Deseo recumplido
¡Cuidado con lo que deseas! ¡Solo a mí se me ocurre!…
Mariana, al borde del colapso, maldice la hora en que pidió al Universo algo tan peregrino. Claro, tenía sus razones. No le daban las horas. ¡Ay, quién tuviera más brazos!, había exclamado, y varios capullos sonrosados brotaron de sus axilas. Enseguida, cada uno tuvo la forma diminuta de la extremidad deseada. Se veían graciosas, sobre todo las manitas como anémonas moviendo sus dedos impacientes. Desde que las excrecencias alcanzaron tamaño real, fueron dos pulpos trabajando a destajo. Los primeros días resultaron estupendos; en el cerebro, una especie de naranja clasificaba en gajos la actividad que cada brazo debía acometer. ¡Qué increíble, hasta me sobra tiempo! Se decía Mariana sudando a chorros. Pero, ¡ay, dios!, los turgentes gajos acaban de reventar y la naranja es ahora una torre de Babel: Mariana pinta al óleo sobre las zanahorias, guisa potajes intertextuales que le provocan un empache literario, echa letras a la lavadora y salen textos burbujeantes, escribe poemas con la fregona…
(…)¡Sí, qué ocurrencia, qué ocurrencia…! ¡Solo mis dos brazos, por favor! Suplica Mariana tras las lamentaciones, y el Universo la complace de nuevo.
¡Uf, qué alivio, menos es más! Suspira.