Loli Moreno – Memoria de Silicio: El Guardián del Olvido

Memoria de Silicio: El Guardián del Olvido

En el fondo de un cajón oscuro, sepultado bajo clips oxidados y viejos cables en desuso, un pequeño pendrive de plástico desgastado pasaba los días en el más absoluto silencio. Hacía años que nadie lo conectaba a un puerto USB, años desde la última vez que parpadeó su luz. Se sentía terriblemente solo, un náufrago digital en un océano de olvido y polvo plateado. A su alrededor, la tecnología avanzaba con la velocidad de un rayo inalcanzable; escuchaba hablar de «la nube», de gigabytes flotando en el aire sin necesidad de cuerpo.

Él, en cambio, dependía de un contacto físico que ya nadie parecía estar dispuesto a darle. ​Sin embargo, a pesar del frío metal de su conector, su interior ardía con una calidez infinita. No estaba vacío; al contrario, estaba completamente lleno, al límite de su modesta capacidad.

Guardaba en sus sectores de memoria el tesoro más valioso que un ser humano le pudo confiar: las fotos de un verano idílico de 2015, donde las sonrisas tenían el brillo del mar y el sol; una carpeta titulada «Importante» que custodiaba las cartas de amor de una relación que ya fue; y los archivos de audio con la voz de una abuela que el tiempo ya se había llevado consigo.

​Cada bloque de datos era un latido, una punzada de nostalgia atrapada en silicio.

«Si supieran lo que tengo dentro», se decía a sí mismo en su código binario y solitario, «no me dejarían aquí tirado, preferirían perderme de vista antes que perder lo que protejo».

Recordaba con melancolía la vibración eléctrica que recorría sus circuitos al ser extraído con seguridad, el clic satisfactorio de su tapa al cerrarse y el calor de las manos que lo transportaban con recelo.

Ahora, su único consuelo era repasar, una y otra vez, los metadatos de aquellos archivos tan queridos. ​Un martes cualquiera, el chirrido de las guías del cajón rompió la monotonía del encierro. Una mano extraña y decidida apartó los cables y revolvió con prisa el fondo del compartimento. Unos dedos cálidos lo tomaron por fin, limpiando con suavidad la capa de polvo de su lomo.

El pendrive sintió un vuelco en su pequeña placa base cuando fue llevado hacia la luz del día. Fue insertado en una ranura nueva, un portento moderno que amenazaba con no reconocerlo. ​Tras un segundo de terrible tensión, una corriente de energía limpia y potente lo recorrió por completo.

Su pequeño led azul, que creía muerto para siempre, comenzó a parpadear con fuerza y orgullo. En la pantalla de una computadora moderna, una ventana emergente anunció su exitosa lectura.

«Unidad externa detectada», leyó el usuario, mientras una lágrima de nostalgia rodaba por su mejilla. Al ver las carpetas intactas, la persona sonrió con el alivio de quien recupera un pedazo de su alma.

El pendrive comprendió entonces que la espera, por larga y oscura que fuera, había valido la pena: su soledad había terminado y sus recuerdos, por fin, volvían a estar a salvo en el mundo de los vivos. 

Loli Moreno

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