Rubén Mettini – Niebla

Niebla

Dense fog on the country road, oncoming traffic

Yo insistía para que hoy no se fuera, hace mucho frío y flota una niebla densa afuera. Es imposible conducir el coche en una noche así. Tenía miedo de que tuviese algún accidente, si salía de casa.

Todo ha sido muy natural, sin ninguna discusión. Me ha dicho que quería dejarme y ha comenzado a preparar la maleta. Al principio, me he quedado muy confusa, no podía entender lo que me decía. Mientras él hablaba, yo veía la ventana opaca, la blancura espesa de la niebla desdibujando los vidrios y solamente articulé no te vayas ahora, hace frío y hay mucha niebla, quédate conmigo, jugaremos al ajedrez, si quieres, o te leeré poemas de Auden o de Eliot, pero no…

Estuvimos juntos mucho tiempo. Crecimos y maduramos juntos. La pasión de los primeros años ahora se había transformado en un poco de soledad compartida, un poco de aburrimiento y mucha paz. Una convivencia tranquila, sin temores. Entre nosotros no había hijos, ni parientes, dos amantes librados a sí mismos para construir un universo de cotidianidad, tostadas con mantequilla a la mañana y sábanas con perfume de suavizante a la noche.

¿Cómo tuvo la idea de marchar con tanta niebla? ¿Destrozar la vida en común, de repente y sin ninguna razón? Yo estaba a su lado, de pie, paralizada, repitiendo como una plegaria las mismas frases… la noche… la niebla, y él continuaba revolviendo cajones y poniendo bien ordenada su ropa en la maleta.

Todo era un sueño increíble, sonámbula he ido hasta el armario, he buscado una caja metálica olvidada y girando cautelosamente la llave, he sacado el arma que dormía allí desde hacía años, herencia de mi padre. Jamás pensé que la usaría.

El disparo, por un solo instante, me ha despertado de mi sueño y, al abrir los ojos, lo he visto caído al pie de la cama, con un hilo de sangre brotando de la comisura de esos labios que tanto he amado.

Después me he sentado frente a la ventana. Entreveo la librería llena de volúmenes detrás de mí y la chimenea encendida, aquí pasábamos las noches de invierno leyendo, juntos. Miro la niebla que late llena de vida contra la ventana. Continúo dentro de un sueño. No quiero que se termine nunca. Siento el adagio de Brahms, una música triste, y me llegan, involuntariamente, las palabras de aquel poema vasco:

Si le hubiera cortado las alas

hubiese sido mío,

no hubiera escapado.

pero así

habría dejado de ser pájaro

y yo

lo que amaba era el pájaro.

Yo sí, le he cortado las alas, quería que se quedara a mi lado.

Ha llamado el teléfono. Una voz de mujer preguntaba por el abogado. Seguramente lo debe de estar esperando. Le he dicho que había salido, que no estaba en casa.

Comienza a llover. Las gotas resbalan acariciando los vidrios. Siento un gusto salado en la boca y una carga pesada que me oprime, aquí, en el pecho.

La lluvia deshace la niebla y ahora puedo ver los árboles por donde se deslizan gotas transparentes. Pronto el aire será puro y limpio. Respiraré. Ha salido la luna, la noche parece hecha de marfil. Como en un jardín oriental, todo está quieto, encantado. A mi mente, también, llega luz en este momento. La voz del teléfono, oída tantas veces en estos últimos meses. Lo veo claro. Un encadenamiento de hechos ínfimos y, hasta este momento aislados, sin lógica aparente, cartas inexplicables, salidas inciertas.

El abogado hoy no acudirá a la cita. La niebla ha abandonado, finalmente, mi cerebro. Tendré que llamar a la policía.

Rubén Mettini

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