TE RECOMENDAMOS…En memoria de Armando Rojas Guardia

Por mandato del Amor

En memoria de Armando Rojas Guardia

 

Existe, frente a la costa del desierto del Sáhara, una pequeña isla llamada Gran Canaria. Tierra de artistas y, en particular, de poetas, sus calles acogen los nombres de éstos últimos. Tomás Morales, Saulo Torón, Eugenio y Manuel Padorno, Bartolomé Cairasco, Agustín Millares Sall, José de Vieira y Clavijo, Domingo Rivero, Luis Doreste Silva, pueblan la capital grancanaria y los más recónditos rincones de esta ínsula mágica en la que, por suerte del destino, nos ha tocado vivir. Un lugar que ensalza a sus artistas y desdeña los nombres militares, es, sin duda, un rincón de la Tierra donde nuestro amado Armando Rojas Guardia se hubiera sentido a gusto.

Armando Rojas

En esta ínsula, que vio partir a tantos canarios rumbo a Venezuela, al menos cuatro almas, lloran la partida de nuestro querido Armando. Lo recordamos con gratitud, con dulzura, con ese amor que él supo sembrar en cada uno de nosotros. Son experiencias múltiples, caleidoscópicas y únicas.

Escribimos aquí, en memoria de Armando y plenos de sus enseñanzas, Yubi Cisneros Mussa, Marlenis Castellanos, Martín Abreu y Ángela Molina.

Herida de poeta

“quien sabe del dolor, ya lo sabe todo”

Dante

 

“El Ethos de nuestra padeciente Venezuela -escribe Martín Abreu junto a su esposa, Marlenis Castellanos-   ha sufrido en estos días otra más de nuestras pérdidas profundas, se nos ha muerto un poeta, un poeta “nacido de sus entrañas”, como diría Violeta Parra: nuestro amado Armando Rojas Guardia, irreprochablemente venezolano, poeta hasta su pulpa”.

Cuando Martín y Marlenis se refieren a Armando con ese posesivo “nuestro”, es porque, definitivamente, así lo concebimos todos cuantos le conocimos.

Y continúan, “hombre de una inmensa espiritualidad, escindido en un principio en la dolorosa dicotomía entre su profunda fe cristiana y su autorechazada homosexualidad”. Y, en este punto del discurso, rememoran un poema del maestro:

Olvido involuntario

Yo sé que debo recordar algo que supe,
algún sanguíneo secreto hoy coagulado,
el nombre escuchado en la prehistoria
(alguna confidencia prenatal),
la raíz de mi memoria fisiológica,
la luz del fondo que me alumbró de pronto
y se quedó, como grano de anís, en mi cerebro,
(…)
el instante que me busca a cada hora,
la fecha que me espera y que olvidé.

 

Armando Rojas Guardia

 

Las cuatro heridas

“Yo soy homosexual, soy poeta, soy pobre, soy esquizofrénico”, así de claro y tajante se asumía en voz alta, frente a sus condiscípulos. Pero, para arribar a esta confidencia serena, ya había sufrido mucho. Se tragó como pudo su atracción por el mismo sexo, pasó por hospitales psiquiátricos, fue tratado como un paria por tantos, su familia sufrió lo indecible. Detrás de la camisa raída, de la colilla del cigarrillo, de su noviciado con los jesuitas, de la carga que pudo haber supuesto el encontrarse como único hermano en una familia de cuatro mujeres, más su madre, se tejían los versos del poeta.

“Toda su vida después de la revelación de su camino espiritual fue una lucha por unificar en su experiencia vital, su herida – la herida fundamental que da paso a la poesía en cada ser humano-, la lucha dialéctica dentro de los dictámenes de su eros homosexual y cristiano. La aceptación de su condición como creyente y como homosexual”, escriben Martín Abreu y Marlenis Castellanos.

Su convivencia con Ernesto Cardenal, en el experimento cristiano de Solentiname (Nicaragua), fue seguramente decisiva en su vida. De allí, salió con la convicción de que sus heridas sanarían, de que no era el único. Y Armando necesitaba pertenecer.

 

Permiso para mentir

“En el taller de ensayo que tomé con Armando –recuerda Ángela Molina– estábamos tratando de los diarios. Como siempre, su Ángel de la Guarda, como él mismo se refería a Luisa Helena Calcaño, estaba presente. Recuerdo algunos otros nombres de los talleristas, pero prefiero no escribirlos porque seguro se me escapan otros tantos. Sus caras, en cambio, las tengo presentes y cercanas, el ambiente de La Guayaba de Pascal – que así se llamaba el sitio donde nos reuníamos-. Tanto afecto sólo puede suscitarlo un hombre bueno. Y Armando lo era.”

