J. Javier Santana – La roca y la gaviota

La roca y la gaviota

Hay una roca que me habla.

Desde lo alto, una gaviota la contempla mientras el mar respira debajo.

Cada mañana la gaviota vuelve.

Aletea.

Se acerca y espera.

La roca permanece.

El sol la acaricia.

La sal la esculpe.

El viento le cuenta historias que nadie más escucha.

Dice que, por cada pedazo que el cielo le arranca, hay una vivencia que guardar.

Los años pasan.

La roca sigue allí.

El sol nace por el mismo sitio.

La luna llega a la misma hora.

Las nubes cambian de forma.

La marea sube.

La marea baja.

Todo parece igual.

Pero nada permanece igual.

Sólo la roca parece saberlo.

A lo mejor es porque ha aprendido que el tiempo no cambia los lugares: cambia a quienes los miran.

La gaviota vuelve cada mañana.

No sabe si encontrará lo mismo.

Tampoco le importa.

Vuela y, mientras vuela, escucha.

A veces el mar guarda silencios.

Otras nos los devuelve convertidos en memoria.

Hay días de calma.

Haikus.

También tempestades.

Hay encuentros que parecen escritos desde antes de nacer.

Despedidas que llegan sin pedir permiso.

La roca conoce todas esas historias.

Las guarda en sus grietas.

En sus silencios.

En la sal que el mar deja sobre mi piel.

Yo la escucho.

Y pienso que recordar es eso:

permanecer un instante junto a lo que amamos, aunque el tiempo insista en llevárselo.

La gaviota vuelve a levantar el vuelo.

La roca permanece.

El mar continúa.

Y yo comprendo que nada termina del todo.

Mientras alguien recuerde,

algo de nosotros seguirá volando.

«No existe el final, todo está vivo en el principio. Todo lo que empieza, acaba; lo importante fue lo vivido».

(Aforismo 1418)

J. Javier Santana

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