FOTO-RELATO Metamorfosis

 

 Metamorfosis

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Los días se vienen encadenando imperceptibles. En somnolienta cadencia, ritmos acompasados me llevan a memorias de infancia, a espacios luminosos bajo cielos limpios como recién estrenados.

El recuerdo irrumpió entre una ligera duermevela, tenía 12 años de vida libre y sosegada y un día cualquiera tuve mi  primera menstruación. Mi madre reanudó los mimos que me prodigó cuando fui operada de las amígdalas. Fue un mediodía, quizás un fin de semana porque no había ido a la escuela. Ella estaba en la cocina afanada con el almuerzo y le susurré con voz trémula, mamá me llegó la regla; me miró fijamente con una expresión de sorpresa y miedo, y su primera reacción fue preguntarme qué sabía yo de la regla, reconociendo en silencio que nunca me había hablado del asunto ni siquiera cuando mi hermana, dos años mayor que yo, la había tenido.

Como solía hacer cuando me apartaba de las hornillas de la cocina, me tomó por los hombros y llevó a la cama; acuéstate con mucho cuidado, me dijo al oído como quien cuenta un secreto, mientras ayudaba a estirar las piernas, me puso en escorzo, y cubrió con la manta, advirtiéndome: no te muevas. Salió de la habitación y al cabo de una media hora regresó con una especie de faja alargada hecha con recortes de la costura, rectangular y delgada, con tirantes largos en ambos lados; llevó también un cuenco con agua tibia y me indicó con un levantamiento de quijada que elevara la pelvis para extender un paño de baño doblado y me hizo un lavado, luego me secó, colocó el fajin pasando los tirantes a través el vientre asegurándolos con nudo como si fuera un biquini.

Repitió la advertencia de que permaneciera inmóvil mientras iba a la cocina a prepararme una infusión de hierbas y canela. A partir de ese momento asumí que había caído enferma quién sabe por cuánto tiempo, al borde de la angustia y confusión: cuánto tiempo tendría puesto el fajín, podría caminar, bañarme, jugar voleibol, saltar la cuerda? Poco a poco fui sacándole respuestas lacónicas que me fueron tranquilizando hasta que descubrí que había otra razón por la que mi madre me miró con espanto cuando le di la noticia de mi desarrollo. Me estaba haciendo mujer y sabía perfectamente que ese día había de abandonar la vida que tenía hasta la noche anterior. Era el pistoletazo de salida a la adultez sin tránsito, sin reparar que seguía siendo la misma flaca soñadora y que un hilo de sangre no podía imponer lo que estaba muy lejos de suceder. Era sólo un anuncio, un signo interpretado de manera opuesta, para ella dejaba de ser niña, para mi era la expulsión del paraíso, la oruga entrando a la crisálida

No tengo claro qué evocó el recuerdo de amor y amparo, pero ni de lejos me hubiese llegado de no estar en la más absoluta soledad de la soledad. Los silencios de la cuarentena.

Niria Suárez

 

 

 

 

 

2 comentarios

  1. Todo lo que escribe Niria Suárez me gusta, me impacta, me impresiona. Sabe los lazos de la trama y cómo llevar todo relato a buen destino. Metamorfosis es un ejemplo de cómo una experiencia propia puede tomar dimensión simbólica. Mi enhorabuena.

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