Josefa Molina – Un corazón en el cristal de la ventana

Un corazón en el cristal de la ventana

Todo ocurrió después de que descubrí un corazón dibujado en el cristal de la ventanilla de mi coche. ¿Cómo iba a saber lo que ocurriría después? Una no es pitonisa ni bruja ni adivina ni nada de eso. Además, esas cosas solo ocurren en las novelas de fantasía o en las historias románticas. Y yo ya tengo una edad, no estoy para esas aventuras.

Cuando descubrí el corazón no le di mayor importancia más allá de la necesidad de acudir a una de esas gasolineras con instalaciones de lavacoches. Aquel me pareció más que un mensaje tierno, un mensaje del tipo ‘lávalo ya, guarra’. Y la verdad, no era para menos, el coche necesitaba con urgencia un poco de jabón y agua.

Y es que soy bastante dejada con la limpieza de mi automóvil, la verdad. Un día quise hacerme la valiente y llamé a un negocio de esos que realizan lavados integrales de tu coche, por dentro y por fuera. Recuerdo que me empujó el hecho de que había ido a la playa y el portabultos se llenó de arena hasta arriba. ¿Cómo habría llegado tanta arena hasta allí si había sacudido con ahínco las toallas antes de abandonar la playa? Mucho me temí que me denunciaran por contrabando de arenas. ¡Una delincuente de arena!! Lo que me faltaba para mi currículum personal. En la treintena, solterona, amante de la soledad, lectora empedernida, con un poco de mala leche y ¡contrabandista de arena! ¿Alguien da más?

Si ya decía mi amiga Carmen, ‘Nena, cambia un poco la cara, mujer, que te vas a quedar para vestir santos’. Santos, dice, pero…¡si soy más atea que Nietzsche! Yo eso de pisar las iglesias, poco y mal y cuando no tengo más remedio. Algún funeral que otro y eso para no hacerle el feo al difunto, que a saber dónde y en qué circunstancias nos volveremos a encontrar.

Porque en la religión no, pero en el mundo del más allá… eso es otra cosa. Que si contara las cosas que me han pasado… Todavía recuerdo la angustia que pasé cuando una madrugada desperté sobresaltada asfixiándome. Mientras intentaba coger aire como una energúmena, escuché una voz susurrante en el oído que me hablaba de una historia de hombres de negro con sombrero de ala ancha que se aparecían en mitad de la noche mientras dormías. Los hombres-sombra les llamaban. Algo parecido a un fantasma que se acercaba cuando más indefensa estabas, en mitad de la noche, en tu propia habitación y ponían sus manos sobre ti causándote sensación de asfixia. De pronto, lo sentí. Juro que era real: me estaba asfixiando. Tenía al hombre-sombra presionando mi pecho.

En ese momento, pensé que iba a morir allí mismo, sola y en mi cama, asesinada por un fantasma estúpido que no tenía otra cosa que hacer que venir a matarme a mí. ¡A mí! Pero, ¿yo que le había hecho, carajo? Si ni siquiera había escuchado hablar de él hasta ese momento.

Abrí los ojos a la oscuridad mientras trataba desesperadamente de introducir oxígeno en mis pulmones. En mitad del paroxismo, alargué la mano buscando el interruptor de la lámpara de la mesa de noche temiendo descubrir al hombre-sombra reclinado sobre mí, sonriendo, a punto de asesinarme. Cuando encendí la luz, al que descubrí sobre mi pecho fue al jodido gato. Lo eché con un grito de mi habitación mientras intentaba recobrar el aliento. Entonces volví a escuchar la voz susurrante que continuaba divagando sobre los hombres-sombras. Alargué la mano para quitarme el auricular del oído. Tengo que dejar de escuchar los podcast de Iker Jiménez a la hora de acostarme…

Con lo del corazón fue algo parecido. No sabía si se trataba de un fenómeno paranormal, una broma de mal gusto o una indirecta en relación al lamentable estado de mi coche. Lo tomé como lo tercero y esa misma tarde fui directa a una gasolinera a lavarlo. La calima de las últimas semanas había hecho de las suyas y tenía el coche que apenas se divisaba el color blanco de la carrocería. Parecía el hermano pequeño de los cuatro por cuatro que utilizan los guiris para cruzar las montañas del Sáhara. Cuando terminé, el corazón que alguien me había dejado como regalo dibujado en la ventana izquierda del vehículo, había desaparecido. Ahora no me podrían volver a insultar.

