El recepcionista del spa
El auto se detuvo frente al hotel justo cuando empezaba a llover. Ella bajó primero, con el cabello húmedo pegado al cuello y los ojos encendidos por el cansancio del viaje. Él la siguió, cargando las maletas, hablando de horarios, de la cena, del spa. La puerta giratoria los tragó a ambos con un suspiro de aire tibio y olor a madera encerada.
En el mostrador, el recepcionista levantó la mirada. El saludo se le detuvo a medio camino cuando los ojos de ella lo encontraron. Fue un instante tan leve que cualquiera habría pasado de largo, pero no ellos. Ella sintió un tirón, como si algo antiguo o pendiente hubiera reconocido su nombre en la piel del otro.
Él —el acompañante— pidió la habitación reservada. El recepcionista tecleó, buscó, habló, pero la voz sonaba en otro tiempo, como detrás de un vidrio. Cuando tomó la pulsera para colocársela a ella, los dedos se rozaron. El contacto fue mínimo, apenas un segundo, pero bastó para que el aire se desordenara.
—Esta… esta pulsera es para… para acceder al… —balbuceó, sin acabar la frase.
Ella sonrió sin entender bien por qué.
—Gracias —susurró, aunque no era un agradecimiento sino una pregunta disfrazada.
El novio la llamó desde el ascensor. Ella giró la cabeza, respondió algo breve y cuando volvió la vista, el recepcionista aún la miraba.
Ninguno dijo nada más. Solo se quedaron allí, atrapados en ese segundo improbable donde las palabras sobran y la lógica no sirve. Luego la puerta del ascensor se cerró y el sonido del llavero sobre el mostrador marcó el final del hechizo.
El recepcionista respiró hondo, miró sus manos. Aún sentía, bajo la piel, el eco de ese roce que no debía significar nada… pero lo cambió todo.
Loli Moreno