Josefa Molina – Toca, amigo, toca

Toca, amigo, toca

1,2,1,2, hola, ¿se escucha?… Pero, ¿qué mierda dices, tío? Comienza a tocar, coge la guitarra de una puta vez y toca que tienes a la gente esperando. Mira que te lo advertí, te lo dije bien claro: a todo cerdo le llega su hora. Todavía puedo ver tu mandíbula desencajada de la risa, como si te hubiera contado el chiste más gracioso del mundo o una de aquellas escenas de la estúpida película que tanto te gustaba. Todos los jueves de los cuatro últimos meses que vivimos juntos, aquella maldita película resonando en el salón y tú, ahí, atiborrándote, con tu boca chorreando el aceite de la pizza y tus morros pegados a la lata de cerveza. Te encantaba jugar a ser estrella del rock, la estrella del rock de la calle Judas Iscariote. Mira que el nombre de la calle de tu casa te venía al pelo, ¿eh? Me bastaron solo un par de semanas para descubrir qué clase de tipejo eres. Y aún tenías la caradura de reírte del chino del quinto. ¿Tú has visto alguna vez a un chino subnormal?, me preguntaste cuando coincidiste con el pobre chico en el ascensor. Allí, parado en mitad de la cocina, comenzaste a reírte del chaval a carcajada limpia, casi tanto como cuando me dijiste que la canción que compusimos la habías escrito tú solo, que la melodía era solo tuya, que los acordes eran todos tuyos… ¡Pero si tú no sabías ni componer cuando nos conocimos! Si no llega a ser por mí, no llegas a nada, ¡a nada! Aún no entiendo por qué Irene te prefirió a ti. Vale que podrías ser el más resultón de los cuatro pero también eras el más cerdo, siempre dejando tu ropa sucia por ahí tirada, siempre gorroneando la comida de los demás, siempre apestando a sudor con el pelo sin lavar durante semanas. Todavía recuerdo cuando me robaste las entradas de Radio Futura para ir al concierto con ella. Las entradas y mi chaqueta de cuero, que me devolviste rajada por una manga y apestando a ginebra. Ahí me quedó perfectamente claro que no conoces límites, que desconoces lo que es el respeto y la amistad. Entonces tuve que tragarme la bilis para no vomitártela encima y pegarte la hostia que te merecías pero me acababan de despedir del curro, no tenía dónde caerme muerto, qué coño iba a hacer, me tragué la bilis y aguanté el tirón. Joder, si es que era normal que aquellos dos tipos de la mesa de sonido te quisieran partir la cara y no era para menos, mira que diste por culo con que el sonido estaba mal modulado y no captada tu soberbia escala de agudos… Pero lo peor fue cuando se presentó el tío de la discográfica, aquello fue el principio del fin: que si el tipo decía que el alma del grupo eras tú, que si lo justo era que tu careto ocupara toda la carátula del disco, joder, tío, éramos cuatro, éramos un grupo, éramos amigos, y para colmo, vas y me robas la autoría de nuestro tema de presentación. Lo justo hubiera sido que firmáramos los dos pero no, tú no, tú querías figurar como el creador, el único artífice, porque gracias a tu voz aquella canción llegaba al público. Así me lo escupiste a la cara. ¡Cómo me comían las entrañas tu mala baba y tu cara de ladrón! Pero ahora todo eso ya da igual. Ahora simplemente toca, amigo, toca, coge la puta guitarra y comienza a tocar. Es la hora del show y yo ya tengo la pistola cargada. 

Josefa Molina

josefamolinaautora.com

3 comentarios

  1. Lo mejor es ese flujo de conciencia que no se detiene desde la primera palabra a la última, un flujo que cuenta toda la historia de un par de rockeros que se odian pero… el show debe continuar.

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