dispuestos a aceptar ninguna sugerencia.

Ante la idea de marcharse, Alberto casi se sintió aliviado, pero antes de abandonar la sala, a todos aquellos que pudieron escucharla les dijo:

– Sepan ustedes que este tipo de reuniones son únicamente una excusa absurda para que, movidos por su engreimiento, una panda de vulgares y mediocres dentistas se crean importantes. Sacar muelas -muy señores míos- no es un acto indigno, pero está muy lejos de ser sublime, así que sacúdanse ustedes y sus elegantes señoras toda la gloria, porque no son NADIE, NA-DI-E, dijo señalando las sílabas al tiempo que se abría paso entre los asistentes en medio de un silencio absoluto y tirando a su paso muchas de las copas que estaban sobre la mesa. La seguía un Alberto que se deslizaba arrastrando los pies y pidiendo perdón con la mirada.

Facebook: Sasa Sosa

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