“En un momento, se planteó la pregunta: algunos compañeros no se ciñeron a la estricta realidad en sus diarios. Habían incluido escenas imaginarias, metáforas, encuentros deseados, pero nunca obtenidos. Esto los preocupaba. En la Guayaba, podíamos sernos muy sinceros. Y así lo fuimos. Detrás de su escritorio desvencijado, Armando escuchaba las dudas de los otros: ¿Debían decir la verdad, estricta?”

“Yo, que generalmente me limito a escuchar, tomar notas y escribir, en aquella ocasión solté una frase suelta, como al descuido, y que Armando reconfortó con una amplia sonrisa: “Si alguna libertad tenemos los poetas, es la de mentir. No hay por qué ceñirse a la verdad en ese mundo.”

 

Trascendemos por mandato del Amor

 

Yubi Cisneros Mussa ha heredado de Armando la serenidad. Al recordar su primer encuentro nos escribe: “Su sobrino Luis Mariano me pasó su teléfono; y le dijo que yo lo llamaría. El día que lo hice, le conté mi interés por la poesía y por su obra. Le dije que quería conocerlo y él de inmediato me invitó a uno de sus talleres.

Desde el primer encuentro me sorprendió su enorme capacidad para escuchar, para conmoverse, ponderar y luego responder de forma sencilla y amable. Armando fue sobre todo un hombre amable.

Fue también un hombre prudente que, sin embargo, callaba pocas veces, especialmente ante la injusticia y el dolor del hermano. Allí donde advertía un atropello procedía a denunciar, porque no toleraba ningún maltrato contra la dignidad de la persona”.

Yubi, trasparente, nos confía: “Armando sonreía con especial ternura cuando me veía llegar con flores para él cada semana. Era un pequeño y muy respetuoso homenaje que nos rendíamos en silencio: la gratitud mutua caracterizó nuestra relación.

Durante el tiempo que pude estar cerca de él, en sus casas en El Marqués y en Los Cedros; y en las aulas de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, tuve el enorme regalo de compartir maravillosas lecturas con un grupo de personas fuera de serie: Leonardo Melero, Alejandro Sebastiani, Denise Márquez, Melba Marrero, Annabel Petit, Héctor Caldera, Damian Lambert, Julieta León, Gabriela Durán y José Gregorio Hernández, entre otros.

Además, durante ese tiempo, tuve la oportunidad de buscar a Armando y de regresarlo a su casa en mi carro. A veces íbamos angustiados debido al tráfico caraqueño, porque la puntualidad, para Armando, era un asunto serio. Casi siempre llegábamos justitos de tiempo, pero de regreso conversábamos de lo divino y de lo humano en un ambiente de profunda intimidad”.

“Armando – recuerda Yubi Cisneros Mussa- conoció el Amor de Dios en la tierra. Aunque sufrió amargamente por motivos diversos, siempre salió adelante gracias al Amor que desde muy joven lo marcó. A lo largo de toda su obra lo reconoce y lo proclama.

En sus últimos días y, ante la posibilidad de saberse frente al trance de dejar esta vida terrena, reiteró y difundió en los medios de comunicación su confianza en Dios y su creencia en la vida eterna.  Tenía plena conciencia de que estamos de paso.

Armando tembló de miedo y emoción, se fue al encuentro del Padre con el corazón abierto, limpio: se fue confiado y en paz.”

E insiste, con nosotros: “De Armando nos quedan sus buenas obras, por ellas lo hemos conocido, por su capacidad de dar amor y de abrazar al pobre en cuerpo y alma. ¿Cuántos huérfanos lo encontramos? A todos nos amó, a todos nos repartió un poco de la gracia del amor fraterno”.

Y como la alegría, además de una virtud cristiana, es sobre todo una manera de enfrentarse a la vida, Yubi nos regala este poema:

 

Todo está soportado por la risa

¿Qué son los siervos de Dios

sino bufones que tocan el corazón

de los hombres llenándolos con el

buen humor del Espíritu?

Francisco de Asís

Todo está soportado por la risa,

la paciencia del humor.

A esta masa selvática de cosas

que hormiguean, al zumbido

de su abejear insomne, a esta mañana

obesa de la luz, a la lujuria

cromática y sonora de este día

amanecido apenas y ya ebrio

de su propio trajín trasnochador,

en fin, a todo el peso

que es el mundo grávido de sí,

solamente la gracia lo sostiene.

 

No hablemos de la historia.

¿Cómo no se disuelve, aniquilada,

la épica sangrante, la fatiga

de volver a empezar, el lunes cierto

que se muerde la cola, victimario

y desayunando su masacre?

