Francisco Lezcano Lezcano – A puerta cerrada

A puerta cerrada

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Pintura Francisco Lezcano Lezcano. Serie No violencia

Los dos hombres tenían, uno cara de ciruela y el otro de tortuga; vestían pantalón de gala y  chalecos doraditos. Se cubrían con sobrero de copa aterciopelado, azul marino. Caminaban el uno al lado del otro, dignos y al unísono, con andares de pingüino y escarabajo. Mientras avanzaban se intercambiaban, de vez en cuando, sonrisas de perfecta facturación protocolaria. Sabían que un buen presidente debe hacer honor a todos los dentífricos del mundo.

Cuando alcanzaron la Gran Puerta, que indicaba el fin del camino y la entrada al recinto de las Discusiones Trascendentales, se detuvieron para cederse mutuamente el paso…pero no se ponían de acuerdo…

—Usted primero.

—¡De ningún modo! ¡Pase, por favor!

—¡Señor!..

Forcejearon cabeza contra cabeza, casi como dos carneros. Fue cosa de segundos. El más gordo consiguió hacer pasar al otro a empellones, más o menos disimulados con reverencias y gesticulaciones que pretendía corteses y bondadosas.

La sala rebosaba documentos amontonados en desorden total. Legajos y más legajos. Estancias, con precinto de urgente, languideciendo en el olvido. Documentos y documentos con esa tonalidad ictérica propia del papel envejecido. Mesas, sillas, armarios, el suelo… estaban cubiertos de una gruesa epidermis de polvo compacto. Casi fósil.

Los personajes se adentraron en el dédalo, forzados a grotescas piruetas para salvar los obstáculos, haciendo a la vez grandes esfuerzos por no peder la compostura presidencial.

Se quitaron las chisteras y las soltaron donde mejor pudieron. Luego, tomando asiento a ambos lados de la enorme mesa de conferencias, iniciaron su primer trabajo: quitar a guantazos el polvo del contorno. Al terminar, uno de ellos preguntó:

—¿Quiere usted fumar mientras reflexionamos  cómo salir de la crisis?

—¿Y usted?

—Sí, claro.

 Al mimo tiempo sacaron las pitilleras, cuyas incrustaciones de valor destellaron a la luz mercurial del ambiente. Durante varios segundos permanecieron estáticos, el uno frente al otro, en actitud de hábiles prestidigitadores.

—Elija del mío. Le aseguro que es el mejor tabaco. Brasileño de verdad.

—Creo que se equivoca en lo de la calidad. El mío es mejor. Lo cultivan en mi propio país.

—Me permito señalarle que no tiene razón porque…

—Disculpe que le corte… pero la calidad del tabaco que le ofrezco es el que permitirá…

La discusión era absurda, y lo peor es que se complicó hasta hacerse acalorada. Las palabras de pronto se ennegrecieron. Los respetables representantes del Orden Nacional se enzarzaron en una grotesca lucha de esfuerzos y argucias para colocarse mutuamente un cigarrillo en los labios, dispuestos a conseguirlo a viva fuerza, por orgullo patrio, por razones de prestigio. A Puerta Cerrada, prosiguieron con su forcejeo rodando entre libros y papeles.

—¡Imbécil ! ¡Me las va usted a pagar!.- gruñó el de la cara de ciruela, con la voz  sofocada bajo un ejemplar del cotidiano “Libertad”.

¡Esto es un ultraje a mi Nación ¡

En el la baraúnda no se sabía quien hablaba, si el uno o el otro. ¿ Pero que más da?.

—¡Usted si que es un hijo de…

!Mientras tanto en la calle, periodistas del mundo esperaban el resultado del encuentro a Puerta Cerrada, puestas todas las esperanzas en los dos poderosos mandatarios.

El menos fuerte en el forcejeo, creo que el de cara de tortuga, eligió la vía drástica para establecer el orden y guardar su prestigio.. Con veloz movimiento sacó de su axila izquierda una pequeña pistola y apretó el gatillo, alcanzando a su colega político en pleno esternón. Cigarrillo en ristre, permaneció en pie con un gesto de asombro. El tiro había sido malo. El herido dejo caer el cigarrillo y señaló con un índice a su agresor. El dedo emitió un chasquido y escupió una bala con piel de cianuro. El proyectil digital incrustado en la frente sorbió la vida con ansia de esponja. El hombre del dedo mortífero, tambaleándose, se pude a buscar con ansia entre legajos amontonados hasta encontrar lo que deseaba: un teléfono rojo. Lo cogió entre sus manos crispadas y a duras penas marcó un número. Los electrones corrieron por el cable hasta otro teléfono gemelo, allá, sobre una lejana mesa tras la cual un jerifalte sentado indolentemente, se entretenía haciendo pajaritas de papel. Al oír el zumbido soltó a medio doblar la que tenia entre manos y alargó, si prisa, su brazo hacia el aparato.

—¿Diga? Aquí Código Apocalipsis.

Las palabras del herido llegaron a borbotones. Se daba una orden, la cual a pesar de ser pavorosa, no pareció alterar al displicente que, bostezando se dispuso a cumplirla.

—Okay. A sus ordenes mi presidente. Código Rojo en activo. Viva la Patria.

El jerifalte pulso con su pulgar el botón a destellos cárdenos que brillaba sobre su mesa.

Un rugido se puso en marcha. Pequeñas máquinas le musitaron una espantosa orden a otras  máquinas. Águilas de aluminio preñadas de megamuertos alzaron el vuelo. Miles de seres humanos extendieron sus brazos intentando abrazarse a la última brizna de vida. Quedaron las manos petrificadas en un gesto eternizado implorador de piedad. Silencio.

El hombre del dedo fatídico cayó de espaldas, agitó brazos y piernas como una cucaracha  víctima del DDT y carraspeó con su último aliento.

—Cretino de mierda…quererme…hacer tragar… su basura de cigarrillo.

Francisco Lezcano Lezcano 

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