Teresa Ojeda – Carta a mi madre ausente. Añoranza.

Carta a mi madre ausente

Añoranza

Hola mamá. Te va a sorprender esta carta. No te vas a creer que sea cierto, pero te cuento. Por fin conoceré Portugal. He llegado a Lisboa hace unas horas. Apenas deshacer la maleta he dejado el hotel para deambular por estas románticas calles.

Te escribo sentada en la Plaza del Comercio y lo poco que he visto hasta ahora me dice que tenías toda la razón cuando me dijiste que tenía que venir. Que este país se merece una visita de al menos dos semanas. Que es diferente; que sus olores, sabores, colores y sonidos, no deja a nadie indiferente.

No se me olvidan tus elogios hacia toda la geografía portuguesa, lo sorprendida que quedaste cuando en la primavera del año setenta y dos del pasado siglo, viniste hasta aquí en compañía de papá. Cruzaron la frontera por el sur de La Península y no la abandonaron hasta llegar a Pontevedra. Desde entonces me animabas a hacer este viaje. Siempre me decías que no tardara en decidirme, que deseabas comentar conmigo impresiones y anécdotas para recordar aquella visita que te había enamorado hasta el punto de desear volver. Tú no pudiste hacerlo. Diversos contratiempos lo fueron impidiendo y lo fuiste postergando. Cuando te viste mayor para viajar, tu anhelo fue que yo viniera en tu lugar, que mis ojos fueran tus ojos, contrarrestar mis impresiones contigo en la seguridad de que, conociéndome tanto, serían muy parecidas a las tuyas.

Mamá, dejaste el mundo hace unos meses y, a la pena por tu ausencia, se une el remordimiento por no haber cumplido tu deseo. Desde que me lo pediste, lo intenté. De verdad que lo hice. Muchas veces me propuse venir. Pero la rutina nos engulle y postergamos los sueños para más adelante sin darnos cuenta de que el tiempo transcurre ajeno a nosotros. No le importa nuestros motivos y cuando caemos en la cuenta de lo perdido, ya es tarde para recuperarlo.

Pero aquí estoy. Al fin. Aquí estoy. Aquí estamos, las dos, juntas. No te asustes. No he perdido el juicio. Aunque sé que tengo que razonar que tú ya no estás presente, no he podido dejar de soñar que vamos a hacer este viaje juntas.

Por lo pronto siento que Lisboa nos acoge con nostalgia. El aire de sus calles me trae trozos de la letra de tu canción preferida. No volverá Lisboa antigua y señorial… Algunos balcones están adornados con geranios en flor. Con razón te gustó tanto aquella vez, como para obligarme a venir. Pues he venido. Contigo. Viajaremos por la emblemática ciudad en tranvía, subiremos hasta Chiado y cantaremos fados en todos los restaurantes. Incluso nos sentaremos en la plazoleta en medio de los jóvenes a ver la puesta de sol, mientras escuchamos esa música nostálgica que habla de amores rotos y lloramos a moco tendido.

Recorreremos este hermoso país de la mano. Nos atiborraremos a bacalao, a salchichas. Trasnocharemos; en Oporto beberemos litros de buen vino a la orilla del Duero, bajo el puente Don Luís I. En Coímbra nos impregnaremos de historia y desde su universidad disfrutaremos de vistas maravillosas.

Aquí estoy mamá. Te llevaré a Fátima, tú, tan religiosa, no me permitirás que no la visite. Veré palacios, castillos, tan de cuentos como el de La Pena, que nos volverá a producir asombro por su belleza, como te produjo a ti.

Portugal, tú y yo. Qué ganas de contrastar todos los recuerdos. Ya la conozco. Me la he recorrido muchas veces a través de tus ojos. Ahora tú la volverás a ver a través de los míos.

¿Empezamos?

Teresa Ojeda

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