Unos zapatos de tacón
Hacía limpieza en todos sus roperos sin detenerse demasiado. Mientras quitaba el polvo, comprobaba la cantidad de cosas que ya no recordaba. Piezas de ropa y zapatos que no se ponía desde hacía mucho. Zapatos de tacón dorados, negros, plateados, blancos, rojos… Sólo alguna vez, cuando salía a cenar con las amigas, donde sabía que había que caminar poco, lograba calzarse alguno de aquellos que tanto le gustaban. La última vez se puso unos beige de plataforma con los que casi no baja la escalera de caracol que lleva al Centro Comercial Meloneras. Y, sin embargo, –sonríe al recordarlo–, caminaba tratando de mantener el equilibrio y “la dignidad”: como si la dignidad tuviera que ver con los centímetros con los que una se puede elevar.
Muchas piezas de ropa estaban pasadas de moda. Otras ya ni siquiera le servían. Con la menopausia llegaron también algunos kilos de más. Retención de líquidos, decían algunas. Fuera lo que fuera, lo que estaba claro es que algunas blusas, pantalones o vestidos no le abrochaban y eso le fastidiaba bastante.
Cada vez tenía más claro que debía desprenderse de todo y comprobó que no resultaba fácil. No sólo era quitarlo, entregarlo a otras personas, deshacerse… no. Era más que eso. Era morir a muchas ideas: morir a parecer más alta, más atractiva, más elegante. Era morir a perder todo aquello asociado a los diez centímetros de unos zapatos. Era morir a la juventud, a la imagen de poder y de seguridad que ofrecían.
Morir.
Supo entonces, con más certeza que nunca, que los años pasan rápido y no ofrecen más oportunidad. Había que vivir y, para ella, vivir era estar consciente. La dignidad, más bien tenía que ver con estar lo más presente en su vivir ordinario. En ese “estar” había pistas claras para aprender a ampliar una mirada que sí le proporcionaba respeto y consideración: amor propio.
Mary Carmen Cabrera