Juan Francisco Santana – Desgarros

Desgarros

 

Sentí como si una sierra taladrara mi mirada no pudiendo evitar, delante de ti, la punzada que a mí me desolaba y enrojecido, no de ira y sí de la elegida, por no decirte lo que en realidad pensaba, congoja que me asfixiaba. No era mi intención sacarte los colores y sí que tus vuelos continuaras, sin que nada lo impidiera, a pesar de que expiación y franqueza, en ningún momento, mostraras. ¡Qué dolor sentí intentando mirar al olvido! Crúor que recorre mi lacerado cuerpo en momentos de tristeza inenarrables que se quedan, bajo llave, en el cajón de mis más íntimos secretos. Callé, pues así lo quise, a pesar de yo me desnudé ante el aire que me ceñía, ante tu insano proceder, tragándome el mal que me mataba. Nunca he permitido, y lo he logrado, que mi hacer abrazara a Falsedad y sí a la respetuosa Cordura con la que he de confesar, he retozado en playas, desiertos, montes y valles, mares y barrancos siempre llegando al éxtasis tan ansiosamente buscado .

Quise tender, como antaño, un puente, de aquellos que con cuerdas se hicieran, y alejarme por él a llorar, no de pena y sí de impotencia al no expresar lo que pensaba pues si así fuera daño yo te haría y no era, te aseguro, mi intención el desvestirte y traer el daño a colación cuando te hablaba. Decidí no abandonarme a mis penas pues así caería en redes opresoras y no quise ser pescado, por engaño, y sí ser pez que a su libre albedrío se movía.

Me sentí pequeño, por tan sólo un instante, uno tan sólo, cuando nunca así me había sentido, como niño que necesitara de una mano amorosa que le abrazara con mantas de franela, las de mi recuerdo emocionado, evitando así caer por laderas atestadas de tuneras. Vino en mi ayuda la adorada alada, la Victoria de Samotracia, sin su cabeza, para así evitar que, al verme, tan desolado, sus alas, color albo, se rompieran. Esperé y esperé a que me ayudaras a superar lo que a mí me torturaba a pesar de que sabía, no lo dudes, de que tú también estabas afectado por ocultar todo aquello que te hería. Así quedé, a la espera del mensaje que no salió de tus labios, sellados por no hacer daño, lo mismo que sellados se mantuvieron los míos, y yo, en silencio, sólo roto por frases entrecortadas y por una voz que se negaba a silenciarse; te miraba cuando tú no me mirabas, cuando en los momentos más oscuros te encontrabas, queriendo decirte adelante pero mi voz se ahogaba, haciendo un imposible tu escucha. Yo sigo dolorido, con mis ropas desgarradas, en la cueva en la que la luz nunca se puso, esperando que, algún día, la vela del deseo se encienda de improviso.

Sentí, por momentos, que mis alas, esas que siempre bajo mi camiseta me acompañan, se incendiaban para que nunca más te acompañara en tus vuelos sobre la playa en la que nunca retozaban las estrellas marinas y en la que nadaba, en la más absoluta soledad, el oscuro espectro de Tánato. No me pude resistir a acompañar a Leeyo, el primer guerrero, a transitar aquel lugar tan lleno de miseria y abandono y decidí mirar al Sol que, con infinito tacto, no quiso dañar, en aquel amanecer, a mi dolorida mirada.

 

Juan Francisco Santana Domínguez

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5 comentarios

  1. Muy emocionado y agradecido por los atentos comentarios de mis queridísimos amigos Pilar González Navarro, Carmela Linares y Manuel Díaz García. Muchos besos y abrazos y miles de gracias por ser y por estar SIEMPRE.

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