 

Yo mismo no entiendo esta constancia

disonante, ruidosa de mi espíritu,

insecto alado que no puede

posarse al fin de una lumbre 

que sin embargo lo convoca.

 

Nadie sabe que la gracia, sólo ella,

sufre el drama letal del universo

y su rutina exacta, establecida

en códigos de orden repetido.

Debajo de la ley flota el humor

que disuelve las cosas, las redime

en una ingravidez, un horizonte donde

se desanuda lo compacto

y lo justo, elevado de potencia,

ya no se reconoce ni se quiere

a sí mismo, monótono y puntual.

Es la misericordia de la risa.

Armando Rojas Guardia

Hasta luego, maestro

 

“Vivió con el afán de romper con los moldes, un ansia irreparable de buscar lo que no se le ha perdido, la nostalgia de algún punto solar del que yo lo único que sé es que no se encuentra acudiendo al horario de los trenes, y sin embargo es la única tierra que tenemos prometida, la Ítaca probable a donde podemos atracar con aires de certeza, la evidencia granular que muy de vez en cuando nos deslumbra, ese imprevisto coágulo de vida que nada tiene que ver con los minutos democráticos del reloj confederado y que es literalmente lo único que importa”, escriben Martín Abreu y Marlenis Castellanos.

“Que te ibas lo supimos muy tarde. Te faltaban apenas siete días para decir adiós. Y, al menos yo –escribe Ángela Molina- no lo presentía. Tan acostumbrada estaba a tu presencia. ¿Te pensaba inmortal? Quizás. Pero seguro, te sabía allí. Pronto, al próximo encuentro. Por eso no me preocupé de no encontrarnos en mi más reciente viaje a Caracas. Tú estabas allí, formabas parte del paisaje y del acervo ciudadano, no podías desaparecer.

Yo te quería, Armando. No más de lo que quise a mis padres, mis hermanos, mis hijos. Te quería como a un ser intangible y vaporoso, como a un ser hecho de nubes y de espuma. Y, escuchándote hablar, supe que no pertenecías a este tiempo”.

“¿Acaso sabes qué almas despobladas dejaste con tu ausencia? ¿Qué voces rotas?

En esta isla, al lado del Sahara, somos cuatro almas -quizás más-. Andamos todos con pasos sigilosos. No nos atrevemos a alzar la voz. Como si tú no nos pertenecieras, pero, sobretodo, como si no te perteneciéramos. Somos cuatro, Armando, y sabes que es más que suficiente. Jamás pudimos alcanzarte, pero nunca hemos estado tan cerca de hacerlo”.

Hasta luego, Maestro.

 

 

Armando Rojas Guardia (Breve reseña biográfica)

Caracas, 8 de septiembre de 1949-9 de julio de 2020

Hijo del poeta caraqueño Pablo Rojas Guardia (1909-1978) y de Mercedes Álvarez Gómez (1919-1973). Durante los primeros siete años de vida vivió en Praga, Haití y Nicaragua como consecuencia de los cargos diplomáticos de su padre. En su juventud vivió en Bogotá, en Friburgo (Suiza) y en Solentiname (Nicaragua), con Ernesto Cardenal. Posteriormente su vida transcurrió entre Caracas y Mérida y estudió con profusión la filosofía.

Su vocación como escritor se inició en su hogar y jugó un papel importante su participación en el Taller Calicanto de Antonia Palacios, la cual se cimentó con su activa participación en la formación del Grupo Tráfico (1981). Desempeñó una amplia labor cultural y docente vinculada con la literatura, y fue una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea, así como un destacado ensayista. El Festival de Poesía de Maracaibo, en su tercera edición, le rindió un homenaje nacional a su obra poética y ensayística; y fue nombrado Miembro Honorario del Movimiento Poético de Maracaibo.

Elegido miembro de la Academia Venezolana de la Lengua en noviembre de 2015. Tomó posesión el 31 de octubre de 2016 con un discurso sobre la marginalidad y el acceso a la centralidad desde la alteridad y las periferias socioculturales y personales mediante una triple perspectiva: filosófica, histórica y literaria.

Entre sus obras destacan Del mismo amor ardiendo (1979), Yo que supe de la vieja herida (1985), Poemas de Quebrada de la Virgen (1985), Hacia la noche viva (1989), Antología poética (1993), La nada vigilante (1994), El esplendor y la espera (2000), Patria y otros poemas (2008), Mapa del desalojo (2014).

Asimismo, Armando Rojas Guardia recibió el Premio de Poesía del Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela, en 1986 y 1996, y el Premio de Ensayo de la Bienal Mariano Picón Salas, en 1997.

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