El paquistaní
¿De dónde había salido aquel hombretón de tez oscura, dientes muy blancos y sonrisa fácil?
Supo que había sido un comerciante, un empleado de bazares que tenía maña con los clientes. Era un gran vendedor, y así lo apreciaban los dueños del establecimiento.
Tenía dos primos que se instalaron en los Emiratos como peones de la construcción, y sin duda que a ellos les iba mucho peor: trabajaban en un régimen de esclavitud con unos salarios indignos y malas condiciones de sus viviendas.
Y, sin embargo, levantaban enormes rascacielos, construían mares artificiales, y hasta una pista de esquí en pleno desierto.
Los imperios se sostienen con sangre.
Cuando las cosas se pusieron mal, por su divorcio y porque una multinacional compró el mercado en que él ejercía su trabajo, escogió la ruta más larga y peligrosa para llegar al sueño.
Cruzó hacia el oeste, Arabia Saudí, Egipto, Libia, Argelia. Y al fin Marruecos, desde donde salían pateras.
Afrontas un largo éxodo y al final puede que tu frágil embarcación se quede a merced de las corrientes y acabe llevándote a las Antillas. Y allí serás un esqueleto entre los restos de un cayuco, al borde de una playa de cocoteros en cualquier islita de blancos arenales. Porque los vientos son traidores, y a veces hacen que la ruta se desvíe hacia el infierno sin orillas.
Luis León Barreto