FOTO-RELATO Gracias a Dios es un adverbio para los ateos

Gracias a Dios es una adverbio para los ateos

manuel bueno martir

 

 

A los quince años conocí por primera vez a un ateo. Yo había sido educado de tal manera que la idea que tenía de un anatemático (adjetivo que utilizaba con frecuencia el cura de mi pueblo) era la de una especie de sátiro con ojos libidinosos y atravesados que derrochaba mala leche y se pasaba el tiempo cagándose en Dios y en la Virgen santísima, o sea imprecando y blasfemando. Por eso el sólo hecho de saberme a su lado me produjo un poco de miedo. Tuve la impresión de estar cometiendo un pecado mortal, de esos que te mandan directamente al infierno, y tardé un rato en mirarlo a la cara.

¿Qué quieres? –preguntó al abrirme la puerta.

-Bueno… es que me gustaría hacerle una entrevista para un trabajo del instituto –respondí con voz nerviosa y casi inaudible.

-¿Un trabajo para el instituto? ¿Y de qué es ese trabajo?

-Sobre la fe. Tengo que entrevistar a varias personas, y el profesor me dijo que hablara también con alguien que no fuera creyente.

-Ah, ya; comprendo. ¿Y quién te dijo que yo no era creyente?

-Me lo dijeron. Si le molesta me voy.

-No, no; no me molesta. Lo que pasa es que me extraña que vengas con un tema tan antiguo, cuando todo el mundo no habla de otra cosa que de la llegada del hombre a la luna.

Fue entonces cuando lo miré.

-Pasa, pasa.

Era un hombre de unos cuarenta años, alto y delgado. Su cara de bonachón nada tenía que ver con la del depravado monstruoso que yo presuponía.

-¿Quieres tomarte algo? ¿Un refresco, un café, agua?

-No, gracias.

El se sirvió un café y encendió un cigarrillo. Luego nos sentamos en el recibidor.

Venga, pregunta, ¿a qué estás esperando?

-Bueno pues…me gustaría que me explicara por qué no cree usted en Dios.

El no se lo pensó mucho para responderme.

– ¿Tú crees verdaderamente que existe un Dios capaz de crear un universo tan inmenso como éste en el que vivimos? ¿No crees que a Dios se lo inventaron los hombres para tener algo a lo que agarrarse? El hombre tiene miedo cuando se siente indefenso. ¿No te parece que es el miedo a la muerte lo que hace que  los hombres recurran a Dios. ¡Dios mío, ayúdame!, ¡Señor, ten piedad de mí! La idea de que hay un Dios les da seguridad para pasar a esa otra vida en la que yo no creo.

-Entonces, según usted, todo acaba cuando nos morimos, ¿no? –interrumpí yo, asombrado por lo que estaba oyendo.

-Por supuesto. ¿Tú has visto lo que le pasa a cualquier animal cuando se muere? Se pudre. Nosotros no tendremos mejor suerte. La única esencia que puede quedar de nosotros es el poquito de abono que suministramos a la tierra. La energía que hará que quizás crezca una planta, o unas florecillas. Y ahora ni eso, porque en el cemento de los nichos no creo que crezca nada.

-No lo comprendo –dije, casi estupefacto.

-Pues que cuando un cadáver se descompone sirve de abono a la tierra y nacen lirios o margaritas, yo qué sé. En ese sentido sí se puede decir que nuestra esencia permanece.

-¿Usted cree eso de verdad?

-Yo y otros muchos.

Me quedé callado un momento, dándole vueltas a la cabeza y sin saber qué preguntar, hasta que arranqué de nuevo.

-Entonces, según usted, ¿quién creó el mundo y los seres humanos?

¿Hay alguien que haya resuelto ese misterio? ¿Cómo es posible que estemos viviendo en un planeta que da vueltas y más vueltas en un cielo infinito? ¿Cómo puede haber billones de estrellas tan grandes o más que la tierra dando vueltas con nosotros? Yo no lo sé, desde luego. Los científicos argumentan que la vida se produjo gracias a la perfecta conjunción de ciertos gases nobles. Pero, como decía mi padre, los gases más nobles que conozco son los que yo me tiro.

