ASUNTA Y ANDRÉS, Y SI NO HUBIERA SUCEDIDO’ (Capítulo 1)
El sonido de un coche subiendo la empinada cuesta del camino privado de Buenavista, despertó y sobresaltó a don Andrés. Adormilado, encendió la luz de la lamparilla y miró el reloj de la mesilla de noche. Marcaba las tres y media de la madrugada del diez de enero de mil novecientos sesenta. Puso atención. Algo inusual lo había despertado. Sí, era un coche. Procurando no hacer ruido, pensando en que su esposa dormía, se levantó de la cama con cuidado y se asomó a la abierta terraza que daba al camino. Las luces de los faros del coche le confirmaron que se dirigía a la casita del encargado, por lo que volvió al dormitorio dispuesto a vestirse para ver qué ocurría.
̶ ¿Qué sucede, Andrés? ̶ preguntó somnolienta doña María del Carmen a su marido, al ver que se ponía los pantalones que dejaba cada noche en la silla junto a la cama.
̶ Te desperté. Lo siento. No sé qué ocurre. Un coche se acerca a la casita del encargado. Voy a ver si le ha pasado algo a Roberta. La pobre está tan abultada… Precisamente le pregunté ayer a Jerónimo y me dijo que todavía le faltaba más de un mes para cumplirse. Voy a ver. Enseguida vuelvo.
La distancia que separaba la casa grande de la casita del encargado apenas era de unos ochenta metros por lo que cuando don Andrés llegó hasta la puerta vio que Jerónimo acababa de ayudar a bajarse del taxi a una mujer gruesa y entrada en años a la que todos conocían como «Mariquita la partera».
̶ No se asuste, patrón. No pasa nada. Solo es Roberta que se ha puesto de parto antes de lo esperado.
̶ Ah. Vale. Llámame si te hago falta para lo que sea. Espero que todo sea tan rápido como el nacimiento de mi niña Irati, hace ya casi los tres años. Quién lo diría. Hay que ver como corre el tiempo. Mañana se lo diré a mis padres. Aunque no lo sepas, para nosotros la llegada de una criatura es una gran alegría. En esta finca los nacimientos siempre se celebran como una bendición.
Pero no fue para nada rápido. El parto de Roberta se complicó lo suyo. La pobre mujer estuvo forcejeando doce largas horas hasta que, por el nacedero, asomó la cabecita cubierta de negro pelo de una hermosa niña. Mariquita, la partera, la extrajo con sumo cuidado de lo que había sido su cubículo durante casi ocho meses, la separó de su madre y la tomó en brazos dispuesta a asearla, pero el grito de la parturienta la hizo volverse para ver que otra niña, con la misma mata de pelo que la primera, asomaba su cabecita diminuta por la ancha puerta que su hermana había dejado abierta.
La partera, con ligereza y estupor dejó a la primera de las niñas en brazos del aturdido padre y atendió a la que, sin ayuda, ya resbalaba sobre la ensangrentada sábana. Esta segunda niña era muy pequeña y le faltaba peso. Temió que no sobreviviera mucho tiempo. Le frotó el pecho y logró que la pequeña emitiera muy bajito algo parecido a un lloro y, mientras la observaba concienzudamente, muy preocupada se dedicó a asearla solo un poco por temor a que le pasara lo peor. La envolvió muy bien en varias mantas y pidió a Jerónimo una botella de agua caliente para darle calor. No se podía hacer nada más que esperar y volvió a atender a la primera niña, al tiempo que echaba miradas angustiada a la madre, sin saber cómo decirle lo que pensaba. Roberta le devolvió una mirada aterrorizada. Era su primer parto, apenas sabía lo que le estaba sucediendo. Había visto parir a las ovejas, pero ella no era una oveja. Además, nunca había visto un parto humano y nadie le contó nunca lo doloroso y complicado que era parir. ¿Por qué Jerónimo se la había llevado tan lejos de su casa? Sus hermanas la hubieran ayudado, pero ahora, qué era lo que tenía qué hacer. ¿Por qué había dos niñas en el cuarto? Qué iba a hacer con dos niñas iguales, además de que una de ellas se veía tan poca cosa.