Teresa Ojeda – Ya que estamos

Ya que estamos

Eran más de las once de la noche cuando, contrariado, cerré los libros de contabilidad. Suspiré desilusionado; la ferretería no estaba en su mejor momento. Desasosegado, eché un vistazo a la solitaria tienda y apagué las luces. Decidí ir andando hasta casa. No estaba cerca, casi dos kilómetros de distancia, pero a esa hora los taxis y las guaguas escaseaban y la noche cálida de septiembre me haría bien. Me serenaría. No solo la ferretería iba mal. Yo tampoco estaba para echar cohetes. Es más, si las cosas no cambiaban, tendría que replantear mi vida de manera total. Hablaría con Maite. Ella me aconsejaría. Siempre lo hacía. A pesar de lo que nos estaba sucediendo, veinticinco años de matrimonio me daba pie para apoyarme una vez más en ella y en su sensatez.

La caminata no me sirvió para relajarme. Llegué a casa derrotado y ansiando compartir mi frustración con Maite, pero al abrir la puerta, el pánico más absoluto se apoderó de mí. El silencio y la oscuridad lo envolvía todo. Enseguida supe que, mi mujer, había cumplido su amenaza: Maite, me había abandonado. Cómo era posible… Sin querer creerlo, me fui directo al dormitorio. La cama hecha, su parte del ropero vacío, el baño sin sus cremas, sin sus cosas, sin nada…

Me senté en mi lado de la cama sin saber qué hacer. No había sido algo imprevisto. Yo, lo sabía; desde hacía más de un mes, ella, me lo decía a diario. En la última semana lo repetía continuamente, pero, yo, como siempre, prefería pensar que solo eran amenazas.

A pesar de esperarlo, duele. Este no era el mejor momento para dejarme. Nunca lo fue. Nunca lo era. Pero entiendo que, al fin, este día que tendría que llegar, haya llegado. Era el único final. Nunca hubo la más mínima posibilidad de que hubiera otro.

Maite y yo nunca hemos estado enamorados, pero que quede claro que nos queremos mucho. Siempre nos querremos. Nos conocemos desde niños; ambos vivíamos en la zona de la Isleta, en el mismo bloque de pisos y, cuando fuimos jóvenes, tuvimos la misma pandilla. Todos decían que éramos la pareja perfecta, y un día los dos dijimos lo mismo: ya que estamos bien juntos, casémonos. Eso hicimos. Pero el cariño nada tiene que ver con el amor de pareja. En apenas unos meses nos dimos cuenta del error, pero para entonces Maite estaba embarazada… Y dijimos: ya que estamos, criemos a la niña juntos.

A los ocho años de matrimonio yo conocí a Luci, y me enamoré. Apenas unos meses más tarde, ella se enamoró de Eduardo. Ambos lo sabíamos, pero callamos. La niña nos necesitaba juntos. Ya que estamos…

Lo malo es que el tiempo pasa y nuestra hija creció y, ahora, vive en Sevilla. Maite se va. Javi, me voy. Me repetía a diario. Quiero vivir con Eduardo. Tienes que hablar con Luci… puedes vivir aquí con ella…

Quiero pensar que amo a Luci, pero no sé si lo suficiente como para no echar terriblemente de menos a Maite. ¿Qué me pasa? Sé que no quiero compartir este piso con nadie. Soy imbécil. En el fondo de mi alma pensaba que nuestros, ya que estamos, nos durarían para siempre. Y ahora… qué hago ahora…

Teresa Ojeda

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