Una carcajada un tanto sarcástica acompañó sus últimas palabras. Yo también me reí, pero no sabía porqué. Luego, tragando saliva, le pedí un vaso de agua.

-Sí, hombre, claro. No me extraña que tengas la boca seca. ¿Te habían dicho alguna vez estas cosas?

-No, la verdad.

-¿Y qué?, ¿te sientes mal?

-No. Sólo estoy un poco confuso.

-Pero…¿me entiendes o no me entiendes?

-Sí y no. Tendría que releer las notas que he tomado y pensarlo mejor.

-Claro; me lo supongo. A lo mejor debería recomendarte una lectura para que te ilustres en el tema que estás tratando.

-¿Cuál?

-Es una novelita de Miguel de Unamuno que se titula San Manuel Bueno Mártir. Es la historia de un cura ateo.

-¿Un cura ateo?

-Ajá.

-Pero…¿cómo puede ser?

-Hombre, es una historia ficticia, pero el caso puede darse perfectamente.

-Pero…, si no cree en Dios, ¿en qué o quién cree usted?

-Yo creo en muchísimas cosas. Sobre  todo en la vida, en la naturaleza, en la gente que me rodea, a las que quiero y que me quieren. Creo en el sol que nos da el calor para vivir; en el mar, en la luna, en todo lo que tiene entidad propia y merece ser respetado y admirado. La vida es un don precioso que yo adoro y que hasta ahora me ha tratado bastante bien, gracias a Dios.

Me resultó raro oírle dar gracias a Dios.

-¿Usted no dice que es ateo?

-Sí, ¿por qué?

-Porque acaba de dar gracias a Dios.

-Bueno, eso es una costumbre, una frase hecha que en realidad quiere decir “afortunadamente” o “por suerte”. Lo que ocurre es que uno se pasa toda la vida oyéndolo y al final se te pega.

-Ya. Es verdad que todo el mundo lo dice de manera cotidiana.

Hubo un silencio. Él se levantó nuevamente y se  sirvió una copa de coñac. Yo, no sé cómo, pensé de repente que vivir sin Dios tenía que resultar muy duro. Y se lo pregunté.

-Hombre, yo reconozco que los cristianos viven con más ilusión sus momentos finales pensando en la vida que hay tras la muerte. Pero la verdad es que no me preocupo por eso. Me preocupa más el sufrimiento y me da mucha pena pensar que en cualquier momento, cualquier día no podré disfrutar de todo lo que tengo ahora. La familia, los amigos, el amor, el sexo, la playa, la comida, un asadero con guitarras y voces… en fin. Pero como no me queda más remedio, lo acepto y punto. Y a tomar por el saco.

Me impactaron y me emocionaron las palabras de aquel hombre. Nunca lo he podido olvidar.

Al día siguiente, en el instituto, fui a la biblioteca y busqué la novela de Unamuno.

Dos días después le entregué el trabajo a mi profesor, el cual, a la semana siguiente me felicitó delante de la clase y, en un aparte, me comunicó que, sin embargo, estaba un poco preocupado por el párrafo final de mi composición. Y la leyó:

-“…Me resulta extraño haber sido cristiano durante quince años y que en unas horas, la entrevista con el primer ateo de mi vida y lo que tardé en leer a San Manuel Bueno Mártir, mi noción del mundo y de las cosas diera un giro tan radical”.

Muchas veces he evocado aquellos momentos y aquellos dos personajes tan importantes en mi vida. Dos ateos. Uno real y otro ficticio. El verdadero sufría menos que el literario, quizás porque vivió una época más tolerante. Los dos habían aceptado la misma idea: no hay salvación. Sólo la muerte y la nada.

También recuerdo la cara de mi profesor, que pasó de preocupado a atónito, cuando yo, con cierto retintín, le dije:

-Me parece que usted también debería leerse a Unamuno.

Facebook: Quico Espino

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