Loli Pérez – La pedida de mano

La pedida de mano

Salté de la cama antes del amanecer. No había pegado ojo en toda la noche y, después de tomar un café bien cargado, me di una ducha para espabilarme del todo. Esa mañana, Martín y papá se encontrarían. Este, de carácter conservador y puritano, me había impuesto como condición para su aprobación que formalizara el compromiso con una pedida de mano a la vieja usanza. No puedo olvidar cómo de violenta y avergonzada me sentí cuando lo llamé para pedírselo.

Me sequé el pelo y me maquillé como si fuera a ir al teatro. En ese momento, oí como fluía el caudal de la cisterna del piso de arriba por la cañería. Vi bajar a los vecinos que, como cada día, salían hacia la tienda de víveres que regentaban en la intersección entre Doña Perfecta y Zaragoza.

Necesitaba estar ocupada y cuando el reloj de cuco hizo sonar sus nueve campanadas, saqué la aspiradora y comencé a limpiar la moqueta. Creo que imprimí un ímpetu poco habitual; pero, la inquietud no cedía por más que tratara de pasar el plumero o fregara las ventanas. Al menos, pensé, la casa estaría limpia para cuando llegaran. Me eché un vistazo al pasar delante del espejo. Bien. Me pondré el vestido rosa que traje de mi viaje a Tailandia.

El cuco daba las doce cuando sonó el timbre de la puerta. Un muchacho barbilampiño con uniforme de mensajería me tendió un sobre y, sin esperar, dio media vuelta bajando por la escalera. Extrañada leí.

Cuando leas esta nota ya estaré lejos. Tomé un avión ayer en la tarde. Me han ofrecido un puesto de director en la sucursal de Filipinas. Perdóname. No estoy preparado para el matrimonio”.

Lola May

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