Juan Francisco Santana – El tiempo, ese amigo que se resiste a dejarnos

El tiempo, ese amigo que se resiste a dejarnos

ancianos

Nos decía Henri-Frédéric Amiel, filósofo y moralista suizo, en su interesante obra, titulada  “Diario íntimo”, escrita en el año 1874, algo que deberíamos tener muy en cuenta:

Saber envejecer es la obra maestra de la sabiduría y una de las partes más difíciles del gran arte de vivir”.

Cualquier motivo puede ser la causa de uno de mis escritos. Desde que me levanto estoy observando lo que acontece a mi alrededor. Esta mañana salía de casa y pude gozar del caminar juntos de una pareja de ancianos que vive en la misma calle. Es habitual verles sentados en la puerta de su casa, en unos desgastados escalones que habrán visto sentarse a otros seres humanos que se les parecen muchísimo. La mujer muestra una gran curvatura en su dolida espalda y una mirada curiosa y atenta a todo lo que acontece a su alrededor. Como decía les vi andar juntos y con vestido de gala, posiblemente fueran al médico. Las personas de su generación acostumbran a utilizar lo mejor de su vestuario para estas ocasiones en que el galeno les atiende, de forma muy amigable, por la frecuencia de sus visitas. Evidentemente este tipo de salidas se hacen muy repetitivas y, en ocasiones, unas lágrimas y unas sonrisas se turnan en el camino de vuelta.

Me pareció muy entrañable verles como hasta ahora no lo había hecho. Me imaginé el momento en que se conocieron, muy jóvenes, y su sentir de cómo se pasa el tiempo, tan inexorablemente. En el portal habrán hablado de unos y de otros y, en un determinado momento, se habrán puesto a recordar sus días de noviazgo, de juventud, de madurez y, sin pretenderlo ni desearlo, de esta etapa tan llena de nostalgia, de lindos recuerdos o, también, de frustraciones por no poder hacer aquello que hacían en otros momentos, aunque ahora hagan otras cosas, o por la soledad que les es fiel compañera.

Llegar a una edad avanzada no significa dejar de amar, de enamorarse, de tener sueños o de besar al ser que amas aunque a los más jóvenes, en general, esto les parezca un imposible o les cause rechazo. Si tenemos suerte estamos amando hasta el final de nuestros días y ello significa tener la posibilidad de encuentros con el otro. La sexualidad se hace diferente, quizá menos pasional, pero está muy presente en muchas parejas. No es un atrevimiento ni tampoco una vergüenza, sino una necesidad. Cuando se llega a edades avanzadas se debe tomar como una prórroga que hay que aprovechar para hacer otras actividades, cambiar los hábitos y las monotonías y hacer lo que pone en práctica un queridísimo amigo octogenario al que admiro y quiero muchísimo. Se trata de un hombre que a pesar de las dolencias, achaques y enfermedades que le han llegado sin invitarlas, se prepara varios viajes al extranjero a lo largo de los doce meses. Así, en los últimos años, ha visitado toda Europa, volviendo una y otra vez a sitios que le llamaron la atención y le marcaron, siendo Ámsterdam una de sus ciudades preferidas. Cuando llega de vuelta se dedica a montar una especie de memorias en las que narra sus aventuras y les añade postales, antiguas y recientes, de los lugares visitados, que busca en los anticuarios, en filatelias o en mercadillos, como buen coleccionista que es. También guarda las entradas de los museos visitados y escribe sobre las curiosidades, las costumbres y la gastronomía de los lugares que ha visitado. Me comenta que no tiene tiempo para aburrirse y dice, muy convencido, que si el momento de irse le llegara, que sea en avión, en tren, en barco o en guagua, pero no en la cama de un hospital, ya algunas veces visitado, porque si fuera así perdería un hermoso tiempo. Manifiesta que vive al día y con las maletas hechas por si llega el viaje que nunca ha querido hacer, pero para el que hay que estar preparado, eso sí, sin miedo y sin angustias porque por mucho que sea el temor y la desgana siempre llegará el desconocido y fiel acomodador para ofrecernos una butaca en primerísima fila.

Su jovial y pegadiza manera de afrontar estos momentos, los que llaman de la tercera edad, le suponen una preparación maravillosa y llena de encantos para aquella otra, la cuarta edad a la que aspira a llegar, a pesar de esas malas compañías que se llaman enfermedades y a las que él se resiste a darles la mano y a invitarlas a compartir una confortable velada.

Volviendo a los dos ancianos del comienzo, seguro que habrán dormido uno junto al otro durante muchísimos años, aunque yo conozco algún caso que no siguió esa costumbre, que consideramos normal y, muy posiblemente, no se han percatado de la rapidez del cambio de su piel, de la cantidad de pelo que se ha ido por el sumidero, de cómo han ido apareciendo los dolores y de no poder apreciar los granos o los pelillos que le salían de las aperturas de la audición. Sólo los espejos de la casa están siendo, día a día, testigos mudos de unos cambios que conducen a la última partida de forma inexorable, porque se trata de un proceso irreversible y el elixir que nos da la eterna juventud, desgraciadamente, no se encuentra en el mercado.

Los estructuralistas antropológicos dicen que todas las culturas clasifican las cosas en categorías enfrentadas u opuestas y así, cuando hablamos de  la juventud, la oponemos a la vejez, o cuando hablamos de muerte estamos refiriéndonos también a la vida y es que cuando nacemos empezamos un camino que, en la mayoría de las ocasiones, se puede hacer larguísimo y que nos conduce al inevitable último rincón, al último paisaje de aquel afamado cuadro en el que nunca quisimos ser protagonistas. Ha tenido que suceder el hecho del alfa del nacimiento y de las vivencias acumulativas para que se llegue a ese abrazo con lo no presente, con lo sobrenatural, con el más allá o no sé dónde, pero lo cierto es que partimos al igual que llegamos y, si lo hacemos rodeados de las mejores sonrisas en los primeros momentos, será también más llevadero en los últimos; si lo hacemos como si se tratara de un plácido y reparador sueño del que despertaremos en otro lugar, muy posiblemente, lleno de árboles frutales, praderas llenas de flores y de aromas diversos, de espacios en los que no necesitaremos de calmantes y jarabes y sí de zumos y de frescos cócteles que harán que nos sintamos en la dimensión del placer y de las luces y veamos, como si de una película se tratase, còmo nos vamos yendo de viaje, muy poco a poco, a ese mundo que llaman paraíso y en el que dicen los creyentes que no existirá el dolor ni el sufrimiento y sí las tan deseadas, paz y felicidad perpetuas del inevitable omega, entonces estaríamos en el camino que, posiblemente, se nos haría algo más llevadero.

Quiero terminar con una frase de Cicerón que podemos leer en su obra De senectute, justamente en el capítulo X, que el citado amigo, el de los viajes, se aplica todos los días, y dice:

Preferiría ser viejo menos tiempo que serlo antes de la vejez”.

Facebook: Juan Francisco Santana Domínguez

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3 comentarios

  1. Es maravilloso tu relato. Como siempre lleno de belleza y reflexión profunda sobre las cosas más importantes de la vida.
    Un sabio, que además es tan humano!…

    Me gusta

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