El vehículo quedó, no voy a decir que reluciente, pero sí aceptable aunque la alegría me duró poco. Esa misma noche cayeron unas pocas gotas de lluvia que terminaron de arrastrar la tierra que todavía estaba en suspensión en el aire. Mi coche amaneció tan sucio como la calle principal de mi pueblo tras la celebración de una romería. Lo peor fue que cuando me fui a subir de nuevo al coche, allí estaba de nuevo: un corazón dibujado en el cristal de la ventanilla derecha. Y esta vez, atravesado por una flecha. Pero vamos a ver, ¿qué tontería es esta? Ya había lavado el coche, ¿qué culpa tenía yo de que lloviera de noche y se ensuciara de nuevo?

Indignada, busqué un pañuelo y limpié con fricción el corazón herido. Justo en ese momento, me cayó en la nariz la primera gota de agua. Mira tú, va a llover, mejor, así me ahorro el euro de limpiar el coche otra vez.

Pasaron días hasta que volví a descubrir otro mensaje en el coche. Pero para entonces tenía los cristales limpios con lo cual, esta vez el mensaje tomó forma de una cuartilla doblada que dejaron pillada entre las escobillas del limpiaparabrisas. ¿Una multa? ¡Y encima una multa! Pero si tengo mi papel de residente y he aparcado en las calles habilitadas que me corresponden. ¡Le voy a meter una reclamación a los de Galobra que se van a enterar!

Pero hete ahí mi sorpresa al descubrir otro corazón dibujado con un rotulador de color rojo. Me quedé pasmada con el papel entre las manos. Entonces levanté la vista y miré a mi alrededor buscando caras burlonas observándome. Alguien se quería quedar conmigo, estaba segura. Probablemente, algún grupo de chiquillos del barrio que saben cómo me las gasto y quieren molestarme. Pues si quieren guerra, tendrán guerra.

Me guardé el papel en el bolso y cuando aparqué de nuevo el coche tras llegar del trabajo, dejé el papel otra vez en el mismo sitio, pero esta vez con una frase mía acompañándolo: ‘O dejan esta bromita o llamo a la policía. Esto es acaso y los voy a denunciar’.

La sorpresa vino cuando al día siguiente descubro de nuevo el papel en las escobillas del limpiaparabrisas. ‘Perdona, no quiero molestarte. Lo que quiero es conocerte’.

¿Como conocerme? Es que ahora se liga dibujando corazones en los cristales y dejando papelitos en las ventanillas de los coches.

–Pues vaya forma más extraña de hacerlo. No sería mejor dejar un teléfono o quedar para tomar un café –dejé por escrito en otro papel a modo de respuesta, harta ya de aquella estupidez tan ñoña de novela romántica cutre.

Transcurrieron varios días sin que descubriera más papeles escritos en mi coche. ¡Ja!, niñatos, se asustaron, claro. No hay nada mejor que pasar a la acción directa aunque reconozco que llegué a echar un poco de menos aquella historia tan simple de los corazones en los cristales y los papelitos con dibujos en mi coche. Soy una mujer independiente y me gusta mi soledad, elegida voluntariamente por cierto, estar sin pareja no supone ningún inconveniente para mí, es más, con mis libros, mi gato y mi trabajo tengo más que suficiente, pero tengo que admitir que algo se removió en mis adentros.

Pasó una semana y ningún mensaje. Efectivamente, aquello debía de tratarse de una estúpida chiquillada. Hasta que una mañana de camino al trabajo, descubrí un nuevo papel en el cristal delantero del coche. Y, cómo no, un nuevo corazón realizado con el dedo sobre la tierra de la ventana. ¿En serio? No puede ser. Aquello ya rozaba lo paranoico.

–Lo siento, estuve enfermo con fiebre, juraría que por covid, aunque también podría ser la fiebre que me has causado respondiendo a mis misivas.

¿Misivas? ¿Quién utiliza todavía esa palabra?

–Espero que estés recuperado pero tal vez sea mejor dejar este juego y conocernos en persona, ¿no crees? –dejé escrito sobre el mismo papel cuando aparqué el coche por la tarde.

Y aunque no lo crean, al día siguiente obtuve respuesta. Ahora comparto lecturas, playa y cama con el autor de los dibujos. Y bueno, los corazones aparecen donde menos de los esperas: entre las toallas del baño, dentro de la nevera, doblado en mi cartera, metido dentro del libro que estoy leyendo…

Y sí, sigo siendo la misma mujer lectora empedernida y con un poco menos de mala leche (debe de ser la felicidad o el amor), que atesora un corazón dibujado con un gran rotulador de color rojo cada día. Y les confieso que, siendo sincera, me gustan mucho estos corazones.

Por cierto, el gato no ha vuelto a dormir en mi cama.

Josefa Molina

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