Pepa Marrero – Se armó el belén

Se armó el belén

El musgo lo había cogido en la montaña que está al lado de su casa. Lleva haciendo el portal de belén desde que tiene uso de razón. Recuerda que cuando era pequeña, el belén era enorme. Tenía muchas figuritas y lo hacía con la ayuda de sus padres en la pared del fondo de la sala. El padre ponía unos bloques y unas tablas, y allí encima se formaba la orografía del paisaje. Al fondo, la montaña de arena y detrás de la montaña, los tres reyes magos. El estanque, desde sus ojos envueltos en papel de infancia, era inmenso y realmente los patos iban de un lado a otro haciendo ondas en el agua. Era una lata de sardinas vacía, pintada de azul y con agua que caía desde una cascada que bajaba entre los cascajos y los helechos.

Le pasó de todo a los habitantes de aquel pueblo que aparecía cada año en la pared del fondo de la sala. Exactamente detrás de los sillones de escay de color vino. Una tarde, después de la merienda, fue a ver cómo le iba a la gente de aquel pueblo en miniatura y encontró al pescador boca abajo en el rio. Enseguida lo sacó del agua y, afortunadamente, aún respiraba. Cuando trató de ponerlo en pie, un poco más lejos de la orilla, se dio cuenta de que había un pastor con cara de sospechoso. Lo miró tratando de intimidarlo a ver si decía algo, pero se limitó a mantener la mirada fija y desafiante, sin pestañear. Lo cogió con un poco de miedo y lo puso detrás de una montaña rocosa, mirando para el desierto y se quedó más tranquila. No obstante, pensó que algo no olía bien en aquel pueblo.

Otro día que pasó por Belén a recrearse en aquel lugar mágico, cosmopolita y un tanto desorganizado para su gusto, vio las vallas del corral en el suelo y pensó automáticamente en el pastor, pero no, el pastor seguía detrás de la montaña, un poco más cerca del desierto. Probablemente ya se había enterado de que por allí vendrían los reyes cargados de regalos para el niño y después de haberle robado los peces al pescador ya no le importaba seguir delinquiendo. El panadero no pudo haber sido porque estaba donde mismo lo había visto el día anterior, en el horno de barro metiendo y sacando pan. La lavandera tampoco parecía que hubiera levantado la vista de la acequia. Gabriel sí que estaba en actitud desafiante, con los brazos abiertos como diciendo ‘¿qué, pasa algo?’ En ese momento comprendió que había estado fingiendo ser un ángel todos aquellos años. Lo quitó de la cueva y lo metió en el cajón pequeño del mueble de la máquina de coser. Respiró hondo y se fue a hacer los deberes de la escuela.

Al día siguiente, según se despertó, pasó por Belén con la idea de coger a alguien in fraganti, pero estaban todos tranquilos, cada uno en lo suyo. Los reyes habían avanzado y estaban llegando a la falda de la montaña. El pastor ya no miraba al desierto. Debió darse cuenta de que era una estupidez intentar asaltarlos. Ellos eran tres y no tendría nada que hacer. Venían en camellos que se contoneaban con aires de grandeza, como si hubieran sido educados para llevar a la realeza. Junto a cada camello venía un paje que nadie diría que había atravesado el desierto a pie, pues los tres llegaban hablando con sus jefes como si nada.

Por la tarde, después de la merienda, volvió y aquello era un desastre, las gallinas muertas, el pescador boca abajo en el rio, las ovejas también muertas o en muy mal estado, tiradas en el suelo. Solo un camello quedaba de pie. También se había salvado el hombre que estaba escondido detrás de la tunera con el culo al aire, aunque debió haberse llevado un buen susto. Gabriel no pudo ser el autor de aquel desastre. El pastor estaba desorientado en medio del corral y tampoco tenía pinta de haberlo hecho porque tenía cara de asustado y de no entender nada. Por un momento pensó en José, pero pronto descubrió que dentro de la cueva también se había armado un belén. La virgen sentada sobre el buey, la mula panza arriba y san José en la cunita. De repente, le llegó un olor muy desagradable. Vio unas cacas que, por el tamaño, no podían ser del caganer. Al instante sintió el ronroneo de Grinch que se frotaba cariñosamente con sus piernas.

Pepa Marrero

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