FOTO-RELATO Tierras Secas

                  Tierras secas

Tenía fascinación por aquellos lugares agrestes, de tierras cuarteadas, de caminos polvorientos que dejaban marcados cejas, orejas, cuellos y cabezas resecas y sudorosas; senderos  bordeados de promontorios xerófilos que no se cansaba de mirar a través de la ventana de la camioneta de su padre. Durante el viaje dibujaba mentalmente diferentes formas sugeridas por  el paisaje: cuevas, altares, figuras humanas, verdaderas alegorías que la distraían del camino tortuoso atravesado por quebradas, baches y hondonadas, solo transitables en sequía, pues una sola lluvia los convertía en un lodazal putrefacto, por la cantidad de maleza atrapada en el fango.

En más de una ocasión la camioneta quedaba atascada, por lo que había que atravesar la quebrada a pie y ella tenía que ser transportada en los brazos de su padre, o de alguno de los tíos cuando no podía venir el abuelo al encuentro con su arrenquín vieja, agotada, que le acompañó durante su larga época de arriero de recuas por aquellos andurriales plagados de mosquitos y culebras. 

Le invadía el terror atravesar en brazos la quebrada, pero todo cedía en cuanto divisaba desde el alto de la montaña, el poblado, un  pintoresco valle de techos de zinc de las cinco casas de los moradores; al fondo del valle se divisaba la de los abuelos, la única de tejas artesanales y antiguas, separada del resto por altos cujíes y trojas elevadas en las que brillaba el verde de los almácigos de los herbarios caseros; adosado a la pared trasera, el cobertizo que protegía la pila de cueros ya listos para el mercado, y más allá, el corral de chivos cercado por torcidos troncos de algarrobos. Al final se alcanzaban a divisar diminutos puntos rojos del cercado natural de cardonales espinados, buches y bicuyes en flor.

A medida que se  acercaban a La Tierra, el caserío fundado por  los abuelos, una vez pasado el puente sobre el rio Morere, se sentía exultante.  Una alegría contenida al imaginar las tardes en que se sentaría con la abuela en el tosco banco de algarrobo, a la sombra de un viejo y desparramado cují y de un frondoso taparo, tan aparentemente inútil por no dar nada comestible, pero importantísimo en la vida cotidiana, pues de su fruto se fabricaban las totumas para tomar el agua reposada de las tinajas y los cuencos curados en forma de peras, utilizados para  fermentar leche y elaborar el suero que acompañaba  todas las comidas de todos los días.

Vuelva a contarme ¿por qué decidieron dejar su vida en Los Algodones, abuela? Nos fuimos buscado agua, una majada con agua. Fue un arrojo muy duro, fueron muchos los días que pasamos en flores, o más bien una huida porque toda nuestra vida estaba hecha allí; era una aldea grande, de muchas familias que se habían asentado porque había abundante cría de chivos y era un camino más expreso para la recua de los fleteros que llevaban los cueros al Zulia que, según se decía en aquellos tiempos, había mucha plata corriendo por las calles. Yo no me acuerdo claramente de mi taita porque lo dejé de ver estando todavía a media cría, pero lo que me contaba mi mamá era que un día él se fue con otros arrieros y nunca más regresó. Decían que se había quedado en las petroleras. Así, así, nos fuimos quedando las mujeres, íngrimas y con un solo apellido.

Niria Suárez

2 comentarios

  1. Siempre es preciosa la prosa de Niria Suárez, aunque en este caso hay unas 15 palabras que resultan crípticas. Me da la impresión que, más que un relato, es el fragmento de una novela, porque hay demasiado contenido para un relato breve. Mis felicitaciones por tu prosa.

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