Rubén Mettini – Sábado a la noche

Sábado a la noche

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Se prepara antes, unas cuantas horas antes. Se pone paños humedecidos en agua caliente para abrir los poros de su barba. Luego se rasura. Intenta que no quede ningún breve pelillo ni en el bajo cuello, ni en la comisura de los labios.

Luego se ducha acariciándose con una manopla de suave algodón. Los cuidados de su cuerpo tienen el carácter de ceremonias propiciatorias, aunque él no sabe aún qué propician.

Después mezcla yogurt y miel para una mascarilla. Deshace con los dedos los grumos en la miel y aplica esa careta sin habilidad, confiando en que, cuando la quite, la piel de su rostro quedará tersa y no perderá el moreno conseguido entre horas bajas de sol, filtros protectores y cremas hidratantes.

Quiere que los rituales de embellecimiento sean un encadenamiento de correctas operaciones que culminarán a media noche, cuando cierre la puerta tras de sí.

En sus hombros y pecho extiende body milk, en sus pies, una emulsión para que la planta acaricie el calcetín con alas de libélula. Mantiene los ojos cerrados mientras la mezcla de leche y miel entra en sus poros y se vuelve un pegote en la superficie cutánea. Lo quitará todo con agua tibia y algodón.

Escoge la ropa y se lustra los zapatos. Se mira en el espejo después de ponerse cada prenda. El espejo a veces le dice que la camiseta es demasiado audaz para este sábado. La camisa verde está bien, pero ¿con un botón abierto? ¿Con dos? ¿O tal vez mejor con el cuello cerrado? El color de la chaqueta no hace juego con la camisa verde. Hoy nada lo convence. Desvía la mirada a los pies, a sus zapatos. En la zona inferior de su cuerpo todo está más o menos bien. Además, ¿quién le mirará los zapatos en la discoteca?

Fuma y piensa. En realidad, no piensa en nada. Quiere reducir al mínimo su capacidad de criticarse. Prefiere dejar la voz a otros, a los que le verán moverse, pedir una copa o bailar. Se hace concesiones. Se dice que está muy bien, pero que muy bien. Bebe algo de alcohol y fuma hash para ponerse a tono. ¿Con qué? No lo sabe, con la noche cálida, quizás.

Pasa un buen rato observando como crecen las plantas del balcón. Cambia los discos a cada momento, porque hoy no hay música que lo satisfaga. Se mira las manos. Corta una uña más larga que las otras. Se arranca un pelo canoso que apareció en el pecho y que se asoma entre los ojales de la camisa verde, al final con dos botones sin prender.

Se pone la chaqueta. Coge una silla y se sienta. Hace poses ante el espejo para verse desde afuera, como lo verán los otros. Enciende un cigarro. Estira el brazo y lo deja caer sobre el respaldo de la silla. Muy bien. Esto le da aire de distinción, esos pequeños detalles que demuestran su elegancia.

No se decide a salir. Bebe otra copa y fuma aún más. Vuelve ante el espejo, pero ahora es el de aumento del baño, donde ha acudido a mirarse un barrillo que se resistió al pegote. Se pregunta por primera vez si tiene sentido esta salida. La pregunta en sí es banal, poco importante, pero esta nimiedad desencadena una sucesión de vanos silogismos. ¿Voy para ligar? No. Tan solo a tomar una copa y a ver gente. ¿Cuánto tiempo podré pasar entretenido antes de que sobrevenga el aburrimiento? ¿Demonios, cuánto tiempo? ¿Me sentiré observado, controlado, desnudo? ¿Sucumbirá mi libertad ante pares de ojos que miran y miran? Sin respuestas.

Ha abandonado inicialmente la idea de ligar, ni siquiera la de establecer el más ínfimo contacto humano. Especialmente para no desilusionarse, tarde en la noche, cuando no haya ligado, cuando vuelva solo a casa. Mientras piensa en todo esto, apaga el cigarro, se quita la chaqueta y la deja colgada en el respaldo de la silla. Sin querer vuelve a dirigir su mirada al espejo y éste le responde con sus sempiternas arrugas, aunque ahora le parecen nuevas, aparecidas esta noche, después de la mascarilla de yogurt y miel.

¿Cuánto dinero gastaré en esta noche inútil? ¿No será un precio excesivo por un aburrimiento? ¿No sería mejor…? Estos pliegues en el cuello, insinuando una futura papada. Está allí, junto al espejo, con la mirada clavada en su cuello. También en las canas del pecho, pues ya ha desabotonado toda la camisa. No quiere exponerse a miradas apreciativas, a ojos evaluadores de esta incipiente decadencia física que comienza a insinuarse en su rostro, en todo su cuerpo.

Los músculos del vientre han perdido la tensión de otro tiempo. La piel sugiere un michelín prosaico. ¿Quién querrá venir a dormir con él? ¿Quién se atreverá a acariciar su barriga que se vuelve fláccida? Se halla ante el espejo, con los pantalones abiertos. El vientre asomándose sobre los calzoncillos blancos, níveos.

Va diciéndose no saldré, no saldré, mientras se quita, recoge, dobla, alisa y cuelga la ropa que poco antes lo vestía. Se queda desnudo y prefiere no volver a pasar por delante del espejo.

En el reloj las 12 y media. En él, un aleteo de pájaros negros, angustiosos. En la televisión, ahora encendida, una mala película, pero con algo hay que llenar un sábado a la noche. Bebe el quinto whisky y fuma el tercer porro. La comedia de la tele le resulta tristísima. Los gags lo hacen llorar.

Rubén Mettini

2 comentarios

  1. A veces nos ha pasado, a una gran mayoría… quizás a todos… bueno, lo de los porros no y tampoco me mimo tanto jaja pero muy bien descrito. Pude imaginar cada cosa y eso siempre me gusta de un buen texto… que te sumerja en la historia como voyeur o como protagonista. Besos

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