Josefa Molina – La niña de azul

La niña de azul

 

Lezcano prostituta

Fuiste la niña de azul, las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti, dónde vas bala perdida, dónde vas triste de ti, dónde vas triste de ti.…tarareaba la canción mientras se volvía a pintar los labios de carmín rojo por segunda vez ese día. No es que fueran muchas. Los fines de semana podía llegar a pintárselos hasta cuatro o cinco veces, según tuviera de ocupada la agenda.

Cuando le daba por ponerse nostálgica no podía evitar que una tibia sonrisa asomara a sus labios. Entonces, su mirada se quedaba perdida en el infinito, mucho más allá del espejo. Últimamente, le pasaba con frecuencia. Comenzaba a sospechar que las crecientes arrugas en la comisura de los labios y las florecientes patas de gallo en sus ojos, tenían algo que ver con aquella sensación tan incómoda de las últimas semanas.

Lo cierto era que no se podía quejar de su vida. Era una mujer libre, independiente, no sujeta a ninguna regla más que su propia voluntad. Nunca pidió nada a nadie, ni nadie le pidió nada a ella. Adoraba su libertad, tomar sus propias decisiones, pensar solo en ella. Lo cierto es que no echaba de menos los compromisos ni contar con los otros. Quizá fuera porque nunca tuvo un compromiso… Las palabras amor y relación les quedaba muy lejos. Para ella, era algo de lo que los demás hablaban entre las sábanas. Incluso alguno de sus clientes le nombró alguna de ellas en alguna ocasión. Pero nunca les creyó. En el fragor de la pasión, las palabras nunca son auténticas. El sexo y la mentira suelen ser íntimos compañeros de viaje. Y eso Lola lo sabía muy bien.

De hecho, lo había aprendido desde muy joven. Desde que decidió que era la única dueña de su vida y de su cuerpo. No entendía qué podían ver de censurable en su conducta quienes formaron algún momento su entorno familiar. Ella disfrutaba con lo que hacía y, lo que hacía, lo hacía porque le daba la real gana. Su carácter independiente y resolutivo nunca tuvo oídos para los demás. Y lo cierto era que, desde que llegó a la ciudad y se instaló en un piso del centro, no tenía de qué quejarse.

Nunca puso su carne a vender al mejor postor en cualquier calle oscura. No era de esas. Su piel costaba dinero. Y su tiempo también. Terminó la carrera de Económicas y el título le sirvió para crear su propia empresa y planificar su futuro según sus propios criterios y deseos. Y realmente, no le iba mal. Tenía una buena cantidad de dinero ahorrada en el banco. Pagaba sus impuestos y cumplía con todo lo que se espera de una buena ciudadana. Así que estaba en paz. Con la sociedad y con ella misma.

Por eso no lograba entender a qué venía aquella mirada que le devolvía el espejo. ¿Nostalgia, de qué?, se preguntaba, cuando su mente se quedaba en blanco. ¿De lo que no he tenido ni nunca deseé tener? ¡Es absurdo! Con un movimiento se quitaba la idea de la cabeza. Sin embargo, sabía que algo le rondaba aunque no lograba averiguar el qué.

Se apoyó sobre su pecho desnudo. Aquel hombre era especialmente tierno con ella. Eso le gustaba aunque lo cierto era que le resultaba un poco aburrido como amante. Eso sí, era limpio y siempre llegaba puntual, a la hora acordada. Se diría que hasta se acicalaba a conciencia para la ocasión. Resultaba agradable y a veces, hasta simpático. Llevaba algo más de año y medio recibiéndolo en su apartamento. Siempre a su hora, siempre atento. Además, prefería no ir directamente al grano. Era como si le gustara pensar que tenía una cita con una novia o algo así. Preparaban algo de cenar, un poco de vino, luego algunas caricias en el sofá antes de terminar en la cama. Una vez le pidió quedarse a dormir. Incluso ofreció pagar más si aceptaba. Pero eso no era el trato. Nada de dormir. Ya había transigido con besarle. No iba a ceder en más aspectos. Se sorprendió al descubrir el destello de dolor en sus ojos y temió perderlo como cliente, pero aceptó y volvió a pedirle una cita para la semana siguiente. Una vez por semana, los jueves a las ocho de la tarde, desde hace algo más de quince meses. Una hora, a veces, hasta hora y media si el diálogo resultaba interesante. Luego, se marchaba, y hasta el próximo jueves.

Pero ese jueves era diferente. Descubrió que no le apetecía que se fuera. Se sentía bien con la cabeza reposando sobre aquel pecho desnudo de hombre. Además, podía tomarse el tiempo que quisiera ya que el cliente de las once le había avisado de que no podía asistir a la cita prevista. En un principio le molestó. Odiaba ese tipo de informalidades. Para ella su trabajo era muy serio. Le requería un gran esfuerzo económico y una considerable inversión de tiempo y dinero en gimnasios y en alimentación. Que la trataran con desprecio no era de su agrado. Que cambiara su cuerpo por dinero no significada otorgar carta blanca a la desconsideración y a la falta de respeto. Aquel cliente ya no volvería a verla. Tachó su número de teléfono de la agenda. Y sin embargo, esa cancelación le habría brindado la curiosa oportunidad de dedicarle más tiempo al cliente previo.

El hombre dudó cuando le invitó a una nueva copa de vino. En algo más de año y medio que visitaba aquel apartamento, la copa era solo una, la preliminar a la cama. Para eso pagaba y eso era lo que recibía. Por eso, la sonrisa de la mujer ofreciéndole otra copa, le pareció extraña. Rompía las reglas y, aunque a veces le gustaba romper las reglas, aquella situación le descolocaba.

Aceptó la copa de vino y, al levantarse para servirla, se dio cuenta de lo que echaba de menos sentir la cabeza de la mujer apoyada en su pecho. Esa muestra de complicidad surgida justo tras el sexo era inusual y, sin embargo, la aceptó sin preguntas… Quiso decirle que no, que dejara la copa, que permaneciera como estaba, pero la mujer ya estaba de pie y se dirigió a la mesa donde esperaba la botella abierta hacía algo más de una hora. Tomó el vaso y la contempló en silencio. Esperaba algún tipo de aclaración, algo que explicara qué hacían en aquella situación. Pero la chica se limitó a mirarle y le sonrió. No, no era lo que esperaba. Se sintió incómodo. Por su mente, pasó rápida la imagen de una araña que hilvanaba una fina tela. Así que se mojó apenas los labios antes de incorporarse del todo para comenzar a vestirse.

Te puedes quedar un poco más, si quieres, le dijo ella con una sonrisa. El no contestó inmediatamente. Se vistió mientras percibía la mirada de la mujer clavaba en cada uno de sus movimientos. Mejor lo dejamos para el próximo jueves, respondió mientras sujetaba el pomo de la puerta y lo hacía girar. Odiaba las improvisaciones. Le causaban una intensa sensación de desequilibrio interno. Cerró la puerta despacio tras de sí.

Lola se quedó mirando la copa de vino que sujetaba en la mano. La dejó sobre la mesa y buscó su agenda. Encontró el número del hombre y lo tachó. No le gustaba que le trataran con desdén. Al día siguiente, pondría un nuevo anuncio en su página web. Necesita nuevas citas. En un sola tarde había perdido dos clientes. 

El futuro no se fabrica con lágrimas, se recordó a sí misma cuando volvió a pintarse los labios de carmín para recibir a la nueva cita. Otra vez era jueves, ocho de la tarde.

 

Facebook: Josefa Molina

Blog josefa molina autora

Pintura de Francisco Lezcano Lezcano 

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