Inma Flores – Instantes

Instantesbotella en el mar

25 de noviembre. Esa fecha era un eco constante en su memoria durante las últimas semanas.

El  run-run apenas le había permitido dormir. Por fin hoy llegó la fecha señalada.

En su mesa de noche había un búcaro plateado, con una preciosa rosa roja. Lo tomó en sus manos, disfrutó del aroma que desprendía la flor y acto seguido se dirigió a la cocina. Allí estaba la mesa dispuesta para un buen desayuno.  Puso al fuego el café y comenzó a disfrutar del ritual de pintar las rebanadas de pan:  una base de mantequilla y un dibujo en la superficie hecho con la mermelada en cada una de las rebanadas (un corazón de fresa, un tulipán de ciruela,  una  nube de manzana y un borrón de higo, simulando la cima de una montaña).

El olor a café inundó la estancia. Se sirvió una gran taza. No lo endulzó, lo libó despacio, disfrutando su sabor.  Entre sorbo y sorbo  tomó un trocito de pan con su pizca de sal y azúcar, como la misma vida: la agradable amargura del líquido negro, sal embadurnada en la manteca y la pizca de azúcar de la pasta afrutada, mezclando a su vez el calor que portaba la taza y el frío de las mermeladas que habían reposado toda  la noche en la nevera.

Una vez hubo terminado su desayuno, sonrió, satisfecha.

Se dirigió al salón,  puso algo de música y bailó, bailó, bailó tanto que perdió el sentido del tiempo que había transcurrido.

Se tomó un Baileys  con dos piedras de hielo, cerrando los ojos entre sorbo y sorbo, y recordando los mejores días de su vida.  Se sentía feliz por haberlos vivido. Era consciente de que ya no volverían y brindó por ello. A menudo el amor llega envuelto en dolor. Los sentimientos se entremezclan y nos queda un sabor extraño en el alma. Ansiamos revivir, pero sabemos que es imposible, que algo se rompió. Por eso eligió para su búcaro un metal, nada de cristal, no quería que su rosa corriese peligro alguno. Su rosa se iría marchitando por el transcurrir del tiempo, pero jamás por permitir que  nada ni nadie estropease su sustento, tan simple como  el agua, tan necesario como el respirar.

Una vez  hubo embadurnado su boca y sus recuerdos con la crema de whisky, se dirigió a su alcoba, abrió el armario y eligió aquel vestido rojo que tanto le gustaba.  Hacía un par de años que no lo usaba. Dudaba si le sentaría bien. Se lo puso, con miedo a parecer alguien diferente a quien sentía en su interior. Buscó unos zapatos  de tacón alto, a juego con el vestido y, se dirigió al espejo para peinarse y adornar sus labios con carmín. La última vez que utilizó esa barra de labios fue el día en que él murió de un ataque al corazón, para ir a su duelo.  Sabía que le encantaba su sonrisa envuelta en ese magenta apasionado.

Se habían amado durante años, pero no se permitieron compartir esa felicidad. Era un amor cálido como el café, pero oscuro  por los sentimientos no compartidos y amargos por esas noches en las que se soñaban, pero ninguno era capaz de reconocerlo ante el otro ni ante sí mismo.

En el cajón de su mesa de noche estaba  el tapón de corcho de la última botella de vino compartido y una piedra de lava de Lanzarote que habían dicho que llevarían de vuelta a la isla en un futuro viaje que nunca sucedió. Tomó ambas cosas en sus manos, las metió en un bote de cristal y se dirigió a la playa donde algunas veces se bañaron, abrazados,  al atardecer.

Antes de depositar el  cristal sobre el agua escribió: “Nunca dejes tus sueños para un mañana que puede que nunca llegue. Sé feliz hoy”.

 .-.-.-.

 Julio se encontraba pescando en el  norte de Lanzarote; una vez que consideró que tenía suficiente, se dirigió a la orilla para limpiarlo de escamas. Cuando ya se iba a marchar descubrió un bote cerca  de la orilla. Como pudo lo atrajo hacia sí y lo recogió.  No le gustaba la suciedad en la costa, le ponía de mal humor saber que existía gente tan desconsiderada que no le importaba poner en riesgo a los demás tirando cristales y porquería al mar. Cuando lo tuvo en sus manos descubrió su extraño contenido.  Lo abrió y cogió la piedra, decidió guardársela como trofeo;  el corcho le recordó que hacía mucho tiempo que no brindaba con sus amigos de siempre, de los que últimamente se había alejado. La frase que escuchó le descompuso. Llevaba tiempo negando su realidad. Tomó el teléfono y llamó a Carlos, su mejor amigo desde la infancia y que recientemente se había separado de su esposa:

–  Hola, ¿qué tal estás?- preguntó, obteniendo como respuesta un silencio traspasado por un suspiro- ¿Nos vemos esta tarde? Creo que tenemos mucho de qué hablar. Te espero a las siete en el lugar de siempre.

De repente sintió cómo su mundo cambiaba. Había dado el primer paso. Siempre estuvo enamorado de Carlos.  Acababa de encender una pequeña luz de esperanza.

Facebook: Inma Flores

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