LA DECEPCIÓN
A la primera bofetada que te da la Decepción, empiezas a acumular resquemor sin saberlo. Esa dedicatoria de un poema que te hicieron, que después cambia a alguien más célebre que tú. Poema sobre algo compartido, una tormenta de verano conduciendo por la cumbre de la Isla. No importa, vaya tontería de niño chico, de todas formas el poema es bueno, dicen las buenas costumbres; pero sí importa, dice la realidad que no quieres ver.
Pero el bicho de la Decepción fue creciendo. Has aumentado el círculo de amigos, has sido premiado y publicado. Él te felicita; pero hay nubes en su mirada. Hay un gusanillo ahí que no me atrevo todavía a llamarlo envidia. De pronto mis amigos son tachados de malos escritores y hasta de corruptos; incluso gente que no es amiga, pero que sí hace una valoración positiva sobre tu obra. De pronto, ese victimismo del «nadie me quiere y a ti sí». Yo no me altero ni un ápice, sigo incluyéndolo en mis proyectos, a pesar de que él no me incluya en los suyos. «Qué más da –me digo–, es mi amigo».
Después vinieron las mentiras, el alejamiento, el desprecio. Mentiras a mis amigos para que estos me las dijeran a mí. Quizás para que yo me enemistara con ellos, quizás por no atreverse a decírmelas a la cara.
Realmente pienso que para ser libres no hay que estar siempre girando en el mismo círculo. No tiene objeto que él te discuta incluso los únicos conocimientos que has ido adquiriendo a lo largo de la vida. Son pocos; pero quieres transmitirlos a los demás. De otra cosa no; pero de eso que ha sido el pan por el que me pagan, no cabe discusión. Sonrío para mis adentros y callo. A medida que la Decepción toma cuerpo en mí, la rabia desaparece y se manifiesta en forma de pena.
Siempre he dicho que el peor sentimiento que puedes tener por otra persona es la pena, pues después de la pena viene el olvido. El ¿y tú quién eres? El sentimiento de pena es inútil. Nada tiene que ver con la empatía que uno puede sentir por los demás. De ahí el olvido, al percibir que esa supuesta empatía del otro ha sido falsamente compartida conmigo.
Sin embargo, no soy nada soberbio, a pesar de que nunca me he considerado un santo varón. Sé perfectamente a dónde puedo llegar y a dónde no. Sobre todo nunca podré alcanzar el fondo de la conciencia de un individuo al que le tendí mi mano generosa y eso solo sirvió para que pasara de una envidia sana (¿?) a una envidia manifiesta y corrosiva. No habrá sinceridad por su parte, por tanto esa Decepción, como ya dije terminará en olvido.
Nunca quise ver las señales, ni siquiera cuando esas señales eran fuegos fatuos.
Siempre digo que me complace escribir sobre cosas inútiles, peroratas sin lección, vetas sin oro. No saquemos, pues, nombres ni apellidos. Sólo sepan que en el mundo de las incertidumbres que nos rodean podemos encontrar una flor luminosa que, de pronto, se transforma en el cardo más venenoso que se pueda asentar en los corazones. O bien, podríamos encontrarnos un áster que, como en el poema de Gottfried Benn, se alojará en nuestros pechos para toda la eternidad.