Inma Flores – Sabia decisión

Sabia decisión

Su corazón estaba esa noche deseoso de pasión, de historias nuevas, de dar un giro a su vida…

Había quedado con alguien; era la primera vez en los últimos cinco años.  Desde que conoció a su antigua pareja, un hombre que le doblaba la edad, había cumplido  los años de dos en dos. Así era como se sentía, como si realmente hubiesen pasado  diez años por su vida.

¿Qué fue lo que la despertó? El mirarse un día al espejo, después de haber coincidido con unas amigas de la universidad. Juana y Clara estaban espléndidas, bien vestidas, con ropa de marca y peinado de salón de peluquería.  Ella en cambio llevaba el mismo corte de pelo, recto,  como antaño; sus ropas estaban  pasadas de moda y gastadas; no tenía nada interesante que contar y notaba como sus primeras canas comenzaban a presentarse, envalentonadas, en su sien, sembrando de plata sus cabellos.

Cuando se miró dentro del marco dorado que iluminaba el salón, se entristeció; se sentía inferior a sus antiguas amigas; había dejado pasar el tren. Quedó inmóvil delante de la imagen que el espejo le devolvía,  sin nada que decirse a sí misma. Una lágrima rodó por su mejilla, y comenzó a sentir rabia, mucha rabia… demasiada rabia. Tanta, que  sus facciones cambiaron y se hicieron rígidas, duras, como las de una persona con falta de cordura.

  • ¡No puedo soportarlo más! — se dijo a sí misma—. Demasiados años bajo el yugo de un mísero egoísta. Me prometió felicidad, me prometió un hogar, me prometió… Y hasta ahora solo tengo soledad, tristeza y la cartera vacía, pues por sus celos no me permite ni trabajar.

Esa noche no pudo dormir. La siguiente, tampoco.

En esas largas horas nocturnas en las que la  luna mengua,  la respiración de él junto a su almohada se le  hace insoportable; mientras,  la rigidez de su dolor acartona sus pensamientos;   fue entonces cuando decidió que algo debía cambiar.

A su mente llegó, como si de una pluma transportada por el viento se tratase,  el día en el que le conoció: allí estaba él,  de punta en blanco, el hombre  mejor vestido de toda la sala. Era una fiesta de Navidad, donde había ido con sus compañeros de trabajo; en ella se habían reunido los empleados de varias empresas. Cuando sus miradas coincidieron, apenas llevaba media hora allí; él la invitó a bailar y, halagada, no fue capaz de rechazarle.

Su galán le contó sus penas, sus tristezas, sus sueños… y ella le creyó. Tras esa velada vinieron otras, en las que él le prometió protegerla, construirle su propio castillo… a cambio de que fuese su princesa, su princesa encarcelada en una torre de  cristal; por supuesto, imaginaria, pues la llevó a vivir a un piso de las afueras, su “nidito” de amor, donde había pasado los últimos casi 1.800 días de su triste y agónica existencia.

Él ahora tenía un aspecto más juvenil, pasaba más horas en la oficina, llegaba más tarde a casa. Ella en cambio, tenía un tono grisáceo en el semblante, menos brillante; su  antaño espléndida sonrisa, hoy  aprisionaba sus bien colocados dientes, que tímidos, evitaban  saludar, cosa que hacía cada vez con menos frecuencia. Cada  día se sentía con menos energía…se sentía morir, menos viva…

Esa noche, en concreto, cuando la luna menguaba, ella preparó  la cena; él, como siempre llegó tarde, con olor a otra hembra, el semblante risueño y unas copas de más.

No pudo soportarlo, se sentía morir, morir de nuevo, como ya era habitual en su grisácea vida.

Unos días antes, una vecina, al verla tan triste, le había regalado tres pastillitas de color azul:

  • Te noto demasiado triste, me da que tienes falta de algunas alegrías; tu marido está llegando tan tarde a casa… Aprovecha el fin de semana, verás que lo pasarás bien.— fue lo que le dijo mientras se las colocaba en la misma palma de la mano.

Hoy, se sentía morir, pero no deseaba hacerlo. Fue a la nevera, calentó un poco de leche, le añadió algo de cacao, las tres pastillas bien molidas — él era “duro para tragar”— y algo de azúcar. Removió todo hasta que el contenido del tazón quedó uniforme:

  • Toma cariño, esto te hará dormir mejor. Has debido trabajar muy duro. Fíjate en lo tarde que llegaste — comentó mientras se consolaba pensando en que ella también tenía derecho a ser feliz.

A media noche,  ella le notó un  respirar muy agitado; no pudo soportar su agonía, así que le ayudó, colocando su almohada  sobre su rostro compungido. ¡¡No soportaba verle así!!

Desde ese fatídico día apenas había transcurrido un mes, pero las semanas le parecieron lustros. ¡¡Estaba el deceso ya tan lejano!!

 

Facebook: Inma Flores 

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