Sirenas
¡Qué error renunciar a la cera en mis orejas!
¡Que temeridad ligarme al mástil
y someterme al canto de esas mujeres
con rostros de una pavorosa belleza
y afiladas alas negras hiriendo mi cuerpo!
La dulzura de su canto irresistible,
era de una crueldad sin límites.
Cantaban el hechizo de mi suelo natal,
describían la casa donde fui parido,
me culpaban por desear volver a esa luz,
a la fragancia lejana de jazmines en flor.
Me arrastraron a un llanto inconsolable.
Creí ser valeroso, pero al fin
era un hombre como cualquier otro.
Un hombre más que añora su tierra
y comprende que nunca rescatará
lo perdido para siempre en su viaje.
¡Qué error pretender escuchar
el canto de las sirenas!
Rubén Mettini
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