Obsesión
Provisto de bastón y cachucha, el anciano caminaba con cautela. Le habían aconsejado enfrentarse a sus aprensiones, ignorarlas hasta convencerse de que los matorrales que cruzaba a diario no eran pequeños monstruos cargados de piedras. Obsesión
Aun así, se prometió embestirlos con el bastón ante la menor sospecha. Pero lo que de veras le inquietó fue la arboleda a lo lejos. Le pareció verla poblada de palomas de latón. No estaba allí el día anterior. Se preguntó si aquellas aves chirriarían al paso de los viandantes, hasta enloquecerlos.
Avanzó, desconfiado.
El viento cambió. Gotas gruesas comenzaron a golpear la tierra.
Mal augurio, pensó.
Pronto caería la tromba y tendría que cobijarse bajo aquellos árboles. Intentó regresar; quizá aún estaba a tiempo. Pero su tormenta ya había empezado.
Alzó la vista, despavorido. Detrás de las montañas se levantaba una ola monstruosa. La masa avanzaba hacia él, implacable.
Corrió sin rumbo.
Horas más tarde lo encontraron ahogado, frente a su casa, con la cabeza hundida en un charco de agua. Cerca de la arboleda yacían el bastón y la cachucha.
Isabel Santervaz