Roberto Iglesias – Primer día en La Caverna

 Primer día en La Caverna

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Señoras y señores, el concierto de esta noche queda cancelado. Sí, será mejor que alguien salga y lo diga pronto. Porque no salgo. Imposible. Sería el principio del fin. Aquí en el camerino todos andan emocionados, pobres idiotas. Esa visión que me persigue, ha vuelto a suceder y es  demasiado real. No, definitivamente cancelamos, diré que me encuentro mal, un brote de ansiedad con toda la tramoya somática bastará. Si hay que vomitar se vomita. No puedo salir me tiembla todo, si me pongo la guitarra encima me desplomo, pesaría toneladas de responsabilidad. Me tiemblan las manos, me pincha la boca del estómago ,siento vértigo. No, no, cancelamos, cancelamos  y ya está. No podría tocar una nota bien con esa visión repetitiva de un  vagabundo barbudo tirado en el suelo, ¿por qué me invade esa imagen? Además si salimos a tocar se desprenderá el pavoroso alud de los acontecimientos: vendrá la fama, el  salir corriendo siempre de los hoteles, de las salas de conciertos, de los fans; vendrá el dinero como una sed eterna que todo lo abrasa ,el lujo, las mansiones, los coches caros, los advenedizos disfrazados de nuevos amigos; vendrán las drogas:  el no saber en qué día vives, las alucinaciones, lucía en el cielo con diamantes; vendrán los conciertos rutinarios, las grabaciones obligadas, los contratos, las desconfianzas, los celos entre amigos; y al final de todo… la ruptura. Cierro los ojos y me tambaleo, tras el oscuro telón de los párpados cerrados, el mendigo  sigue ahí tumbado  con esos pelos largos endemoniados  y esa  barba enorme de  rabino. Por momentos, creo que lo conozco, cuando le miro siento una lástima intensa y profunda que me arrastra como una manga marina  hacia el  abismo oceánico de la tristeza. Horripiladas, un grupo de personas le rodean en círculo atónitas por el estupor de un encuentro insospechado. Entre los huecos, me asomo envuelto por el  picor sarnoso de una curiosidad mórbida. Le miro de nuevo,  se retuerce en el suelo como un gusano, con sus dos manos se presiona la tripa pero la sangre brota con una furia salvaje que se impone sin remedio. Esas melenas, esas gafitas ridículas redondas de alambre. Ahora sé quién es. No salgo a tocar. Imposible. Sería el principio del fin.

Facebook: Roberto Iglesias

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