Mancha
Le había salido un punto oscuro y redondo en el rostro. Más que un punto era una especie de lunar, una pequeña peca marrón que apareció de la noche a la mañana, en la parte baja de su moflete derecho.
Al principio no le dio mayor importancia. Al fin y al cabo, pasaba casi desapercibida. Es más, casi ni se notaba. Además, seguro que desaparecería con el tiempo y se esfumaría sin más cualquier día de su inmaculada piel.
Y aunque estaba seguro de ello, sintió una cierta preocupación. Aquella manchita no le iba a favorecer en absoluto en las decenas de fotos que hacía de sí misma diariamente. De hecho, no había día en que no subiera una o varias fotos suyas al facebook o al instagram. Adoraba comprobar como los ‘me gusta’ incrementaban su vanidad uno tras otros.
Sí, claro, no era tan estúpida como no para tener claro que aquellos ‘me gusta’ no eran más que un gesto remoto de alguien remoto en algún lugar remoto, al que no conocía de nada y al que, probablemente, nunca conocería. Gente anónima que le da el ansiado ‘me gusta’ a otra gente anónima, en un gesto recíproco darle al ‘like’, añadiendo un poco de chispa a sus insulsas vidas desde una pantalla del móvil o del ordenador.
Pero le agradaba aquella sensación de ser, por un efímero instante, importante para alguien, tan importante como se puede ser en las redes sociales… Y no es que fuera un personaje famoso. No era modelo, ni actriz, ni nadie conocido en el mundo de la imagen, ni la televisión, ni del mundo de la cultura y muchos menos del deporte, a pesar de contar con un cuerpo de esos diez o nueve y medio, que infro alimentaba para que siempre siguiera siendo un cuerpo diez o nueve y medio. Pero, ¿es que acaso hacía falta algo más para ‘triunfar’ en las redes sociales?
Era tan solo una mujer con un rostro agraciado y una sonrisa perfectamente operada que se empeñaba en publicar fotos en las redes en cuanto tenía la más mínima excusa, por muy efímera e inconsistente que esta fuera.
Todo empezó el día en que subió su primera foto al facebook. Se quedó sorprendida de la cantidad de ‘me gusta’ que logró en un solo día, casi tantos como los vídeos de tiernos gatitos adornados con lacitos, de graciosos perritos jugando o de puestas de sol acompañadas de grandilocuentes frases de autoayuda.
Poco a poco, publicar fotos se convirtió en una golosa obsesión. Sentía como una cosquillita ascendía por el estómago cada vez que entraba en sus cuentas para comprobar que el número de likes iba en aumento. Imágenes de sí misma sentada a la mesa de trabajo, de ella comiendo con la familia, yendo de compras, desayunando en una cafetería, en una reunión de amigos o haciendo morritos. No dejaba pasar ni la más mínima oportunidad para publicar una foto suya; cualquier ocasión era la idónea para exhibir su imagen al mundo entero: si iba a un cumpleaños, la foto publicada era una de ella con la persona que cumplía años; si asistía a una reunión familiar, era ella con la familia; si acudía a un evento cultural, era ella delante del cartel del evento; si asistía a la presentación de una novela, compraba el libro tan solo para poder sacarse la foto junto al autor.
Nada existía si ella no salía en la foto. ¿Pero quién era ella para quitarle al mundo la posibilidad de ver su imagen? ¿Quién era ella para hacer prescindir al mundo de su belleza, de su sonrisa? Aquellas pantallas eran unos espejos digitales en los que reflejar su propia captotrofilia.
Una mañana descubrió que el pequeño lunar había crecido. Ya no era tan insignificante ni estaba tan oculto. El maquillaje logró atenuar levemente su presencia. Aprendió a sacarse selfies de medio lado, a ocultar su rostro con la mano en un intento vano de tapar la asquerosa mancha que comenzaba a cubrir su piel como denso petróleo obligándola a publicar fotos cada vez más oscuras y ladeadas. Comenzó a publicar instantáneas de detalles de sus ojos, de su boca sonriente, de sus manos pero ya no era lo mismo, el número de ‘likes’ descendía sin freno con la misma rapidez en que crecía la herida de su vanidad.
No podía permitirlo, así que un día probó a subir una foto de su escote. Llena de excitación, descubrió que el número de ‘likes’ ascendía de forma exponencial a medida que publicaba fotos cada vez más explícitas de las distintas partes de su simetría. Ajá, aquello sí que le gustaba.
Un día publicó una foto de sus pies desnudos en sandalias, otro día de sus muslos apretados bajo una minifalda, al siguiente una imagen de su trasero enfundado en un vaquero. Los ‘likes’ llovieron por doquier. Se sintió renacer. Ya no eran necesarias las fotos de su rostro. A los cientos de seguidores masculinos que les regalaban sus ‘me gusta’ a las fotos de las distintas partes de su cuerpo, solo le interesaban eso, su cuerpo. Así que, ¿para qué publicar instantáneas de su rostro, por muy bello que este fuera? Además, resultaba que ya no era tan bello: la pequeña peca se había convertido en una gran mancha marrón oscura que cubría gran parte de su moflete derecho, cubriendo buena parte de su nariz y volviendo extrañamente siniestra la piel de su párpado derecho.
La primera vez que recibió el mensaje por messenger no daba crédito. Se sintió ofendida y pensó en cerrar definitivamente todas sus cuentas y olvidarse de todo aquello. ¿Cómo se atrevían a pedir fotos de ella desnuda a cambio de dinero? ¿Es que consideraban que eran una mujer fácil por mostrar su cuerpo? ¿una puta?
La sensación de desagrado y de indignación no la dejó conciliar el sueño aquella noche, ni la siguiente ni la posterior. Poco a poco, dejó de comer, de relacionarse con los demás, de salir, de trabajar. Se acabaron las fotos en familia, las de eventos culturales, las imágenes de comidas o desayunos, las puestas de sol, las fotos de calles o de viajes. ¿Para qué publicarlas si en ninguna iba a salir ella?
Se sentía terriblemente deprimida, profundamente vacía. Y probó a subir una antigua foto suya en bikini. Los ‘me gusta’ surgieron como por arte de magia. Se sintió viva de nuevo, querida por todos aquellas personas anónimas a quienes les gustaba contemplarla posando sexy en la playa. Animada, publicó una foto de sus pechos encorsetados en un generoso escote. Los likes cayeron como deseada lluvia de abril sobre un pantano seco. Aquello lo confirmaba: era amada por todos.
Cuando publicó una foto de su trasero en tanga, la cuenta fue clausurada de inmediato por el servidor. Creyó desfallecer. ¡No había llegado hasta allí para ahora prescindir de su dosis diaria de likes! No tenía más remedio: debía crear un blog privado. Allí podría ser ella misma, volcar sus fotos sin censuras ni límites y sin mostrar nunca más su rostro estropeado por aquella estúpida mancha.
Ese mismo día cerró todas las cuentas de facebook e instagram. Ya no las necesitaba. Todo lo que quería estaba allí, en aquella pantalla, en mitad del salón de su casa, desde donde se afanaba en publicar para el disfrute de sus miles de seguidores fotos de su cuerpo desnudo.
La gran mancha de su cara dejó de importarle. Ya no era necesaria ni su cara ni su identidad. Ya no hacía falta que fuera ella. Tan solo sus pechos, su trasero y su sexo eran los importantes en aquel intercambio de fotos por likes en el que había convertido su vacía existencia.
Josefa Molina
‘Mancha’ está incluido en el libro ‘Tiempos de espera’, volumen 13, de la Colección Palabra y Verso